Manolo, el de Virginia

Miguel Ángel López Moreno [1]

Volví a recordar a Manolo, el de Virginia, hace pocos días, cuando la sonda Phoenix aterrizó en Marte. Hace cuarenta años, el planeta Marte era fascinante… más que ahora porque era mayor el misterio que atesoraba.

Manolo y Virginia tenían una pequeña mercería en Villajovita, un pequeño y singular barrio de Ceuta (la España del norte de África); y en la puerta del negocio Manolo colocaba algunas novelitas baratas del Oeste, de esas que escribía Marcial Lafuente Estefanía… pero de vez en cuando también colocaba algunas de ciencia-ficción de la colección Espacio. Sólo las portadas me transportaban a lugares cósmicos. Estaríamos a mitad de los años 60. Ese día Manolo había colocado una novelita cuyo título hablaba de Marte. El autor era Clark Carrados, y costaba cuatro pesetas. No era sencillo reunir cuatro pesetas… y cuando se las entregué a Manolo, miró la novelita del derecho y del revés, chasqueó la lengua en un gesto de pena. Y me dijo:

— Hombre, no está mal que leas… pero podrías leer otras cosas.

Al cabo de los años comprendí… pero no estuvo mal empezar por ahí.

Lo que sigue es un extracto de ”Crónicas de Villajovita”, MIGUEL ÁNGEL LÓPEZ MORENO. ISBN: 84-609-8966-6. pp. 110-111. Ed. Colectivo Niñ@s Vi.Jo. Ceuta / 2006

Manolo, el de Virginia. A unos metros estaba la mercería VIRMAN. La regentaban Virginia Palacios –siempre muy arreglada y compuesta– y Manolo Guerrero y, además de los géneros propios también vendían novelas. Ahí compré mi primera novelita de ciencia-ficción, costaba cuatro pesetas, el título mencionaba el planeta Marte y el autor se hacía llamar Clark Carrados. (…) Recuerdo que Manolo fue perdiendo paulatinamente la visión, y al final de la década, a fuerza de tesón y amor propio, y ya completamente ciego, era capaz de despachar cualquier artículo, incluso acertar el color del botón o del carrete de hilo que se le pedía. En los últimos tiempos, las contraventanas que daban al jardincito de su casa siempre estuvieron entornadas. Manolo y Virginia no tuvieron hijos (su ahijado, Juan Antonio Palacios –que fuera alcalde de Algeciras-, nos aporta estos entrañables recuerdos); eran dos bellísimas personas que vivieron muy unidos entre sí y fueron un referente en el barrio para muchos temas. Manolo había sido inspector de abastos durante la II República y ejerció su profesión en el mercado central de Ceuta. Cuando el general Franco –Caudillo de todos los españoles, quisieran o no– inició su Cruzada, fue encarcelado en el presidio del monte Hacho. Y cuando lo excarcelaron, igual que a otros muchos ciudadanos, fue estigmatizado e inhabilitado profesionalmente. Para salir adelante tuvo que montar su modesta mercería en Villajovita, y llevar una vida discreta. Sin embargo, durante toda la vida mantuvo erguidas sus ideas. Recuerdo que Manolo hablaba de una forma distinta, el niño que servidor era no alcanzaba a saber las razones, pero no lo percibía como a los demás. Hoy día su ahijado responde a la pregunta que aquel niño apenas esbozó: Manolo poseía una gran formación humanística y una de las mejores bibliotecas de Ceuta… él y Virginia fueron dos adelantados en el tema de la incorporación de la mujer a la vida activa en un mundo que estaba a décadas de estas conquistas. Muchos en el barrio conocían la historia de Manolo y entendían que este era un asunto reservado y personal. La mayoría de la gente vivía y dejaba vivir, pero no todos. Algunos vecinos delataron a Manolo cuando refugió en su casa a perseguidos por las autoridades que vencieron en la guerra civil. Juan Antonio Palacios, su ahijado, nos dice que “…si tuviera que definirlos desde el recuerdo, diría que fueron dos grandes personas, que amaban profundamente la vida y que adoraban Villajovita, como el mejor de los lugares para vivir”. Sirvan estas líneas para recordarles con cariño.


 

[1] Publicado en El Blog del Milano, 6 de junio de 2008

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