Los periódicos del Casino

Servidor visitaba con frecuencia el Casino para hojear los periódicos diarios, el Faro de Ceuta, el España de Tánger, el ABC, y no creo que muchos más. Para evitar que se deshojaran y mantenerlos abiertos y manejables, los sujetaban con dos listones de madera unidos con tornillos de palometa. Mi interés era robar las hojas que traían noticias de la carrera espacial que mantenían rusos y americanos. Coleccionaba y pegaba esos recortes de prensa en libretas. Lo normal habría sido esperar un día o dos, y cuando el periódico perdiera todo interés para el común de los mortales, pedirlo abiertamente antes de que los tiraran a la basura. Pero servidor no tenía paciencia e intentaba arrancar las hojas el mismo día. El problema era que a los mayores que vigilaban aquello –los directivos, don Antonio Porras, Bartolo el manco y los que siguieron intentaban mantener un poco de cordura entre los chicos– no les gustaba y encontraban muy sospechoso que un chico se sentara muy formalito a leer los periódicos en lugar de ponerse a jugar y a hacer perrerías a la máquina flipper. ¡A saber que pretendía ese niño tan raro! Por eso no me quitaban ojo de encima y servidor no podía robar las hojas con tranquilidad. Pero con el tiempo se acostumbraron a verme leer los periódicos y dejaron de vigilarme de reojo, era entonces cuando robaba impunemente las hojas, y con el tiempo hasta me llevaba unas tijeras para recortar solamente lo que me interesaba.

Me pasé la década de los años 60 robando esos recortes de prensa en el casino de Villajovita. Recortes que hablaban de la competencia entre rusos y americanos por desarrollar una tecnología espacial capaz de llevar un hombre a la Luna. Para los ojos de un crío –y para cualquiera– el reto fue apasionante[1]. Y finalmente, terminando la década, en julio de 1969, vivimos la odisea del Apolo XI, que llevó a la Luna a Armstrong, Aldrin y Collins; la descripción inolvidable que hizo Jesús Hermida del lanzamiento, que parecía que él mismo empujaba al Saturno V; y la larguísima madrugada de 20 de Julio para ver en directo cómo el primer hombre pisaba la Luna.

Muchos niños de ese tiempo recordamos con pelos y señales lo que hicimos esa noche de verano. Fue una noche emblemática. Elenita León recuerda que, con la excusa de esperar el primer paseo del hombre en la Luna, nadie se acostó, empezando por sus propios padres. Los chiquillos estuvieron jugando en el trozo de calle que iba desde la casa de Pepe Anita hasta la de Cristóbal Tobalo. Por allí correteaban también Mariné Rodríguez Gil y Quino, su hermano; Estebita Paparrillas y su hermana Mariceli y otros. Esa noche mi hermanita Marisol durmió en mi habitación y yo usé su cama, en el salón, donde teníamos la tele. Debí oír el jolgorio en la calle, pero estaba tan excitado que fui incapaz de separarme de la pantalla y no perdí detalle de la imagen fija de la Luna que los responsables de la emisión nos ofrecieron durante horas. Era una vista muy mala, pero fascinante porque se recibía en directo desde el satélite. Mis padres, cansados de esperar el primer paseo se acostaron. Y a las cuatro de la madrugada, cuando llegó el momento, Elenita recuerda que su padre dio el aviso: Armstrong estaba bajando. Al día siguiente, cuando la morita que ayudaba a Maruja, la madre de Elena, llegó a casa, la niña le preguntó si había visto la llegada del hombre a la Luna. La morita arrugó la cara totalmente incrédula, y le dijo:

– Todo eso, toooodo mentira, toooodo mentira. ¿Cómo va sé eso, ninia? ¿Tu tonta o qué? Muuucho colegio, muuucho libro, pero tu tonta–. ¿Quién sabe? Lo mismo hasta tenía razón.

Esta historia la alimentó servidor desde los periódicos robados en el casino de Villajovita, lugar que, por tanto, no sólo sirvió para buscar el punto “G” de una maquinita flipper.

El punto “G”Cap. IVAjedrez y dominó

 

[1] En 1961 comenzaron los vuelos del proyecto ruso Vostok que pusieron al primer hombre y a la primera mujer en órbita –Yuri Gagarin y Valentina Tereshkova–; y frente a estos, los americanos lograron a duras penas colocar en órbita a Jhon Glenn en una cápsula Mercury. Le siguieron los Voshod frente a las Gémini, con los primeros paseos espaciales –Alexei Leonov y Edward White–, que ensayaron los acercamientos y ensamblajes en órbita. Y mientras los americanos iban alcanzando y superando la ventaja inicial de los rusos, se ensayaban alunizajes automáticos con los Luniks, Rangers y Surveyors, sin olvidar las exploraciones a Venus y Marte. Por último, a partir de 1967, volaron las naves Soyuz soviéticas y las Apolo.  

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