Visitas domiciliarias: la capillita

Por tanto, la parroquia, iglesia de San Juan de Dios, surgió en la Colonia Weil, al otro lado de la carretera Ceuta/Benzú, el límite norte de Villajovita. En recuerdos de Andrés Gómez, hubo intentos de ubicarla en el llano de Mariquita, en pleno corazón del barrio, pero las negociaciones con el propietario de los terrenos no progresaron. La parroquia se formalizó administrativamente en septiembre de 1944, pero el edificio (transformación de la capilla-escuela de la Colonia en iglesia) no estuvo concluido hasta la década siguiente. De hecho, el padre Almandoz ofrecía misa en el Grupo Escolar, y algunos niños como Mati Acosta no se bautizaron en la iglesia, sino en una de las aulas donde el cura párroco, recio y noble pamplonica él, tenía las dependencias provisionales, y usaba una palangana como modesta pila bautismal.

Una de las hornacinas portátiles de la virgen de Fátima encargadas por el padre Almandoz a finales de los años 50. Esta fue restaurada por Andresito Becerra Padilla. Foto cortesía de José Acosta.

En esos años de la década, en Mayo, se hacían juegos y competiciones infantiles en la placita de la Colonia Weil, junto a la puerta de la capilla-iglesia. Y se rezaban rosarios de la aurora, el padre Almandoz dirigía el grupo de personas mayores y niños que recitaban la triste letanía por las calles durmientes del barrio (recordándolo hoy día parece una estampa de la oscura España medieval recreada en mitad del siglo XX), en alguna ocasión llegaron rezando hasta la ermita de San Antonio. En esos años, principiada la década de los 60, ya no era tan necesario para nuestros mayores dejarse ver en los rosarios de la aurora, pero en la posguerra, fue un gesto que demostraba buena sintonía con las nuevas autoridades y salvó la vida o de la cárcel a más de uno.

En los últimos años de los 50, por iniciativa del padre Almandoz se inició una costumbre denominada Visitas Domiciliarias, que consistía en dejar una pequeña capilla en las casas de los propios feligreses. Estas capillitas –el párroco encargó la construcción de una por cada treinta familias– eran una especie de hornacina portátil de madera que guardaba una imagen del Sagrado Corazón de Jesús o de alguna Virgen –doña Isabel Acosta (la tía Isa) recuerda que en este caso fueron imágenes de la Virgen de Fátima; gran devoción debió tener el padre Almandoz por ella–. Se colocaban en sitio principal de la casa, generalmente en el salón o en la cocina, supuestamente para rezar el rosario en familia; muchas incluso lo hacían.

Una mariposa de aceite [1] o una velita encendida delante de la imagen impregnaba el ambiente de cierto misticismo. Tenía puertas para guardar la intimidad de la imagen cuando las actividades de la vivienda se tornaban menos espirituales y más prosaicas (recordemos que las casas eran muy pequeñas y el salón, e incluso la cocina, se convertía en dormitorio) Pasados algunos días, se introducían por la ranura algunas monedas que servían para ayudar a los gastos de la parroquia, y se pasaba al siguiente vecino. Detrás de la capillita se podía leer la relación ordenada de las vecinas –esta era una actividad exclusiva de las mujeres– que la recibían, así se llevaba el orden del recorrido que hacía cada una. Recuerdo que pasaba de la casa de Jesús Damián Muñoz Sánchez a la de servidor, y luego a la de Isabelita–Asensio. Pepito Carracao dice que la que circulaba por nuestra zona era una imagen de la Virgen de Fátima y después de su casa”… pasaba a Fina, la mujer de Pepe Mancilla; ésta se la daba a Carmen, la mujer de Quintana; de ahí iba a Menchu, mujer de Quino, el de la burraquía; de ahí a casa de Mariquita Señor…”

Nadie estaba en la obligación de aceptar la capillita pero, sin duda, era una manera de significarse si alguien rechazaba el ofrecimiento. Por entonces la religión se exhibía con orgullo y sin el menor reparo. No se concebía que la dimensión religiosa del ser humano –si tal cosa existiere, que opiniones hay para todos los gustos– debía ser algo personal y privado, y nadie percibía coacción alguna en esta costumbre, que para eso vivíamos en un país confesional, católico por supuesto, donde la religión era una espesa urdimbre social que no usaba precisamente el raciocinio como fuente de certeza.

El padre Almandoz encargó la organización de las Visitas Domiciliarias a doña Remeditos Acosta, tía de los inquietantes hermanos Pepito y Mati Acosta, que a su vez nombró a varias celadoras para responsabilizarse de una o varias capillitas. Cuando las hornacinas cumplían su ciclo regresaban a manos de sus piadosas responsables. En la zona baja del barrio una de ellas era doña Fina, vecina de José Carlos Varea Rivilla, esposa de don Alfonso; hombre que era la viva estampa de don Francisco Franco, Caudillo de todos los españoles… quisieran o no. Y como doña Fina ya andaba algo torpe, era Rivilla el encargado de contar las monedas y hacer paquetitos cilíndricos con ellas. Recuerda el niño que la mayoría de las monedas eran diez reales, aquellas grandes monedas de dos cincuenta pesetas.

A principios del XXI, la institución que iniciara el padre Almandoz casi medio siglo antes, se mantiene. Actualmente hay localizadas nueve de las originales hornacinas. Sin duda, convertidas en verdaderas reliquias. En Villajovita circulan cinco; una de la virgen de África –la más solicitada–, otra de la Milagrosa y tres de la virgen de Fátima. Alguien mantiene de forma privada, para disfrute propio y sin permiso de nadie, una sexta capillita de la virgen de Fátima. En la Junta de Obras del Puerto circula la séptima capillita. La octava anda perdida por la barriada Postigo; y la novena circula sin control por la Colonia Weil.

Sí. Sin duda, las viejas capillitas que mandara construir el padre Almandoz a finales de los años 50; las que presidían las cocinas o los saloncitos de aquellos niños de Villajovita de los años 60, se han convertido en auténticas joyas. Uno de esos niños, Andresito Becerra Padilla, la pesadilla de Aquilinín, hijo de Aurelia, ha restaurado dos de ellas, y a decir del ojo experto de Pepito Acosta, han sido trabajos “extraordinarios y altruistas”.

Colonia Falangista WeilCap. VIIILos curas

 

[1] La ‘mariposa’ estaba formada por dos círculos de unos dos centímetros de diámetro, uno de corcho y otro de cartón. Ambos pegados y atravesados por una mecha. El conjunto se hacía flotar sobre un vaso de aceite que la impregnaba para ir quemándola lentamente por el extremo aéreo.  

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