Los Vayavaca

Todo era más sencillo en esos años. Si uno tenía vacas o cabras, vendía por la calle su excedente de leche sin más requisitos que su santa voluntad. Muchos niños de entonces (Pepito y Mati Acosta, José Carlos Varea, Rosi Sentís, etc.) recuerdan que los rebaños de cabras pasaban por las calles de Villajovita y el cabrero vendía la leche directamente de las ubres ¡qué mejor contenedor que ese!

Rosi Sentís recuerda especialmente a un cabrero que vendía la leche de su rebaño en las noches de verano, cuando padres y niños usaban la calle de una forma que hoy resultaría impensable. Ese hombre no era un cabrero normal. Tenía una cuidada barba negra y hablaba. Rosi recuerda que se quedaba embobaba escuchando las cosas que decía mientras ordeñaba sus cabras. Era, sin duda, un hombre culto y contrastaban mucho sus maneras y su conversación con lo que se esperaba normalmente de un cabrero, es decir, una persona más primaria. Dejó una interrogante en aquella niña inquieta. Hoy Rosi sigue elucubrando qué historia ocultaría el cabrero de la barba negra, que hablaba y vendía la leche de su rebaño en las noches de verano.

Matilde Acosta recuerda incluso que mientras las madres iban a por la cacerola, el cabrero –sin duda sería otro cabrero– bromeaba con las niñas lanzando chorritos de leche desde las ubres, intentando acertar en las boquitas abiertas. Estos rebaños terminaban su recorrido en el llano, donde las madres acudían a lo largo de la mañana.

La familia Mosteyrín. Agachados: Javier, Rafael y Sol. En medio: Coral, Gracia y Flor de Lis. Detrás: doña Vicenta, don César, César hijo y Mª del Mar. Foto cortesía de César Mosteyrín/hijo.

Sin embargo, la leche de vaca había que comprarla directamente en la vaquería que había detrás de la Muralla, o al lechero, cuando venía con sus cántaras a lomos de un burro. Tenía el hombre una enorme habilidad para volcar la medida justa en un recipiente de hojalata sin derramar una gota y quedándose en el borde. Estas leches debían hervirse concienzudamente para matar bacterias y evitar la transmisión de enfermedades muy reales y presentes como el tifus o la tuberculosis, y de paso retirar la espesa capa de nata que producía. Esa nata, mezclada con azúcar y batida, era una exquisitez para untar en el pan. Pero esa forma precaria y artesanal de distribución no llegaba a toda la población, o lo haría en malas condiciones. Y muy posiblemente, la cabaña productora de leche en Ceuta tampoco habría dado abasto.

La forma de producir y distribuir la leche fue un buen detalle para comprobar los cambios tan rápidos que se estaban produciendo en el barrio, en Ceuta y el país. Al principio de la década aún se veía algún rebaño de cabras por las calles. Más tiempo duró el lechero, que traía sus cántaras a lomos de un burro y finalmente, en 1963 se instaló en Ceuta una fábrica que lanzó al mercado la leche Vayavaca,[1] envasada en cartón parafinado y en bolsas de plástico, y el yogur Almina. Esta fábrica estuvo en las Puertas del Campo, camino de la vieja estación del ferrocarril, junto al garaje de los autobuses verdes, y propició un cambio de hábitos que inició otra época. La idea fue de unos catalanes (Rovira y Martí, que también eran buceadores) y la ejecución de don César Mosteyrín[2], una persona interesantísima que, entre otras muchas cosas, era el padre de Sol Mosteyrín, la rubia más atractiva que ningún niño del barrio había visto en su vida. Si Angeli Acosta era una morena muy guapa, Sol tenía la belleza exótica de una nórdica rubia. Servidor, de todos modos, se dejó de pamplinas sentimentales y se enamoró de las dos… por supuesto, las dos pasaron olímpicamente del asunto.

Anuncio y pin de Vayavaka

El clan de los Mosteyrín se instaló en la calle Padre Feijoo (la carretera Ceuta/Benzú al paso por Villajovita) y fueron un tanto singulares porque aportaron un cierto aire fresco y liberal.

La novedad de la fábrica de leche fue su producción y envasado. Lo normal hasta entonces era comprar la leche a granel o, en todo caso, presentadas en botellas de vidrio transparente, pero don César Vayavaca (el alias fue inmediato, casi instantáneo) no podía depender de la producción lechera que había en Ceuta, escasa, muy dispersa, aleatoria, y sin garantías de higiene. Lo que hicieron fue fabricar leche reconstituida[3] a partir de sus componentes.

Proceso que recuerda muy bien su hijo César Mosteyrín, que intervino en la producción y puesta a punto. César era el segundo de sus hijos y tuvo poco contacto con nosotros. La leche en polvo desgrasada procedía de los excedentes europeos de Holanda y Bélgica, y la grasa láctea la traían de Dinamarca. Se añadía agua, vitaminas (A, B2 y B12) y algo de sal para obtener una leche reconstituida de bastante calidad: Leche Vayavaca. Sólo quedaba ahora presentarla en unos envases novedosos, higiénicos y fáciles de distribuir. Inicialmente fueron cilindros de cartón parafinado y sellados herméticamente mediante una resistencia eléctrica. Más tarde se distribuyó también en bolsas de plástico. Pero fueron demasiadas novedades para nuestras madres. Tuvo que pasar un tiempo para que la leche Vayavaca desplazara a las formas tradicionales. Ellas se quejaban del menor sabor que tenía y de la escasa nata que producía al hervirla. Ese fue el precio que hubo que pagar a cambio de las garantías que ofrecía la leche cuidada. César Mosteyrín –hijo– explicaba allí donde le escuchaban que la falta de nata no era que a la leche le faltara nada, simplemente que la sometían a un novedoso proceso que se llamaba homogeneizado, y consistía en emulsionar perfectamente grasa y suero acuoso. De esa manera no se separaba por un lado la nata –grasa– y por otro el agua. Es decir, toda la masa de leche tenía entonces la misma riqueza, y, además, la Vayavaca se ofrecía pasteurizada, no hacía falta hervirla en casa. Y que esto se aceptara y comprendiera requirió tiempo y explicaciones en forma de campaña publicitaria desde Radio Ceuta. Y fue un niño del instituto, Juan Manuel Marín, el que ganó el concurso que se organizó para buscar el mejor eslogan. Este niño, que más tarde fue componente de un grupo de música folk llamado Hermanos de Nuestra Tierra se inventó una cosa ligeramente patética que decía así:

En Sevilla la Giralda.
En Zaragoza el Pilar.
Y en Ceuta, la Vayavaca
Una leche sin igual

Sí. Creo que es correcto pensar que comenzamos los 60 en la posguerra y que, gracias a iniciativas como Vayavaca, los terminamos en la modernidad… y, además, a nosotros nos permitió desear a Sol Mosteyrín.

EncalaoresCap. VLo singular de Don César

 

[1] Nota villajovita.com: como se aprecia en el cartel publicitario añadido, el nombre de la marca parece ser “Vayavaka” en lugas de “Vayavaca

 

[2] Los Mosteyrín Hernández vinieron de Tarifa. Eran ocho hermanos, hijos de César y Vicenta: Rafael, César, Mª del Mar, Gracia, Javier, Coral, Sol y Flor de Lis. Vivieron en la calle Padre Feijoo.

 

[3] Leche reconstituida: Es el producto uniforme que se obtiene mediante un proceso apropiado de incorporación a la leche en polvo, (entera, semidescremada o descremada), de la cantidad necesaria de agua potable, adicionándole o no grasa deshidratada de leche o grasa butírica a fin de que presente características físico–química y organolépticas similares a las de la leche líquida correspondiente.

Leche recombinada: Es el producto que resulta de la mezcla de la leche reconstituida con la leche cruda en proporción no mayor del 30 % de leche reconstituida, higienizada posteriormente y que presenta características fisicoquímicas y organolépticas similares a la leche correspondiente. (NTON 03 034 – 00 NORMA TÉCNICA DE LECHE ENTERA PASTEURIZADA)  

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