Puertas abiertas

Sí, es verdad, por entonces los vecinos no sólo eran las personas que vivían en la casa contigua: éramos algo más. Las puertas estaban abiertas para todos. Y esta sensación se percibía muy bien cuando se acercaba la Navidad. Todos recordamos que entonces era un tiempo muy feliz. Cierto que no disponíamos de muchas cosas, pero no era inconveniente. Para los niños, los indicios de la Navidad asomaban un mes y medio antes, cuando nuestras madres empezaban a encender los braseros de picón en las esquinas, al atardecer; y las ráfagas de levante consumían el carbón hasta dejar brasas. Entonces nuestros mayores llegaban un día con un pollo, o un conejo, incluso con un pavo negro de enorme mala leche. Y los criábamos en el patio, en el huerto propio o en el de algún vecino. Comían maíz y las sobras de las comidas. Mariquita Gómez Picaso recuerda que daba de comer a las gallinas, se encariñaba y hasta jugaba con ellas. Pero siempre llegaba el día fatídico en que nuestros mayores los sacrificaban. Los vecinos se ayudaban en la tarea de matar al pavo y desangrarlo para recoger la sangre, porque, la verdad, tenían una fuerza enorme; no se dejaban matar y a veces el animal era capaz de salir corriendo sin cabeza y chorreando sangre… a Isabelita Asensio le pasó una vez y no veas como chillaba la señora.

Y más cerca de la fecha, recuerdo que llegaba un día que al regresar del colegio de don Francisco Canto, desde muchas casas salía un olorcillo a aceite frito que resultada premonitorio y enormemente familiar. Ese día nuestras madres se afanaban en preparar los dulces navideños. Sí, creo que, para todos, ese aroma marcaba el comienzo de la Navidad. Ese día buscábamos que nuestras madres nos dieran un trocito de la masa aceitosa para hacer figuritas. Era frecuente que las vecinas colaboraran en estas faenas. Recuerdo que Angelita, la madre de Estebita, o Isabelita la gallega, la de Antoñito Porras, solían ayudar a mi madre. Y doña Fernanda, la madre de Mariquita “…preparaba los pestiños, roscos y cortadillos, con la ayuda inestimable del niño de sus ojos, mi hermano Antonio”.

Las Primis disfrutaban mucho la Navidad, y de paso, nos la hacían disfrutar al resto de vecinos. Maribel Melgar recuerda muy bien lo que se formaba en el clan de las Primis:

El comienzo era la preparación de los dulces. Ese día era una fiesta para los niños. Recuerdo muy bien cómo se extendía la masa de los mantecados con una botella o con un rodillo de madera; cómo se cortaba con el borde de un vaso alto y se colocaban las porciones sobre un papel de estraza; luego se espolvoreaban con ajonjolí. Los papeles se iban apilando en capas, dentro de una caja de madera de leche condensada ‘Las Cuatro Vacas’, hasta llenarla. Cuando todas las casas de la familia tenían hechos los mantecados, íbamos en romería (niños y madres) a cocerlos en el horno de UFAPANCE, cerca del Sardinero. Allí trabajaba Pepe, el panadero de medio barrio… Aún conservo el olor que desprendían aquellos dulces, y las risas que producían los chascarrillos de Pepe…

Y cuando estaban hechos se establecía un reparto comunitario. Todos probábamos un plato de roscos o pestiños. Los de fulanita eran duros y quebradizos; los de menganita tenían un poco de anís y los de zutanita sabían a limón. Y junto a los dulces caseros se bebía Anís del Mono. Incluso nos dejaban probar un sorbito. Javi Román recuerda que Gloria, que ponía su carrillo de golosinas junto a la entrada de la Colonia Weil, repartía entre los niños copitas de licor de menta cuando le comprábamos alguna chuchería. Gloria también vendía palos de regaliz (paloduz) y algarrobas.

Si para Maribel y demás niños, el aroma de los dulces caseros es evocador de la Navidad, para Pepe Anita el olor que le recuerda esos momentos es bastante más prosaico: el discreto aroma a putrefacción del pellejo de conejo secado al sol. Siempre hubo clases. El responsable de este secadero era Pascual Sánchez, padre de Estebita y Mariceli, que compartía patio con la familia Carracao. Pascual colgaba los pellejos de conejo al sol, para fabricar bombos. Además de guardia urbano, Pascual era zapatero remendón, y junto con su mujer, Angelita, sabían multitud de villancicos. Le recuerdo sentado en su silla bajita, con el olor a betún de los zapatos y cantando con mucho vigor… en su cocina se ensayaban villancicos con panderetas, zambombas, botellas de Anís del Mono que se rascaban con una cuchara. El recuerdo de Pascual aporreando su bombo permanece en muchos niños de entonces.

Durante la Nochebuena, los grupos familiares recorrían las casas cantando villancicos. Cuando llegaban, nuestros mayores ofrecían sus dulces y su Anís del Mono, –a veces nos dejaban dar un sorbito de esa deliciosa bebida–… y como la Nochebuena era larga, y numerosas las casas que se visitaban, y generosas las dosis que se escanciaban, más de uno terminaba achispado –por decirlo de forma suave–. Recuerda Pepito Carracao que unas navidades, el patriarca de la familia Moza –que tenía un sentido del humor fuera de lo normal–, gastó una buena. El señor Moza también era zapatero remendón y tenía un gran dedo porrúo, adaptado perfectamente a las labores propias de su profesión. El dedo porrúo del señor Moza era un dedo especial, enorme y calloso, acostumbrado a tirar de un cordel encerado para coser el duro cuero de las suelas de los zapatos, porque entonces los zapatos se reparaban una y otra vez. Esa Nochebuena, una vez desinhibido, se pintó el dedo de betún y lo sacó por la bragueta de forma que parecía mismamente la churra del señor Moza… dicen que los gritos que lanzaron las vecinas aún reverberan en el barrio.

Perdigonazo al niño de RafiII. El barrio en los 60El llano
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