Proemio del niño que tiznó al gato blanco de angora

En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.

Pablo Neruda

A lo largo de los años cada uno de nosotros ha trazado su destino. Como el de cualquier hijo de vecino, ha sido un camino lleno de alegrías, sinsabores, angustias, y momentos de enorme felicidad. El paso del tiempo nos ha permitido alcanzar una situación profesional más o menos acorde con nuestras aspiraciones, y desde ella, cada uno intenta servir a la sociedad lo mejor que puede y, sobre todo, devolver a cuantos nos precedieron una mínima parte de lo que hicieron por nosotros.

Pero el tiempo acaba empañando los recuerdos, y volviendo difusa la imagen de una niñez llena de lagunas. Hasta que un día te llega la noticia de que alguien ha rescatado del olvido una antigua foto de hace 40 años y la ha colgado en Internet –ese frío espacio virtual–. Al principio, casi no te atreves a visitar esa página pero, poco a poco, casi a hurtadillas, comienzas a asomarte y compruebas que día a día van apareciendo nuevas fotos, nuevos comentarios y… empiezas a recuperar tus recuerdos y algunas sensaciones dormidas.

Pero esto no es lo más importante. Lo que verdaderamente hemos recuperado, ha sido la cercanía y la amistad de aquellos amigos perdidos en los vericuetos de la vida. El frío Internet (ese juguete que ha recuperado al niño que vivía en cada uno de nosotros) nos ha dado la oportunidad de comprobar lo importantes que son las personas con las que tuvimos la fortuna de crecer.

Más tarde, estos niños desperdigados durante cuarenta años comenzaron a reunirse para tocarse, sentir la nueva cercanía y comprobar que algunos (como los buenos vinos) han mejorado con los años. Los reencuentros se multiplicaron y aparecieron nuevos niños, unos mayores y otros más jóvenes, con los que no tuvimos la oportunidad de compartir juegos y complicidades… pero que estaban presentes en el viejo barrio.

Como consecuencia de todo esto, hemos llegado a comprender que no compartimos la afirmación de Jorge Manrique. No es cierto que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, porque ahora lo tenemos todo: el pasado y el presente y, por qué no, también nuestro futuro. Juntos recorrimos una parte del camino y al volver a encontrarnos hemos evidenciado nuestra voluntad de hacer lo mismo con lo que nos queda por vivir.

Por todo ello, quiero que estas humildes pero sentidas palabras sirvan, a modo de proemio, para testimoniar mi agradecimiento al que lo hizo posible, y dar fe de que cuanto se dice en estas “crónicas” constituye una parte importante de nuestras vidas, y que lo vivido por aquellos niños y niñas de Villajovita nos ha hecho ser como somos.

Aunque la modestia me impida encontrar calificativos (por ser parte implicada) sí que puedo afirmar que estoy orgulloso de todos vosotros.

Francisco Díaz Rosas
Doctor en pedagogía
Universidad de Granada

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