La siesta de Mariquita

Desde el Escalón de Mané vimos pasar los años 60. En esa casa vivían los Gómez Picaso. Su puerta, como muchas del barrio, se podía abrir desde la calle tirando de un cordelito que desplazaba el pestillo interior de la cerradura. De esa manera cualquiera podría entrar en la casa. Para que el cordel no se colara por el orificio de la puerta se solía anudar el extremo. Y esto era así porque los niños no parábamos de entrar y salir, y porque entonces no teníamos llaves de casa; ese era un privilegio que se conquistaba de mayor, y por supuesto, porque nuestras madres siempre estaban dentro, que trabajar fuera de casa era cosa del futuro.

Eran tres hermanos, Antonio, José Manuel (Mané) y la deseada Mª Ángeles (Mariquita) Representaban tres de los varios grupos de edad que coexistían en el barrio, porque cuando teníamos entre diez y catorce, un año era un tiempo que nos alejaba de los mayores y menores. Cada grupo de edad tenía sus propios intereses, sus juegos y sus niñas. Sobre todo, sus niñas… aunque eso siempre fue algo permeable y los mayores podían inmiscuirse en las de otros grupos. Y hoy día conservan una franja de memoria común que no se solapa con otras franjas de edad.

Antonio era el mayor de los tres hermanos, un chico serio y trabajador que estuvo en la JOC, es decir, la Juventud Obrera Católica del padre Béjar. El segundo era Mané, que daba nombre al escalón, pertenecía más bien al grupo de los pillines Pepito Acosta, Pepe Anita, Pitoño, Chirri y algún otro –las niñas de este grupo eran Mati Acosta, Maricarmen y Patri Burón, Aurelia León, Rosi Sentís, etc.–. A Mané, la verdad, se le veía ocasionalmente por la parroquia. Finalmente, la pequeña era la deseada Mariquita, del grupo de Angeli, Maribel, Isamari, Elenita, Meli, Anamari y Bebe Valverde, Sol, Antoñita Sentís, Chari y Maricarmen Lara, etc. Este era el grupo de niñas que amábamos Chechita, Pepe Lorente, Cóico, Paquito Inniagaraga, José Carlos Varea y servidor, entre otros.

A Mariquita le gustaban los concursos de caballos que se celebraban los domingos en la Hípica, al otro lado de Ybarrola. Eran espectáculos vinculados a la caballería militar afincada en Ceuta. Ella recuerda que se las tenían que ingeniar para entrar sin pagar, y lo hacían arrimándose a los caballos o a las hermanas de Pepe Anita, Pepita y Anita, que eran hijas de don José Carracao Viaga, empleado de Ybarrola y tenían ese privilegio. De todos modos, los malencarados como Mané, Juanlu y los varios Pepitos (Lorente, Acosta y Carracao) tenían que buscarse la vida y entrar desde Ybarrola dando un salto hípico… Recuerda Pepe Anita que:

…cuando, en el mejor de los casos, conseguía un duro, entraba ‘al salto hípico’ por Ybarrola. Allí me encontraba en la tesitura de comprarme un kist (valía un duro), un bombón helado (valía igualmente un duro) –que los vendía un señor llevándolos a cuesta en una caja, que no sé cómo puñetas mantenía helados los bombones–, o hacer una apuesta (la mínima costaba un duro) Hecha la apuesta, perdía el duro, y solo quedaba sufrir viendo como la gente tomaba, en aquel ambigú semicircular, los kist que le apetecía, o los bombones helados que le daba la gana. Era entonces cuando Mané, Andrés Medina y Pepito Acosta buscábamos entre los boletos de apuestas de días anteriores, por si podíamos hacer alguna trampa…

Un día Mariquita encontró en el suelo de la grada un boleto de apuesta con la combinación ganadora (recuerdo que un caballo que solía ganar se llamaba Paniagua, aunque Pepito Carracao asegura que Paniagua era el jinete, a saber), pero antes de poder pensar cualquier cosa, ya había aparecido su hermano Mané, que estaba en la fila de atrás con sus amigotes –a cuál más malvado–, se lo arrebató y el puñetero niño se las ingenió para cobrar el premio. Pesetas que, por supuesto, sin contar con la chiquilla, se gastó con sus amigos.

José Carlos Varea Rivilla y Luis Hernández de Loma en la Puerta de Mané

La casa de Mané tenía una situación privilegiada. Senta-dos en su escalón se controlaba buena parte del barrio. Durante las siestas del verano daba la sombra justa, y a un palmo, en el resto de la acera, el sol caía a plomo. En el escalón comíamos volaores y vigilábamos, a través de una rendija, las siestas de Mariquita, que intentaba dormir en el sofá de su casa. Aspirábamos a pecar contemplándola a través de la rendija, pero la puñetera niña se cuidaba muy mucho de impedir la visión de su tentador cuerpecito. Pero no perdíamos la esperanza ¡téngase en cuenta que uno se conformaba con una imagen pequeñita, por fugaz y recata-da que fuese! Que entonces se pecaba con cualquier cosa. Algunos fanfarrones contaban que la habían visto de tal y cual manera, pero, la verdad, servidor jamás tuvo ocasión de escandalizarse con la visión de Mariquita en braguitas… ya me habría gustado, ya.

A menudo, cuando Mariquita quería entrar en su casa, se lo poníamos difícil y, para obligarla a contorsionarse, no nos movíamos del escalón. Unas veces aceptaba el reto muy enfadada y entraba a trompicones; pero otras, la mayoría, optaba por llamar a su madre para que la amparara frente al grupo de antipáticos osados. Y muchas veces, doña Fernanda, su madre, tiraba un cubo de agua sobre el escalón, como para limpiarlo… y de paso echarnos.

Sin embargo, cuando llegaba el padre de Mariquita, hombre serio y cabal, nos quitábamos diligentemente. Don Juan era un pescador excelente y no perdía ocasión para bajar a la playa Benítez cuando llegaban los cardúmenes de peces roncadores. Cuando eso ocurría, todos los aficionados tomaban sus cañas de pescar y se disponían en la playa para coger cubos enteros. Chechita, Yaye, Mané, Luis de Góngora, Asensio y otros varios, recuerdan que estos cardúmenes de roncaores o de doblás –unos peces que cuando se pescaban se doblaban por la mitad– llegaban a la playa en cantidades enormes… ¡y se comían!

La pesca, como cualquier actividad que iniciáramos (cazar pajaritos, fabricar carritos, etc.), era una tarea artesanal: cada uno fabricaba su equipo. La caña de pescar solía ser una caña india[1], que eran largas, macizas y muy flexibles si se secaban lentamente para evitar grietas. Había un buen macizo de caña india por Calamocarro, y otro menor en Ybarrola, cerca de la casa de las hermanas Lara Guzman. Las gusanas para la carnada se buscaban y extraían de las rocas marinas rociándolas con Piedra Lipe (sulfato de cobre) disuelta en agua. Era extraordinario el efecto que tenía ese liquidito azul verdoso sobre el tapiz de algas. Al instante de echar la disolución salían las gusanas que parecía que se ahogaban. Los muñecones también eran unos gusanos muy buenos para carná. Se encontraban por toda la costa, desde la fábrica de güano hasta Benzú. La boya eran simples tapones o trozos de corcho con la forma adecuada. José Carlos Varea (Rivilla) recuerda que un día estaba con Luis Hernández de Loma (Góngora) derritiendo plomo para hacer plomadas. El plomo se buscaba por cualquier sitio y se derretía fácilmente en la cocina de casa. Lo estaban vertiendo con cuidado en el cilindro de una caña, pero, para desgracia de Luis, la caña estaba húmeda y cuando entró en contacto con el plomo derretido salpicó con violencia y le alcanzó una gota en el ojo. Dice que el chiquillo chillaba como un cochino en San Martín, y José Carlos, asustado, encontró la excusa perfecta para quitarse de en medio y se marchó a buscar a la madre de Luis, que estaba en misa. Afortunadamente, al rato se le pasó y logró sobrevivir con sus dos ojos intactos. Puro milagro.

Algunos venían al Escalón de Mané con un viejo transistor National Panasonic, de aquellos que tenían una funda de cuero con agujeritos para dejar pasar el sonido, y con pilas que siempre estaban casi agotadas de tanto hervirlas o ponerlas al sol para que se recargaran –así hacíamos–. Entonces no emitían en FM y apenas ponían la música que empezaba a interesarnos. Costó años que las emisoras difundieran la música de Brincos, Pekenikes, Ángeles, Bravos, Mustangs, Salvajes, Lone Star, Brisks, Sirex, etc. Más rácanos aún fueron con los Beatles, Rollings, Kinks, Troggs, Status Quo, Who y demás indeseables. La sociedad establecida no aceptaba de buen grado la novedad y rebeldía que venía de fuera. Tal vez la mejor representación de esto se percibía en la estética de grupos musicales como Beatles y Rolling Stones, que encima eran ingleses, los pérfidos ladrones que nos robaron Gibraltar y derrotaron en Trafalgar. Es decir, nuestros mayores y los que mandaban, por lo general, no vieron con buenos ojos tantos cambios y tan rápidamente planteados. Por ejemplo, que el pelo creciera hasta tocar la oreja y se peinara hacia delante, como hacían los grupos extranjeros, era propio de un tío rebelde, contestatario ¡y lo mismo hasta su padre era masón! Servidor recuerda una conversación interceptada a una vecina que le relataba a mi madre un suceso ocurrido en la tienda de doña Elena. Entró a comprar Emilio –un chico algo mayor, hermano de Marisa, una chica que levantaba pasiones– y se dispuso a esperar su turno. Emilio tal vez fuera el primero que se dejó en Villajovita el pelo un poquito largo, es decir, no tenía rapado el contorno de las orejas (solamente eso), y una parroquiana se atrevió a preguntarle con retintín que porqué se dejaba el pelo tan largo. El chico le contestó, demoledor y altanero, que se lo dejaba así para molestar a las personas que no le gustaban. Se quedaron de piedra, pero se callaron por bocazas y entrometidas. Desde entonces me guardé la contestación del primo Emilio y la tuve preparada… pero nadie le hizo a servidor tal pregunta.

Cap. IXRifas y tebeos…

 

[1] La caña india, Phyllostachys aurea, es en realidad oriunda de Japón y Corea, y se le llama también bambú japonés.  

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