Siniestro de cuna. Diestro a la fuerza

La escalerilla de don Francisco.

La escuela de don Francisco estaba en el sótano de la casa de Luis Hernández de Loma y su hermano Gregorio. A Luis, que era un chico serio y cabal, le decíamos Luis de Góngora, no porque el muchacho tuviera veleidades poéticas, simplemente porque vivía en la calle Góngora. Su padre había perdido una pierna en la guerra civil y era dueño de esa casa. A la escuela se llegaba bajando una escalerilla que también llegaba a la casa de Mateo Porto Vilar, y las niñas se asomaban a la ventana de su cuarto para despertarle. En esa misma casa vivió anteriormente Antonio Perea Pérez y sus hermanos[1]. Antonio Perea llegó a ser un lector rapidísimo, que cuando salió la primera colección básica de libros de bolsillo, aquella mítica Colección RTVE, que costaba cada libro el módico precio de 25 pesetas, el chaval se leía de un tirón el que publicaban cada semana, fuese el que fuese. Mientras tanto, otros leíamos novelitas baratas de ciencia-ficción; pero hubo jovencitos, que ni siquiera pasaron de Marcial Lafuente Estefanía. Y al fondo de esa escalerilla vivía la familia Señor Herrera[2]y estaba el huerto de Chechita, que antes se le conocía como la huerta de María. Debió ser una espléndida huerta que florecía en torno a un enorme pozo. Junto a él crecía un gigantesco y exquisito peral. Cuando la conocimos, la casa y la huerta pertenecían a doña Enriqueta; ya no se explotaba y sólo quedaban los árboles frutales (melocotoneros, albaricoques, manzanas, perales, etc.) a disposición de los más osados. En la huerta de Chechita, los mayorcitos construyeron y se reunían en una cabaña que fue mítica (la cabaña de los Tiburones) Ahí los encontró el padre Béjar y los llevó a la parroquia; pero algunos montaraces, cuyos nombres me reservo, no pudieron o no supieron adaptarse a la vida de oración y santidad, porque algunos, hay que reconocerlo y aceptarlo así, eran carne de condenación eterna.

Y en la escuela coincidí con Pepito Lorente, Cristóbal Tobalo, Andrés Canilla, Loreto Lomeña, Mateo Porto, Díaz–Flor, Antonio Morant, Jesús Damián[3], Miguelito Zamora, Antonio Gª Herola (un chico del Mixto) y otros muchos. Ahí fue donde conocí a César Rey (Chechita), íntimo amigo de la infancia. Al pobre Chechita le tocó ser zocato (zurdo), todo lo hacía con la izquierda, y eso entonces no estaba permitido. Digamos que lo ortodoxo era escribir con la mano derecha y todos los maestros, privados o nacionales, monjas o curas, jóvenes o viejos, se aplicaban con denuedo a la labor de cambiar tan fea costumbre. Lo mismo le paso a Elenita León, que era zocata. ¿Cómo convencer a un zurdo para que escriba, coma y corte el filete con la derecha? Primeramente, con disuasión, es decir, mediante el uso de razones habría que intentar que el niño desistiera de su propósito. Como no creo que esto funcionase nunca, seguidamente se aplicaría la persuasión –es decir, obligarle con razones a escribir con la derecha–. Todo esto con suma paciencia y perseverancia en el tiempo. Y cuando todo eso se agotara sin resultados, simplemente se aplicarían castigos físicos, que al final es lo que uno entendía mejor, ¡para qué vamos a templar más gaitas!

César era zurdo y al maestro, como a todo mortal, se le terminaba la paciencia al cabo de un tiempo. Así que sentó a Chechita en la primera banca, cerca de su mesa, al alcance de su varita de caña india, y cada vez que lo veía escribir con la izquierda le recordaba cómo se hacía correctamente. Y en poco tiempo, por supuesto, el niño aprendió a escribir con la derecha, como Dios mandaba entonces.

DocentesCap. VIILa otra escuela

 

[1] Los Perea Pérez eran Antonio, Jesús, Mari Luz y Ani.  

 

[2] Los Señor Herrera eran tres hermanos: Manolito, Agustinita y Modestita. El padre era guardia civil.  

 

[3] Los hermanos Muñoz Sánchez eran Jesús Damián, Maripili y Marinieves, hijos de Manolo y Carmela.  

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