Recicladores sin saberlo

                …igual que pasaba con el Faro de Ceuta, el España de Tánger, el ABC y el Arriba, los periódicos más frecuentes entonces, que después de ser leídos y utilizados para envolver cosas, tenían el mismo ulterior y definitivo uso, hasta que nos trajeron el contundente papel higiénico Elefante. No se usaban bolsas de plástico, porque no había –servidor recuerda cuando vio y tocó los primeros papeles de celofán que aparecían como algo novedoso–. Mi madre tiraba la basura sobre un montón de desperdicios que había al fondo del huerto del tío Asensio. En realidad, a los niños de aquellos años, igual que en cualquier época, nos importaba un rábano qué se hacía con las basuras… pero quedan pequeñas imágenes que a veces, sin razón aparente, iluminan un aspecto de la vida como es éste. Aquilino Melgar recuerda que una noche, su abuela Lola le dijo que en la calle estaba su novia. Se estaba refiriendo a Reme Acosta, la pequeña del clan, que como todas sus hermanas fueron rompiendo corazones. Aquilino y ella tenían la misma edad, eran de la quinta del 55, y los mayores bromeaban con que eran novios. Así que el Aquilinín de ocho años salió raudo de la casa de su abuela y encontró a Reme ¡tirando la basura al huerto de su abuelo por encima de la tapia! No era una travesura, era simplemente el encargo que le habían hecho sus mayores. Y a la linda Maribel, la mayor del clan Melgar, su madre la mandaba tirar las raspas y cabezas de pescado a los gatos del mismo huerto –se ve que el huerto del abuelo Aquilino debía tener un apetitoso montón de estiércol–. El pánico que la pobre chiquilla tenía a los gatos, al menos, ha servido para que no olvide el detalle.

Ese montón de basura –que generalmente situaban en un rincón apartado de los huertos, formado fundamentalmente por restos orgánicos, con un poco de aire y la participación de bacterias, hongos, larvas de insectos y lombrices–, al cabo de un tiempo se estabilizaba, reducía de peso y volumen y acababa transformado de forma natural en un abono compost de mucha calidad. En el cubo de los desperdicios –atento al matiz, ¡que no era el cubo de la basura!– no iban restos de plásticos, porque apenas había; ni restos metálicos, ni trozos de vidrio. En todo caso se tiraban solamente los vidrios que se rompían, porque todas las botellas se reutilizaban, incluso pagaban por los cascos vacíos de cerveza África Star y del refresco Kist, y esa recolección era una pequeña fuente de ingresos para algunos niños. Pero incluso los vidrios rotos se podían utilizar para coronar muros o paredes en un intento de hacer peligroso el saltarlos.

Es decir, el montón de desperdicios que siempre había al fondo de los huertos era fundamentalmente orgánico, de forma que pasado un tiempo prudencial, si el abuelo de turno se había preocupado de remover de vez en cuando aquello –que no era el caso del tío Asensio, que tenía otros intereses–, se convertía en un abono muy útil para el huerto. En ausencia de abonos químicos –que en esa época se desconocían en el barrio–, era un recurso muy importante para el rendimiento de las cosechas y, por tanto, en la ayuda que eso suponía a la economía familiar. Pero posiblemente esos montones de estiércol al fondo de los huertos familiares, y la humedad –porque entonces llovía más que ahora– propiciaban la proliferación de moscas. En verano había tal cantidad que formaban parte del paisaje y de las casas. Junto a las bombillas se colocaban esos papeles encolados donde los insectos se quedaban pegados hasta cubrirlos por completo. En septiembre eran especialmente combativas y persistentes. También se combatían con un bombín de hojalata que tenía un depósito delantero y un émbolo. Accionando el émbolo manualmente salía pulverizado el Flit, un insecticida que se compraba a granel en la droguería del señor Espí. Fue tan popular que su nombre se convirtió en el genérico para nombrar cualquier insecticida[1]. También era frecuente que nuestras madres rociaran la puerta de casa con agua y Zotal [2], un poderoso antiséptico que se utilizaba mucho. Me gustaba (que hay gustos para todo) el olor que dejaba en el ambiente.

Los niños no nos preocupábamos de quién recogía las basuras en el barrio, para eso –y para casi todo– estaban los mayores. Por tanto, tenemos muy poca memoria de estos menesteres. Anamari Valverde recuerda a un barrendero que recorría las calles con un escobón y una carretilla con un bidón donde iba echando la basura. Y Juanito García, hijo de Antonio el de la tienda, y sobrino de Rosalía, la de la otra tienda –a la que le decíamos desde la puerta “Rosalía los pollos le pían”, y salíamos corriendo– recuerda que un hombre llamado Guacho, empleado municipal, que vivía por el Monte de la Tortuga (o la Boina), recorría las calles barriendo con un escobón y que recogía las basuras de las casas y las depositaba en una enorme espuerta de caucho negro que llevaba a la espalda. Y, por su lado, los vecinos de la parte baja de Lope de Vega guardaban los desperdicios para los cerdos de doña Curra.

Pero no todo era tan ecológico, cuando no había terreno para hacer un montón de estiércol se tiraba directamente al mar, no existía el menor reparo. Todos los ceutíes recordamos cómo se tiraban las basuras del correo directamente por la popa. Y cómo las pavanas –en Ceuta las gaviotas son pavanas– revoloteaban alborozadas en torno al barco. La conciencia ecológica vendría años más tarde; mientras tanto, si no había remedio, el mar era el sumidero de cualquier cosa que estorbara. Pero en tierra firme, a nuestros mayores nadie les había enseñado en la escuela –los que tuvieran la suerte de haber asistido– qué era eso de reciclar, es más, no creo que se hubiera inventado todavía esa palabreja, pero lo sabían perfectamente: no desperdiciaban ni los desperdicios.

Vendedores fijosCap. VEncalaores

 

[1] Su componente principal era el Permetrín, el componente actual del champú contra piojos.  

 

[2] El Zotal es un desinfectante, bactericida y funguicida formado por fenoles naturales y sintéticos de olor muy característico. Se usaba muy frecuentemente para baldear el entorno de las puertas.  

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