“Villa Joyita”

Presidente. Amigos y amigas de Villajovita. Es para mí un placer volver a ocupar este lugar de privilegio que no creo merecer más que cualquiera de los aquí presentes. Volvemos a hablar de nuestra memoria común y me siento orgulloso de pertenecer a este colectivo que hoy vuelve a reunirse.

Algunos de mis amigos de Málaga leyeron “Crónicas” y saben de la historia de nuestro barrio, aunque no terminan de enterarse muy bien. Me preguntan por algunos apellidos un tanto extraños: Pepe Anita la Gorda, Paco Díaz-Rosas la Gallega, Pepe Arroyo Bacalao…, de Alfonso Guardia Jurado, dicen que era fotógrafo, de Fernando Benítez que tenía una casa en la playa en la que vivían dos mellizas. Se asombran de que fuéramos nadando a La Isla… de Perejil y hablan de dos hermanos gemelos, uno llamado Basilio, guardia urbano, y el otro Pascual, zapatero. Cuando se refieren a nuestro barrio, dicen: “Villa JOYITA”. Yo no les saco del error porque en definitiva, esto que nos ha ocurrido, es una toda una JOYITA.

¿Qué es esto tan singular que a mis amigos les cuesta a veces entender y que a mí me parece una JOYA?

Hace unos meses, en referencia a Milan, hablaba en un Blog sobre el narrador de la memoria colectiva. Esa que procede de elementos comunes de un grupo de personas que participaron durante un tiempo prolongado de las mismas experiencias vitales.

Un amigo virtual no entendió muy bien el origen del asunto y la mezcla de palabras que yo hacía de diferentes relatos de Eduardo Galeano.

«Me he perdido un poco de dónde procede este escrito  –decía –y no sé quién es ese narrador. Pero me ha encantado esta “suma de memorias”.»

En realidad, una posterior aclaración mía, con aviesa intención, no hizo más que liar de nuevo al bueno de mi amigo, haciéndole intuir que había un cierto misterio por descubrir en todo lo que yo decía.

«Me quedo en ascuas. ¿Podré saber más de este “misterio” aparte de mi propia ignorancia?”.», decía él.

Naturalmente que se puede saber más del misterio. Pero en cualquier caso, le replicaba yo, se trataría de revelar el misterio, no de desvelarlo. Y no porque no quisiera, sino por la dificultad que ello entraña en experiencia tan singular. Pero diferenciemos ambas cosas:

Para ello nada mejor que el ejemplo de la fotografía. Revelar una fotografía, entiendo, es “hacerla aparecer”. Hay distintas maneras de hacerlo, pero no es complicado. Lo haremos hoy mismo, incluso a través de ellas mismas.

Desvelar una fotografía es mucho más complicado. No se trata de “hacerla aparecer”, sino hurgar en sus sentimientos, en el alma de la misma. ¿En qué condiciones se hizo? ¿Qué fue lo que animó a hacerla? ¿Cómo era el entorno que no aparece en la misma?  Preguntas que hacen más difícil desentrañar el misterio, desvelarlo. Esto mismo pasa con nuestra historia.

En esto, intervino Milan, también amigo virtual del anterior, con la siguiente aclaración:

«Desvelaré parte de ese misterio que Aquilino deja abierto en sus dos últimas entradas.

Hace algo así como 35 años que dejé de verle por el barrio. Era un desapercibido barrio de Ceuta, un pequeño lugar habitado que surgió a la sombra de unas murallas árabes del siglo XIII… entonces éramos niños.

Y al cabo de esos años, unas fotos colgadas en internet obraron una especie de milagro. Decenas de aquellos niños volvieron a recordar, echamos la vista atrás y descubrimos el placer de solapar de nuevo la memoria que compartimos un tiempo en un lugar minúsculo. Descubrimos que conservamos intacta, encapsulada, una memoria común y que nos hace felices mirarnos de nuevo, y tocarnos las manos, la cara… el director de banco, el frigorista, la maestra, el policía, el parado, el senador, el taxista, el químico, la enfermera, el profesor, el concejal, el militar, el jubilado…

Todos reputados profesionales con una larga vida al margen del barrio de su niñez. Serios padres, madres, abuelas y abuelos, nos sentimos inmensamente felices por compartir de nuevo la cercanía que tuvimos hace 40 años.

El Revelar & Desvelar de Aquilino, de alguna forma, decía Milan, intenta explicar por qué esos hombres y mujeres se transforman en niños y niñas cada vez que se encuentran.»

Me refería en la presentación de “Crónicas de Villajovita” al personaje de una novela de Umberto Eco que había perdido la memoria episódica. Es decir, poseía todos los datos enciclopédicos que había ido acumulando a lo largo de su vida, pero había perdido toda la memoria que se encontraba ligada a los sentimientos.

Me imaginaba la tragedia: No recordar las emociones de la infancia; no poder recordar nuestros miedos, nuestros héroes, nuestras ilusiones; no recordar nuestras primeras amistades; no recordar nuestro primer amor… Y lo que sería aún peor, pensar, por la incapacidad de recordar, que tal vez nadie nos tenía como amigo o que tal vez nunca tuvimos ese primer amor… Y por ese privilegio, decía entonces, por esa capacidad que conservamos de poder recordar nuestras emociones primeras, hoy debemos sentirnos felices.

Imaginemos una escena sobre la memoria episódica: un bisabuelo con pensamientos color de agua y con la misma cándida sonrisa que su bisnieto que acaba de nacer. El bisabuelo es feliz porque ha perdido la memoria que tenía. El bisnieto es feliz porque no tiene, todavía, ninguna memoria. He aquí, se puede pensar, la felicidad perfecta. Yo no deseo para nadie la felicidad de la desmemoria.

La nuestra no es, sin embargo, una memoria boba que se repite a sí misma como una dolorosa retahíla. La nuestra es, en cambio, una memoria viva, que puede nacer cada día porque ella es desde lo que fue y, al mismo tiempo, a pesar de lo que fue.

Pongo algunos ejemplos recientes, sobre lo que acabo de decir en relación a ese privilegio de recordar. En ambos casos se trata de comentarios referidos a fotografía enviadas en las últimas incorporaciones a nuestro foro:

En relación a una fotografía de grupo en el ambigú de la playa Benítez, dice Miguel Ángel Rodríguez:

A mis diez años, esto para mí era una imagen familiar, la veía entre chapuzón y chapuzón frente a las mellizas. Me ha llegado hasta el olor a tinto con casera, a sardinas a la plancha y a Kist de naranja”.

Sobre otras fotografías, comenta Mariquita:

“He clavado literalmente la vista en la foto del grupo de mujeres. Ver de nuevo a Angelines, madre de los Acosta y a su cuñada Amalia ha hecho que me dé un vuelco el corazón, las recuerdo tal y cómo están. La foto de Carmen Mari Pendás en la huerta, con la casa de Basurco al fondo y la del padre Béjar en construcción, ha terminado por humedecer mis ojos. Estoy dudando entre secármelos o dejar que corran las lágrimas a gusto. ¿Me puede pasar esto después de haberos visto y revisto tantas fotos?”

O esta otra evocación, también reciente:

mis recuerdos más nostálgicos son para Virginia y Manolo y para la droguería de Espí, debajo de mi casa, donde a cada momento entrábamos a comprar. A mano derecha, en el mostrador estaba esa bola de cristal y dentro, de llamativos colores rojo, verde, amarillo…las bolsitas de champú, en plástico duro y trasparente que había que cortar la puntita con las tijeras… de fresa, de huevo….”

Desde enero de 2005 se han insertado en el foro de Internet, más de 25.000 mensajes. Como administrador del mismo los recibo en mi correo y los he leído absolutamente todos. ¿Os podéis imaginar la cantidad de ejemplos que podría poner en este sentido?

No me resisto a un ejemplo más, extraído también del foro:

Queridos todos:

No podéis imaginar por un momento lo que ha significado, volver a encontrarme con Pepi. Habíamos quedado para unas horas y llevo cinco días, si, cinco días que pasarán a mis recuerdos como algo inolvidable, mi vocabulario se queda escaso para transmitir todo lo que he sentido…

…Con la intensidad que hemos vuelto a reír, recordar nuestra niñez, nos parecía a ambas, que ayer habíamos dicho hasta mañana y han transcurrido 37 largos años.

Mil gracias al Universo por este cruce en mi vida… Nuestras risas han sido tan sonoras y hemos generado tanta adrenalina, que incluso nuestros corazones han palpitado como si tuviéramos 14 años.

Recordar el ayer, con tanta felicidad, ha significado algo maravilloso para las dos. Somos dos niñas dando saltos.

Espero que todos esos niños de mi generación, si algún día pueden leer esto, sepan que gracias a mi memoria, los he llevado siempre conmigo… y que mi deseo es que el destino les haya proporcionado todo lo que se merecían…

Es curioso, decía Nieves Lesmes, ahora que me despido es la primera vez en estos cinco días, que corren lágrimas por mis mejillas.

A propósito de la lectura de “Crónicas, decía Milan: “…cuando la gente me comentaba cosas después de leer el libro, lo que más apreciaba y hasta me emocionaba, era cuando me decían que lo habían leído con sus padres, y que hasta lloraban. Eso no tiene precio…”

Es posible que esta historia, que algunos tiene tanta dificultad en entender, sea una historia de sumas y de restas…

Cuenta Eduardo Galeano la historia del Río del Olvido: quien lo cruza, llega a la otra orilla sin saber quién es ni de dónde viene. Si bastan las aguas de un río, pensé, para borrar la memoria, ¿qué pasó conmigo que el mar entre dos continentes y el mar se fue haciendo cada vez más ancho? ¿Crucé tal vez, el Río del Olvido? Porque la memoria es también como un río, una corriente que va sumando recuerdos pero que lo arrastra todo cada vez más lejos. Llega un momento, incluso, en que el propio río desaparece, y deja, en la superficie, un surco permanente, una indeleble cicatriz. A veces, entonces, siento cómo lentamente y bajo la piel, me recorre un agua subterránea que no sé muy bien de qué tiempo y recóndito lugar procede.

No. Pienso que no he debido cruzar el Río del Olvido ya que ese rumor me trae a la memoria imágenes de la infancia en mi viejo barrio que durante largo tiempo habían permanecido adormiladas, suspendidas en lejanas regiones del olvido. Es entonces cuando me detengo, presto atención y me recreo en aspectos que entonces, cuando los viví, pasaron desapercibidos o no reparé en ellos: un gesto, una frase, una caricia, una mirada, adquieren de repente todo su valor y también una comprensión más clara. Y con esta suma de recuerdos, asociados por quién sabe qué razones, un olor, un color, un sabor… una emoción.

El barrio era, así, una mezcla de sepia y tonos de pastel, de tarta de cumpleaños y sabor de milhojas; de olor a mar, a huerta prohibida y sensual; sensaciones que siempre permanecerán en un rincón de mi memoria y que, a veces, aún costándome identificar, conozco de donde provienen…

No, no sólo no perdí la memoria, sino que me he encontrado con la suma de muchas memorias. He sumado amigos recuperados, he sumado experiencias, he sumado vida…

Pero no podemos olvidar que también es una historia de restas… por que el reloj avanza restando minutos, y el tiempo avanza restando personas. Hace dos años estaban entre nosotros Tomás Sainz Cabillas, Manolo Guillén, Esteban Medina, Mariló Cantero, Rosario Bravo, Consuelo Jiménez, Ramón Galindo… Hace tan sólo dos años, mi padre, Rafael Melgar, estaba sentado en una de esas butacas disfrutando de su última visita a Ceuta.

Disfrutemos con los recuerdos, pero hagámoslo disfrutando del presente y dejemos el legado a las siguientes generaciones para que la vida los pille con el alma adormecida. Para que una imagen, un color, un sonido, una compañía, un olor… se queden sembrados en su interior. Porque si no es así, si tiene la poca fortuna de que no sea así, cuando lo descubran será demasiado tarde y estarán a miles de kilómetros de aquella imagen, de aquel olor. Estarán a la deriva para siempre…

Es una joyita, como dicen mis amigos, que tiempo atrás viviéramos en un mismo barrio, pero más importante es, como dije en otro momento, que hoy, cuarenta años después, y sumas, restas y ríos del Olvido por medio, podamos, queramos y seamos felices recordando que hubo un tiempo en que convivimos en Villajovita.

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