Vendedores fijos

Villajovita tuvo en los 60 numerosas tiendecitas de barrio. La penuria y la falta de alimentos que habían sufrido nuestros mayores en la posguerra eran simple historia para nosotros. Apenas lo veíamos como un cansino recurso que usaban para que los inapetentes comiéramos ese huevo pasado por agua que habría sido tan valioso para ellos en otro tiempo. Nuestros padres –como todos los padres de todas las épocas– se desvivían por ofrecernos lo mejor. La mayoría de las veces, por encima de sus posibilidades. El problema es que lo mejor para mi niño solía ser algo repugnante porque a principios de los 60 no se había inventado la bollería industrial.

Servidor recuerda con horror las tortillas de sesos de vaca, que por lo visto tenían mucho alimento, pero que encontraba vomitivas. O los filetes de hígado, que tenían una textura tal que no encontraba el momento de tragar los bocados por más vueltas que le diese dentro de la boca; las bolas acumulativas de hígado iban a parar al retrete en cuanto mi madre se despistaba (recurso éste muy extendido entonces y ahora). Vendían en las tiendas un concentrado de jugos cárnicos que llamaban Bovril, una especie de garum[1] que presentaban en tarritos y se añadía en pequeñas cantidades a la sopa para aportar vitaminas, pero le daba un sabor insoportable.

Nuestros mayores tenían una especial obsesión con los huevos. Era muy popular el huevo pasado por agua. Y cuando un niño era inapetente había que estimular el apetito y de paso complementar su dieta con yemas de huevo. A veces se tomaba en ayunas un ponche, es decir, una yema cruda y sin romper, dentro de un vasito de vino dulce que solía ser Quina San Clemente. Las madres tenían una gran habilidad para separar la yema de la clara usando los dos trozos de la cáscara. La clara no se tiraba porque entonces todo tenía uso, la montaban con azúcar y hacían merengue en un periquete, pero servidor la usaba como adhesivo para pegar recortes de periódico; ¡así olían luego mis libretas! –como alternativa para pegar usábamos engrudo de harina–. El vino estaba riquísimo, lástima que flotase esa cosa blandita y vomitiva que me recordaba las prácticas de Garagarajump–Zuaps. Otras veces disolvían la yema en la sopa o en un vaso de leche con la esperanza de que no nos diéramos cuenta, pero era evidente que aquello estaba contaminado de mala manera. Y eran en estos momentos, con nuestras protestas por lo repugnante de tales cosas, cuando nuestros mayores nos contaban las penurias de la posguerra, los guisos de cáscaras de patatas o de plátanos, la ausencia total de víveres, el pan duro cuando había pan, es decir, sus vidas de ayer mismo, cuando soñaban con el huevo que ahora despreciaban estos ingratos.

En la calle Padre Feijoo, (la carretera Ceuta/Benzú al paso por el límite del barrio) teníamos la placilla, con su conjunto de puestos: Victoriano, Paca, Antonia la de Cruzado, la pescadería de Antonia la Almejera y el último puesto, casi enfrente de la casa que ocuparon primero los Mosteyrín y luego los Coiduras, estaba la churrería de Juan, que atendía su señora, una morena con un gracioso lunar en la mejilla. Al principio de la cuesta Genaro Lucas estaba la tienda del padre de Miguelito Torres Mateo (Tocatocalamortocha) Le decíamos así porque al chiquillo le gustaba repetir incansablemente una especie de cosa en italiano macarrónico que se inventó Chechita y que decía así:

Il mono is un animali molto ferochi, qui se passa tutto el journo con la pirindola in la sua mano. Arrepella pa’rriba. Arrepella pa’bajo. Y a la duodezima repella. ¡¡¡Zass!!! , de esferriadura dil mono. Molto beni simpatini caprioli toca toca la mortocha. Hispano olivetti.

Y por lo visto Miguelito tenía este monólogo todo el día en la boca… ¡a saber que tendría in la sua mano!

Sólo en la calle Calderón de la Barca teníamos siete tiendas de comestibles. La de Fernando y Concha, que también era dueño del bar Fernando, en la playa Benítez, y de los garajes que había frente a la casa de servidor. Su hijo era Curri y Jesús el tendero. Al otro lado de la calle, junto a la casa de Anita la gorda, estuvo la tienda del señor Pino, que tenía unos labios muy gordos y cuando soplaba el culo de las latas de mortadela para que saliese por el otro lado, se le inflaban los carrillos una cosa mala. Luego perteneció al señor Campaña, y la reconvirtió en droguería.

Manolo, el de Virginia.

A unos metros estaba la mercería VIRMAN. La regentaban Virginia Palacios –siempre muy arreglada y compuesta– y Manolo Guerrero y, además de los géneros propios también vendían novelas. Ahí compré mi primera novelita de ciencia-ficción, costaba cuatro pesetas, el título mencionaba el planeta Marte y el autor se hacía llamar Clark Carrados. Antes de vendérmela, el hombre la miró del derecho y del revés, y me dijo algo que he olvidado. Recuerdo que Manolo fue perdiendo paulatinamente la visión, y al final de la década, a fuerza de tesón y amor propio, y ya completamente ciego, era capaz de despachar cualquier artículo, incluso acertar el color del botón o del carrete de hilo que se le pedía. En los últimos tiempos, las contraventanas que daban al jardincito de su casa siempre estuvieron entornadas. Manolo y Virginia no tuvieron hijos;[2] eran dos bellísimas personas que vivieron muy unidos entre sí y fueron un referente en el barrio para muchos temas. Manolo había sido inspector de abastos durante la II República y ejerció su profesión en el mercado central de Ceuta. Cuando el general Franco –Caudillo de todos los españoles, quisieran o no– inició su Cruzada, fue encarcelado en el presidio del monte Hacho. Y cuando lo excarcelaron, igual que a otros muchos ciudadanos, fue estigmatizado e inhabilitado profesionalmente. Para salir adelante tuvo que montar su modesta mercería en Villajovita, y llevar una vida discreta. Sin embargo, durante toda la vida mantuvo erguidas sus ideas. Recuerdo que Manolo hablaba de una forma distinta, el niño que servidor era no alcanzaba a saber las razones, pero no lo percibía como a los demás. Hoy día su ahijado responde a la pregunta que aquel niño apenas esbozó: Manolo poseía una gran formación humanística y una de las mejores bibliotecas de Ceuta… él y Virginia fueron dos adelantados en el tema de la incorporación de la mujer a la vida activa en un mundo que estaba a décadas de estas conquistas. Muchos en el barrio conocían la historia de Manolo y entendían que este era un asunto reservado y personal. La mayoría de la gente vivía y dejaba vivir, pero no todos. Algunos vecinos delataron a Manolo cuando refugió en su casa a perseguidos por las autoridades que vencieron en la guerra civil. Juan Antonio Palacios, su ahijado, nos dice que “…si tuviera que definirlos desde el recuerdo, diría que fueron dos grandes personas, que amaban profundamente la vida y que adoraban Villajovita, como el mejor de los lugares para vivir”. Sirvan estas líneas para recordarles con cariño.

La tienda de Morant era una de las mejor surtidas, con verduras y frutas. Le seguía, a pocos metros, en la misma acera, la de Mateo[3] Chirimoya, que se enfadaba mucho cuando le pedían tal fruta tropical. Mateo era oriundo de la provincia de Granada y, en los años 40 montó un pequeño taller de alpargatas de esparto en una de las casas adosadas a la Muralla. Le ayudaban dos jóvenes que se trajo de su pueblo. Cuenta doña África, la hija de doña Jovita, que se ganó a pulso el alias de Chirimoya porque no paraba de repetir que las únicas chirimoyas buenas y decentes eran las de su pueblo. Más tarde, cuando las alpargatas dejaron de ser el calzado más usado, tuvo que abandonarlas e instaló su tiendecita de comestibles a dos puertas de la de Morant.

Mané y Juanito Carrasco en la puerta de la tienda de Morant, frente a la casa de doña Jovita. Foto cortesía de Mª Ángeles Gómez Picaso.

Mi madre me mandaba a comprar a la tienda de Mateo, no recuerdo qué vínculos tenían mis padres con él, pero yo solía ir a la de Antonio[4], un tendero pausado y calvo, que estaba dos puertas más arriba, y, naturalmente, al bueno de Mateo no le gustaba perder un cliente, y por eso, para fidelizarme –como se diría hoy– me regalaba caramelos. No lo consiguió, y seguí comprando en la tienda del parsimonioso Antonio García. Más tarde, cuando doña Elena, la madre de Antoñito Sedano[5], puso su tienda a diez metros de mi casa, compraba allí; y a veces en una tiendecita que duró muy poco tiempo y que llevaba Antonio Murcia, primo de Mariné[6].

Servidor recuerda muy bien que doña Elena me trataba con mucha deferencia porque yo debía dar una imagen muy engañosa y muchas madres pensaban que era una buena influencia para sus hijos: ¡craso error! Cada vez que servidor entraba en la tienda me quedaba calladito en una esquina. Ni me atrevía a pedir la vez, y allí esperaba mi turno, escuchando las conversaciones y confiando en la buena voluntad de las parroquianas. Con el tiempo aprendí a poner tal pose que doña Elena se apiadaba y me despachaba por delante de las señoras, y a mí eso me encantaba. Nunca he olvidado esa deferencia.

El aceite, de oliva, por supuesto, se vendía a granel. Cada cliente debía llevar su botella del aceite para que el tendero la llenara. Empleaban una bomba acoplada al mostrador, con una sonda que se introducía en el bidón que estaba debajo. Una manivela movía el émbolo para llenar el depósito cilíndrico, de vidrio y graduado, hasta la medida que se pedía. Girándola en sentido contrario expulsaba el aceite con fuerza hacia tu botella a través de un pitorrito, y esa manipulación llenaba el líquido dorado de burbujas de aire que tardaban en subir a la superficie.

…constituía todo un espectáculo ver al tendero girar la rueda de la bomba hacia delante y luego hacia atrás, en ritual parsimonioso de gran pompa y boato, tantas veces como fuera necesario hasta llenar la botella. Las últimas vueltas eran de una lentitud extrema, al objeto de no perder ni una gota de aceite que, por otra parte, siempre caía en una lata que ponía inmediatamente en el lugar que ocupó la botella.[7]

Era un producto puro y sin química. Por el momento el aceite seguía siendo lo que nos enseñaron fenicios, romanos y árabes, oleum y az–zait, jugo de olivas/aceitunas, simplemente lo que salía de prensarlas, nada más. Los químicos aún no habían inventado extracciones del orujo con disolventes orgánicos y demás malas artes.

Pero no sólo el aceite, casi todos los productos –azúcar, garbanzos, huesos, alubias, etc.– también se vendían a granel y los tenderos tenían una habilidad extraordinaria para hacer paquetes muy bien cerrados con papel de estraza. Lo colocaban abierto en un plato de la balanza, que solía ser de la marca Mobba, y una vez conseguido el peso solicitado, iban cerrando los bordes del papel con pequeños pliegues encadenados hasta rematarlos de forma muy hábil. El papel de estraza era un papel muy poderoso que después, ya en casa, se le daba un ulterior y definitivo uso…

AmbulantesCap. VRecicladores sin saberlo

 

[1] Recordemos que el garum era una salsa que los romanos fabricaban con visceras y restos de pescados macerados en salmuera y dejados al sol durante semanas. Auque no lo parezca era muy apreciado, lo mismo que el Bovril.

 

[2] Su ahijado, Juan Antonio Palacios, nos aporta estos entrañables recuerdos.

 

[3] La mujer de Mateo se llamaba Esperanza, y tenían una nieta de nuestra edad que se llamaba Mariemi.

 

[4] La mujer de Antonio García era Antonia López, señora gruesa que nunca tenía prisa en despachar a los chiquillos. Sus hijos eran Juanito, Maruchi y Aurita.

 

[5] Los Sedano Lara eran tres hermanos: Pepi, Antonio y la pequeña Alicia. Hijos de Vicente y Elena.

 

[6] Los Rodríguez Gil eran los hermanos Joaquín Manuel y María Inés (Mariné) Con ellos vivía su primo, Antonio Murcia.

 

[7] Así lo recuerda Emilio Barranco en su artículo virtual “Coloniales y Ultramarinos”, publicado en “La Columnácrata de izquierda centrada a la derecha”

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