Una gran maestra

(Dª Pepita Basurco)

Andrés Gómez Fernández [1]

La protagonista de esta historia era una MAESTRA de maestros y maestras. La historia se remonta hacia los años de la posguerra. En principio era una “amiga”, es decir, una maestra de escuela de niñas. Su escuela se convertiría en una “amiga”. El gran poeta Góngora nos los recuerda en estos versos: “Mañana que es fiesta/no irás tú a la “amiga”/ni yo iré a la escuela”…

Con el tiempo la palabra “amiga” –como centro- se convirtió en “miga”, que seguía siendo un colegio no oficial, donde, o bien, los alumnos asistentes –en general niñas- no estaban escolarizados en otros colegios, o bien, porque funcionaba en tiempo de vacaciones escolares. Era habitual que el colegio, la “miga”, fuese regentada por una persona no instruida, sin titulación oficial, casi siempre una mujer. Por sistema se cobraba de manera directa, y cada alumno aportaba una módica cantidad que significaba una ayuda suficiente para la economía familiar de la maestra. Como se puede suponer, los niños aprendían las áreas instrumentales y básicas.

El mobiliario escolar era escaso y el espacio donde se realizaban las clases era muy reducido, ya que, en general, era una habitación de la vivienda propiedad de la maestra. Había pocas mesas, o, en el mejor de los casos, una mesa común de dimensiones de acuerdo con los espacios disponibles de la habitación. Los asientos los aportaban los propios niños, que junto al mismo llevaban un escaso material escolar, lo mínimo, y el dinero acordado por cada sesión de clase diaria.

A finales de los sesenta, en mi primer destino, tuve la oportunidad de visitar una de estas “migas”, en este caso regentada por un maestro con título, pero represaliado por el régimen de Franco. Era un centro ejemplar, ubicado en una zona deprimida del pueblo, donde acudían niños y niñas que todavía no podían acceder a la enseñanza oficial, porque no existían los parvularios. Su labor era muy elogiada por su entrega total a su labor y por su desprendimiento y generosidad, ya que encontraba muchas dificultades para cobrar a sus alumnos. La “escuela” disponía de una pequeña granja, donde sólo se contemplaban unas pocas gallinas y algunos conejos. No duró mucho la experiencia de este maestro, que terminó abandonando su obra.

La que no abandonó la suya fue nuestra MAESTRA. En su “rincón escolar” atendía a un grupo de pequeñas niñas, ampliando su matrícula con la incorporación de otros niños de las zonas. Después trabajó asociada con otra compañera. En principio, su proyecto de “miga”, se vio desbordado con la matriculación de otros niveles de Enseñanza Primaria, donde llegaba a prepararse a niños y niñas para el ingreso en el primer curso de Bachillerato Elemental, que requería una buena preparación en Lenguaje y Matemáticas. Eran aquellas rígidas pruebas que, en Lenguaje incorporaba un dictado, que con sólo tres faltas de ortografía el alumno quedaba eliminado. En Matemáticas, una operación de dividir con decimales, acompañada de la prueba. Los alumnos que aprobaban después continuaban en su centro con actividades de refuerzos en las áreas de mayor dificultad.

La escuela estaba situada en su domicilio, en el número 141 de la Carretera de Servicios de la J.O.P. Como en aquellos tiempos los colegios públicos eran escasos, tenía que competir con otros centros particulares. Había que atender a los alumnos de la Barriada de Villa Jovita, Colonia Weil, Playa Benítez, Barrio de las Latas, Pabellones de la J.O.P., Sardinero, etc. y sólo existía un pequeño grupo escolar ubicado en Villa Jovita, con sólo tres unidades. Así que pronto su escuela se vio desbordada, multiplicándose para atender a su numerosa clientela. Su éxito fue enorme, permitiéndose establecer unas clases de Formación profesional para chicas que desearan aprender corte y confección, bordado, etc. disponiendo de varias máquinas de coser.

Posiblemente nuestra compañera, en sus comienzos, se inspiraba en las ideas fundamentales de los Kindergarten, donde el niño podía y debía ser educado antes de los seis años, teniendo en cuenta el espíritu creador del niño y satisfacerlo, que la educación de la primera infancia ha de hacerse en clima de libertad y en contacto con la naturaleza. Por otro lado, como maestra de hondas raíces católicas, tendría muy presente los principios de las escuelas del Ave María, del P. Manjón.

Su labor fue muy reconocida por padres y alumnos que tuvieron la suerte de asistir a su colegio. Se prolongó durante muchos años, sólo abandonando su labor por las presiones de la Administración que, con toda seguridad, habiendo prestado una importante labor, no se lo agradecería.

En fecha muy reciente estuve hablando con ella. Había leído mi libro “Vivencias de un maestro”, y en cada capítulo del mismo se sintió identificada por las distintas situaciones relatadas. Me comentaba, a la manera de anécdota, el reencuentro que había tenido con un ex alumno de la primera época. Este había realizado una meritoria labor en una profesión de dedicación hacia los demás. Y le recordaba las travesuras de este ejemplar defensor del orden. Vivieron ambos unos minutos de gratísimos recuerdos.

Mi MAESTRA, Pepita Basurco, que no de otra se trata, se merece el reconocimiento de todos aquellos que tuvieron la fortuna de pasar por su escuela. Todavía estamos a tiempo de rendir el merecido homenaje que en su momento no tuvo.


 

[1] “Una gran maestra (doña Pepita Basurco)”. Pueblo de Ceuta, 14 de Agosto de 2005  

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