Morenito Valdepeñas…

…fue el nombre de una bodeguita que durante una temporada atendió don Antonio Porras, el padre de Antoñito. Poco después, ahí mismo se instaló el garaje del Parque Móvil de la Policía, y vivieron los hermanos Vicente (el mano) y Raúl. Más tarde llegó la familia de Loli Lara Ogalla, la niña del Parque Móvil, que era una chica guapísima.

En las puertas amplias del garaje, durante las noches de verano, comenzaban los juegos de rescate y levantar la piedra (¡levanto la piedra por todos mis compañeros y por mi primero!) Eran dos de los juegos que nos ocupaban a niños y niñas cuando llegaba el calor. Esas noches cálidas no tenían horas para dormir y sentíamos que la calle era la prolongación de nuestra propia casa. El rescate se desarrollaba por toda la extensión de Villajovita. El grupo que salía a esconderse lo podía hacer en cualquier rincón y el que salía en su persecución debía buscar en todos los recovecos del barrio y, evidentemente, cuando jugábamos niños y niñas mezclados era una maravilla porque nos permitía emocionantes y furtivos roces. Los portones del Parque Móvil fueron la referencia visual de esas emociones.

Habitó por el barrio un niño buenísimo, un tío parsimonioso y tranquilo donde los hubiera. Él y sus hermanas vivieron cerca de la casa del abuelo Aquilino, tal vez en el edificio de Basurco, frente al algarrobo. Y fieles al espíritu gregario que teníamos a esas edades, nos dedicábamos a señalar y hasta marginar a cualquiera que no se ajustase perfectamente a las señas de identidad de la manada de cachorros. Todo aquel que por una sola causa no encajara en el rebaño lo llevaba claro. Eso pasó con este chico.

El Escalón de Mané era el punto de reunión. Detrás, al fondo, se ven las ventanas del “Colegio de don Alberto” (Grupo Escolar de Villajovita), donde se colocaban las latas de meado humano. En la foto: Paco Inniagaraga, Tobalo, Morant y Luis de Góngora. Es cortesía de Luis.

Recuerdan las malas lenguas que algunos niños malos se aprovechaban de su candidez para sacarle algunas monedas y jugar en la máquina flipper (la máquina de los monos) que había en el bar Toribio. O mandarle a la tienda de Mateo a preguntar el precio de las chirimoyas (ya veremos porqué a Mateo no le gustaba que le mentaran las chirimoyas)… O le mandaban llamar a las puertas y le dejaban colgado delante de la misma sin saber que hacer o qué decir cuando salía el dueño. Incluso un día le hicieron tirar un petardo en mitad de un funeral… pero esta vez los mayores se enfadaron muchísimo. Lo pillaron y le hicieron pagar una multa y todo. Pepito Acosta dice que él tuvo que pagar otra multa por la misma fechoría, ¡pero que no tenía culpa de nada! Y se pregunta (aún al cabo de cuarenta años), que si se lanzó en mitad del funeral un solo petardo ¿cómo hubo que pagar dos multas? El pobre siempre se consideró un incomprendido.

La calle Genaro Lucas desembocaba en la carretera Ceuta– Benzú, casi a la altura del pórtico de entrada a la Colonia Weil. Era la única entrada y salida oficial del barrio. A la derecha la puerta del Bar Toribio, y la casa de Alfonso el guardia. Foto cortesía de Ricardo Lacasa Martos.

La latita de meado.

Pocos metros más abajo de las puertas del garaje del Parque Móvil estaban las ventanas del Grupo Escolar, el colegio de don Alberto (padre de Alberto, Nono, Chirri y Belín) Eran ventanas que quedaban un poco altas y no alcanzábamos a asomarnos para hacer cualquier fechoría, pero el griterío, el fragor del aula y el olor a lápiz masticado se percibían por toda la calle. De todos modos, el pretil estaba a la altura perfecta para colocar una lata llena del meado de cualquier osado… ¡y osados los había! Se ataba el extremo de un cordelito a la lata, y el otro a una piedra colocada en el borde de la acera. De noche, con la escasa iluminación la trampa quedaba invisible. Cuentan los malvados que cayeron bastantes incautos, hasta que una de nuestras niñas quedó completamente empapada con el meado del osado de turno. Esa vez intervinieron nuestros mayores, se enfadaron mucho y la cosa se puso muy seria. Luego instalaron en el barrio luces más potentes y se nos terminó la diversión de la latita en la ventana de don Alberto.

Villajovita: calle Menéndez Pelayo. A la derecha el ‘chalet de Pepe’. Al fondo la cuesta de Varela, cuya ladera terminaba en el arroyo de Fez, límite oeste del barrio. Foto cortesía de Luis H. de Loma.
Repoker de ases en ‘la Placilla’, frente a la Colonia Weil, límite norte del barrio. Aurelia León, Pepi Sedano, Afri Caballero, Mati Acosta y Mari Mora. Foto cortesía de Paqui Mora.
Andresito, pesadilla de AquilininII. El barrio en 1960III. El emprendedor tío Asensio
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