Paseo por Villajovita, hoy

Hoy he salido de safari fotográfico por Villajovita. He aparcado el coche en el llano y he dirigido mis pasos hacia mi antigua casa (C/ Lope de Vega). Observo que, a pesar de tener un piso más tienden la ropa hacia la calle, con lo que “la escalerilla” que comunica con el Mixto a través de las murallas ha perdido su encanto.

He continuado por Lope de Vega hasta la altura de la casa de los Acosta, pasando por delante de las casas del canilla, el molécula y la de Juanlu (todas siguen igual) y desde allí he girado en dirección a Calderón de la Barca. La tienda de Sedano se ha convertido en un mini autoservicio. La casa de Pepito Carracao sigue igual, pero la de Milan ha sido sustituida por una mole que semioculta a la casa de Asensio. Me he sentido muy extraño en “mi barrio” y observado por gente extraña.

Después he bajado por Calderón de la Barca hasta llegar a la esquina donde estaba el Chalet de Dª Jovita. En ese recorrido he podido observar que el escalón del Mané sigue igual (entonces me he sentido reconfortado) y el grupo escolar presenta en su piel pétrea las huellas del paso del tiempo. El Casino ha desaparecido y la primera escalera de Leandro Fernández de Moratín ha sido convertida en una rampa (para permitir el paso de coches al garaje que hay en una mole que ocupa la casa y el huerto de César).

He tratado de identificar la tienda de Antonio, la de Mateo y la de Morant, pero no he podido. En lugar de esta última hay una hamburguesería-cafetería (Yasmin, se llama). Sin embargo, la casa que había a la izquierda de la tienda de Morant (según se la mira de frente) sigue igual. También permanece la casa donde estaba la panadería, la barbería de Juan y la tienda de Concha, pero “Villa Jovita” ya no es el chalet señorial de antaño, ha perdido solera y me ha parecido más sencillo.

Luego me he vuelto a internar en la calle Lope de Vega, he caminado en dirección a la Escuela del Cartero (el edificio permanece, al igual que el taller que había justo en la esquina). Mientras avanzaba hacia el final de la calle iba pensando en lo que habría sido de la Mercería “Virman y, cuando pude girar mi cabeza hacia la izquierda… allí estaba, majestuosa como siempre, aunque sin el nombre que había en la fachada. La droguería también sigue, aunque reciclada su actividad comercial.

Desde allí he bajado por la escalerilla (la que nos llevaba a la 2ª parada del autobús) y he llegado a la carretera. El bar Lusitano, la farmacia, la casa de los Juste y la de la familia Alguacil se conservan, pero las de los Lesmes han sido reemplazadas por un bloque. Justo enfrente, donde estaba “la placilla” (mercado de Villajovita), hay una promoción de viviendas que está en construcción (es horrible).

Al final de la calle-carretera continúa la casa de Coico. El Stop y la tienda de Rosalía continúan en su lugar, al igual que la casa de “Bacalao”, aunque la de los Valverde ha crecido en altura.

Luego he subido por la calle Leandro Fernández de Moratin y mi primera casa sigue, al igual que la del Chato y la de Juani. También sigue igual la manzana donde vivía el Yaye y la casa de Piedad, pero no está la del Chechita (he sentido un nudo en la garganta al pasar por delante de la puerta).

Por fin llego arriba y me dirijo a la calle Góngora, busco la casa de Luís y la escalerilla de bajada a la escuela de Paco Canto que, aunque algo cambiadas, he podido reconocerlas. Giro por  Menéndez Pelayo hasta la altura de José Mª Pereda, donde salgo a Calderón de la Barca. ¡Qué pena al pasar por la esquina de la casa de Milan!

Cruzo por la callecita donde vivía “el Talega” y Paquita la del corte para echar un último vistazo a la que era mi casa y la escalerilla que comunicaba con el Mixto. Cuando llego al llano, antes de coger el coche he estado un rato contemplando las murallas, en especial uno de los torreones donde entrábamos y que puede ser el lugar de “la leyenda del búho”.

Durante este corto paseo, he hecho algunas fotos y no estaba seguro de que hubieran salido bien (porque las veía algo borrosas en el display de la cámara), pero al pasarlas al ordenador he descubierto que la pantalla de la cámara no estaba empañada y que las fotos no estaban desenfocadas.

Era otro el problema.


Paco Díaz Rosas, noviembre 2005

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