Perdigonazo al niño de Rafi

Pero la cercanía provoca roces. Inevitablemente. Uno se pelea con los que comparte la vida y los juegos. Decía antes que a nosotros se nos olvidaban las enemistades al cabo de un rato, pero si intervenían nuestras madres el problema podía durar años. Por eso recuerdo muy bien cuando le pegué un perdigonazo a Miguel Ángel Villada Pérez[1], hijo de Paco y Rafi, y primo de Pepe Anita, que vivían muy cerca de mi casa.

Mi padre tenía una carabina de aire comprimido que disparaba perdigones de plomo. Se la había regalado su padre en 1937, días antes de morir en la ofensiva de Madrid, durante la Guerra Civil. En realidad, había recibido una postal desde el frente en la que su padre le decía que “tenía preparada una escopetilla para cazar pajaritos”. Días después murió… por eso Miguelín, mi padre, le tenía un cariño especial a esa escopetilla. Nuestros padres fueron los niños y adolescentes de la posguerra. Cada uno tenía una historia viva y presente que a nosotros nos parecía ocurrida en la prehistoria. El mío contaba el hambre que pasó y lo malo que estaba aquel guiso con cáscaras de plátanos que cocinaba su madre como si fueran habichuelas verdes, o cuando vio los hombres destrozados en el mercado de Ceuta por las bombas de la flota republicana. Veinte años que para nosotros era un mundo, para ellos era ayer mismo, y condicionaba numerosos aspectos de su vida y, de paso, la nuestra.

Seis de octubre de 1959. A Manolito Señor le picaba la colita en la calle Zorrilla. El urbanismo de Villajovita de Arriba era muy razonable y las calles empedradas. Foto cortesía de Manolito.

Con la escopetilla que le regalara póstumamente su padre me había enseñado a disparar y a tener rigurosas precauciones –entre otras, no apuntar jamás a una persona y guardarla siempre descargada–[2]. Siempre me la prestaba sin reparos cuando se la pedía porque confiaba en mi buen criterio, y, de alguna manera, así me ofrecía lo que no pudo recibir de su padre.

Ese día le disparé a un cigarrón –una especie de saltamontes, color marrón, y tan grande como un gorrión– que se posó sobre un muro, dentro del huerto de mi tío abuelo Asensio, hijo de aquel Salvador Guerrero. El problema surgió porque Miguel Ángel, el hijo de Rafi, estaba observando desde la puerta. Al cigarrón le di, pero el perdigón rebotó y le pegó al niño en la sien. ¡No veas como lloraba el niño! ¡Y no veas cuando esa madre se enteró que el asesino de enfrente había sido el autor del disparo! El asunto se complicaba porque Rafi era gritadora y de genio fácil. Lo llevaron al hospital y hasta le hicieron una radiografía –cosa inusual para los tiempos que corrían–. La madre decía que el perdigón lo tenía alojado dentro de la cabeza, pero pasados los días se comprobó que la manchita negra de la radiografía sólo era la postilla. Recuerdo que mi padre, para calmar a Rafi, le dijo que cualquier gasto económico que tuviese se lo pasara, y eso me conmocionó más porque las cosas, aunque mi padre trabajara desde la mañana hasta la noche, siempre andaban justitas en casa. Toda mi obsesión era justificar que había disparado al cigarrón, y para demostrarlo guardé un tiempo el cadáver destrozado del bicho. Y recuerdo perfectamente que mi padre, cuando le expliqué lo que había pasado, no me recriminó. Habría que aprender de estos hombres.

La escalera de los trejoII. El barrio en los 60Puertas abiertas

 

[1] Los Villada Pérez eran seis hermanos: Javier, Pepita Antonia, Pedro, Rafael, Miguel Ángel y Jesús, hijos de Paco y Rafi, primos de los Carracao.  

 

[2] Sin embargo, hubo en el barrio un insensato que no aprendió tales precauciones y fue capaz de disparar a una persona porque no estaban de acuerdo en una especie de transacción comercial, pero no se deja citar. Y a Javi Román le gustaba disparar al cuello de las gallinas de su abuelo… sí, hay ‘gente pa tó’.  

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