Lo singular de don César

Si Sol nos deslumbró a los 11 años, su padre, don César Mosteyrín, despertaba en algunos niños una extraña atracción… primero, y más importante, por ser el progenitor de semejante belleza, pero desde que servidor pudo ascender –¡gracias a él!– a la cumbre del Yebel Musa, el mítico pecho de la Mujer Muerta, ese hombre tan mayor (visto desde un niño de 13 años) tuvo un extraño halo de admiración. No era normal que nuestros padres perdieran el tiempo subiendo montañas, lo corriente era que disiparan el escaso ocio que tenían jugando al dominó o haciendo chapuzas en casa. No, nuestros mayores se dedicaban –tal vez obligados por sus circunstancias– a otros menesteres. Sí, algo desprendía la familia Mosteyrín que la hacía singular. Y con el tiempo, y la ayuda de su hijo César, hemos sabido por qué[1]. Veamos.

El señor Vayavaca siempre fue un hombre inquieto. En su juventud había sido radiotelegrafista de la Marina Mercante, y viajó a Guinea, Cuba y gran parte de Sudamérica. Tal vez su profesión le despertara el interés por los idiomas: “…en Tarifa, mi padre dio clases de inglés y de otras muchas asignaturas. En Ceuta, enseñaba alemán y francés en las dependencias de Antiguo Sindicato Vertical, eran clases para los emigrantes que salían al extranjero. El italiano y portugués, aunque no los hablaba, los entendía perfectamente. Mientras estuvo en Ceuta se interesó, igual que toda la familia, por aprender el árabe que hablaban los moritos, él incluso iba a recibir clases. Y en Segovia, hasta su fallecimiento en el 2000 –tenía 88 años– estuvo dando clases de esperanto”.

Fue un hombre disciplinado consigo mismo y todas las mañanas, al levantarse, hacía invariablemente la misma serie de ejercicios. Incluso la mañana de su fallecimiento ejecutó los quinientos saltitos de su tabla.

Telegrafista en su juventud. Padre de ocho hijos. Empresario innovador (leche y yogures) Profesor de inglés, alemán, francés, esperanto. También se interesó por la gnomónica, esa extraña ciencia que estudia y desarrolla los relojes de sol. Un conocimiento que relaciona astronomía y matemáticas para describir el movimiento de la sombra que produce un gnomon. Su hijo César, recuerda que su padre construyó un reloj de sol de sobremesa acoplado a una brújula para buscar la orientación adecuada. Singular, don César, que se interesaba por todo y no paraba hasta entender. El regalo que hizo a su hijo mayor cuando aprobó la reválida de 4º fue llevarlo con él en un viaje/aventura en Vespa. En los once días que duró recorrieron multitud de pueblos visitando todo lo interesante que había. Pocas cosas escapaban a su curiosidad.

Quizá lo más representativo de este hombre fueran sus caminos y sus viajes en solitario: “…mi padre era un gran andarín y montañero, aparte de gran viajero. Recorrió todos los montes de Ceuta, y los de Tarifa cuando vivía allí. Conocía España palmo a palmo. Hizo el Camino de Santiago varias veces, empezando desde distintos lugares. El Rocío lo hizo dos veces, y la Marcha Teresiana y otras muchísimas actividades. Lo conocían en todos los ambientes montañeros de España…”

¿Se puede ser libre dejando atrás mujer y ocho hijos? Él lo fue, y tiene la admiración de todos ellos. Tal vez porque mujer y ocho hijos no es obligatoriamente una rémora que coarta la vida de nadie y así lo entendieron. Puede que esa fuese la singularidad que se adivinada en la familia Mosteyrín.

Con pocas ataduras físicas es más fácil sentirse libre. ¿Qué es realmente necesario para caminar? Don César debió pensar que para caminar era suficiente tener un motivo. Sólo un motivo. Por tanto, la libertad del caminante no está en una gran mochila: “…sus recorridos los hacía sólo con mochila y saco de dormir. No usaba tienda de campaña ni otros “engorros”, como él decía. Y lo mismo dormía en el campanario de una iglesia románica que en el césped de un cementerio norteamericano, entre lápidas, bajo las estrellas”.

Por lo que relata su hijo, tal vez para don César lo importante debió ser caminar en el sentido amplio. Para el viajero, la meta no puede ser el final de la senda prevista, porque eso cansa. Las metas del señor Vayavaca debieron estar en la reflexión y el silencio que acompaña cada paso. El hombre que camina en solitario, inevitablemente reflexiona, y el hombre que reflexiona se hace grande. Vicenta, su compañera y madre de los ocho hijos, tenía asumido que no era mujer de dormir en cualquier sitio y para viajar pedía hacerlo en hotel de tres estrellas. Don César solía responder que él necesitaba muchas más, que sólo se conformaba con todas las del universo en su techo.

Cuando se jubiló viajó por toda Europa y pasó un año recorriendo los Estados Unidos y parte de Méjico. Y después, sabiendo ya qué lugares merecían la pena, los volvió a recorrer con Vicenta, pero esta vez en hoteles de sólo tres estrellas.

Dibujo de la Mujer Muerta. Lo hizo don César Mosteyrín desde el lado español del estrecho… y decidió llegar hasta la cima bordeando todo el mediterráneo. Cortesía de su hijo César.

Pero, tal vez, lo que mejor muestre su personalidad, lo singular de este hombre, ocurrió cuando vivía jubilado en Algeciras y quiso volver a subir al Yebel Musa, la preciosa montaña con forma de Mujer Muerta que veía al otro lado del estrecho de Gibraltar. Apenas unos kilómetros le separaba de la zawiya (pequeño altar musulmán) de la cumbre, donde solía rezar su amigo Absalam Ben Absalam Naehmi. Se habían conocido unos años antes, en la primera ascensión de hizo don César a la Mujer Muerta, y desde entonces mantuvieron su amistad. Recuerda su hijo que pasaban horas hablando. Un día, observando el estrecho de Gibraltar desde la costa española, don César decidió volver al Yebel Musa, pero sin usar barco.

Bordearía todo el Mediterráneo: de Algeciras a Estambul, y de Estambul a Ceuta. Tomó su mochila, su saco de dormir y comenzó a caminar. Parece que inspirara al mismísimo Saramago cuando dejó escrito que el viaje nunca acaba, que sólo los viajeros acaban; que el fin de un viaje es sólo el comienzo de otro; que hay que volver sobre los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado, que el viajero siempre vuelve al camino[2]. Y ascendió por el levante español. Pasó a Francia, cruzó Italia y Yugoslavia. Atravesó Bulgaria y Grecia. En Turquía abandonó Europa por el paso de los Dardanelos. En Asia, atravesó el Líbano, Siria, Jordania e Israel. Pero en 1986, cuando caminaba por Egipto, su tercer continente, el presidente norteamericano Ronald Reagan decidió ejecutar lo que denominó “una autodefensa ante un futuro ataque de Libia” (que suena a un claro antecedente de otras indecencias preventivas), es decir, bombardeó el país buscando eliminar físicamente a Mohamar el Gadafi, su presidente. Pero falló y el pobre sólo pudo matar, entre otros, a una de sus hijas. Ahí acabó la suerte de don César: “…como tenía el pasaporte sellado por todos los estados de USA, donde estuvo un año recorriéndolos, le advirtieron que no pasara a Libia, que lo más seguro era que lo tomaran por espía y lo metieran en la cárcel o lo “hicieran desaparecer” misteriosamente. Y él siempre decía que no estaba dispuesto a dejarle a ningún gobierno la buena pensión que tanto le había costado conseguir. Así que desde allí se volvió a casa, cuando sólo le quedaba por recorrer Libia, Túnez, Argelia y Marruecos”.

Don César no dejó constancia escrita de sus viajes y experiencias. Simplemente los dibujó. Su familia conserva cientos de apuntes que hizo de los lugares por donde paseó. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero un recuerdo es inmortal mientras podamos evocarlo. Sirvan estas palabras para recordar a don César Mosteyrín, señor Vayavaca, padre de Sol (entre otros hijos), que nos trajo a Ceuta la leche en cartón y nos ayudó a subir hasta el cielo de la Mujer Muerta.

Los VayavacaCap. VEl moro del cambio

 

[1] Un rastreo a través de Internet nos muestra la presencia de don César Mosteyrín en el recuerdo de numerosas personas muy distantes y muy dispares entre sí.  

 

[2] De “El viajero vuelve al camino”, en “Viaje a Portugal”, de José Saramago.  

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