La playa de las Barcas

Hacia mitad de la década de los 60, otra de las actividades que se organizaban en el entorno de la Acción Católica de Villajovita eran las excursiones a Benzú, a la Playa de las Barcas o a la Ballenera. No todo eran cuestiones místicas de salón parroquial, el padre Béjar, ayudado por el curita joven y por Chiqui –que por un tiempo fue seminarista y en vacaciones ayudaba en la parroquia– propiciaban bailes, representaciones de teatro, festivales, belenes vivientes y también las excursiones hacia el oeste de Ceuta, a unos parajes naturales inolvidables, pero, la verdad, por mucho que intentaran desviar nuestra atención hacia asuntos culturales o saludables y sanos, en el fondo el interés de muchos era seguir investigando por los vericuetos del sexto y del noveno.

A veces caminamos hacia el oeste buena parte de los jóvenes del barrio… buscábamos ‘Siete Lagos Subterráneos’

Hicimos numerosas excursiones a la Playa de las Barcas. Está situada al oeste de Ceuta, en Marruecos, a un kilómetro aproximadamente del puesto fronterizo, en mitad de la Bahía de Benzú y delimitada por la punta del mismo nombre y el acantilado de Ras el Aiun (parte de Punta Leona) Es una rada en forma de U abierta, como de un kilómetro de arco, de arenas amarillas y aguas cristalinas. Por allí no existían terminales de aguas fecales porque el pequeño poblado de pescadores que le daba alma, no usaba tales adelantos. Las arenas terminaban en una pared rocosa que cerraba la playa. Por encima, la Mujer Muerta vigilaba el entorno, y en la ladera se desparramaban las modestas casitas de los lugareños, que con el tiempo formarían el poblado de Bellones (Beliunech) Nada, por tanto, podía manchar las aguas cristalinas de la playa de las Barcas.

La Mujer Muerta, el Atlante Dormido, el Yebel Musa, siempre nos despertó una enorme atracción. Tarde o temprano hubo que subir hasta su duro pecho de piedra. La foto es cortesía de Isabel (Isamari) López Sánchez/2003.

Por entonces era muy fácil pasar de un país a otro. Ni los Guardias Civiles españoles ni los gendarmes marroquíes, que solíamos ver como lugareños con una gorra, ponían graves impedimentos. Lo normal era que el responsable del grupo de chavales –recuerdo a Babíl Coiduras en algunas ocasiones– saludara con seriedad y respeto al pasar junto al cobertizo donde debía estar el gendarme (que no siempre estaba), como para dar por sentado que uno aceptaba la autoridad, y comentar que íbamos de excursión, sólo eso era suficiente. Seguíamos la vieja carretera que debieron usar los camiones que transportaban mineral de manganeso desde una mina situada en la ladera de la Mujer Muerta, los transportes de la ballenera y los del viejo cuartel español de Ras el Aiun. En los años 60 hacía décadas que esa carretera estaba abandonada y sin mantenimiento.

En la arena reposaban las barcas que daban nombre a la playa. La pesca era la actividad que mantenía a aquellas gentes y no les debía ir mal porque la riqueza de la mar parecía notable. El fondo era totalmente arenoso, sin rocas ni bosques de algas. Y detrás de cada uno de los pequeños obstáculos del fondo (piedras, latas, cerámicas) inevitablemente se escondía un pulpo. Ese fondo tenía las condiciones perfectas para practicar la pesca del copo. Recuerdo que muchas veces, al atardecer, ayudábamos a los lugareños a sacarlo halando desde la orilla de los extremos de la red. El copo final siempre salía con una enorme cantidad de peces. Algunas niñas tomaron la costumbre de lavarse la cabeza en la orilla de esa playa porque decían que el pelo quedaba muy bien. Servidor lo hizo alguna vez. Entonces se usaban ampollas de plástico que contenían una dosis de champú de huevo. Espuma, poca, la verdad. Pero ciertamente, el pelo quedaba muy sedoso.

Elena y Cóico en la Playa de las Barcas (1968) Al fondo el acantilado de ras el Aiún. Foto cortesía de Elenita León.

Y recuerdo a un respetable anciano de largas y ralas barbas blancas, chilaba y turbante también blancos, que vigilaba las operaciones, pero no intervenía. Decían que era un santón, y fumaba con deleite una especie de tabaco verde en una larga pipa de pequeña cazoleta; con el tiempo comprendí que fumaba el tradicional Kiff. Planta que, sacada de su contexto cultural, solían fumar los legionarios (el kifi), pero entonces adquiría una estética y una consideración no tan respetables como lo eran con el señor de la chilaba blanca.

En uno de los extremos rocosos que cerraba la playa, había una piedra semisumergida, que sólo la bajamar descubría. Esa roca estaba tapizada de enormes mejillones; bichos que crecían en aguas cristalinas y no eran molestados por los lugareños. Pero Miguelín, mi padre, no era precisamente un lugareño y le entusiasmaban los mejillones, las lapas y los burgaillos, y cualquier cosa marina que creciera en la roca. Recuerdo una tarde que cogimos dos cubos de esos mejillones. Por entonces los cubos no eran de plástico, sino de zinc, y ahí mismo los hervimos con un poquito de agua del mar. A pesar de los años que han pasado, no recuerdo mejillones más ricos que ésos.

La Cueva de Calipso.

En la base de la pared rocosa paleozoica, donde terminaba la arena de la playa, había una cueva que los lugareños utilizaban para guardar dos pateras. Elena León recuerda que alguno de sus mayores —tuvo que ser su hermano Chiqui, seguro— le relató que en esa gruta habitó la ninfa Calipso, la que cautivó a Ulises durante siete años y le impidió regresar a Ítaca, junto a Penélope, su amada esposa [1]. Sin duda, las costas del Estrecho, las que sostienen las míticas Columnas de Hércules, que cierran el mar Mediterráneo y que en la mitología griega era el extremo del mundo, siempre han tenido un halo de misterio.

Pero entonces la cueva que Elenita llamaba de Calipso, además de almacén para dos pateras, tenía un uso menos mítico y más prosaico: se había convertido en el retrete del personal. Y durante mucho tiempo la cueva de la playa de las Barcas fue sólo eso. Pero alguien informó que no habíamos visto nada, que existían muchos metros de cueva inexplorada, y que entrar era una experiencia inolvidable. Por tanto, hubo que entrar.

Efectivamente, en el fondo de la espaciosa sala, a ras de suelo se abría un angosto pasadizo. La oscuridad era absoluta, pero eso no suponía ningún inconveniente, no hay nada mejor para activar la imaginación que tener unas ganas locas de hacer algo, y las teníamos. Para iluminarnos usamos tiras de suelas de alpargatas de caucho negro, que ardían con una llama constante, lenta y muy luminosa. Cada chaval (Cóico, Paquito Inniagaraga, Rafalito Carrasco, Pepito Lorente, Antonio Sedano, Rivilla, Morant, etc.) llevaba una tea de éstas y duraban muchísimo.

José Carlos Varea, Paquito Inniagaraga y Morant en la entrada a la Cueva de Calipso, Playa de las Barcas, Marruecos, 1968. Foto cortesía de Luis H. De Loma.

El pasadizo era angosto y horizontal. Había que reptar unos tres metros hasta que se estrechaba aún más porque desde el suelo crecía una protuberancia que casi lo obturaba del todo. Más adelante el techo tomaba altura, pero seguía siendo muy estrecho. Se podía estar de pie, pero se progresaba encajonado entre paredes que apenas dejaba espacio entre pecho y espalda. Cóico, que era un chico de poderosa anatomía, recordaba que en ese estrecho pasadizo sufrió una crisis de claustrofobia que casi le impidió respirar. En ese trozo el suelo se convertía en una fractura de manera que había que andar sobre una superficie inclinada, y a la altura de la espinilla topabas con la otra parte de la fractura, que si la montaña decidía en ese momento regresar a su estado anterior se cerraría sobre tus piernas como una cizalla y te quedarías sin patitas. ¡Servidor recuerda perfectamente que siempre pensaba tal posibilidad!

Y así proseguía unos diez metros hasta llegar a una sala algo más amplia, de suelo horizontal, en la que cabíamos los cinco o seis chavales. Paquito Inniagaraga recuerda que en esta sala debió ser donde Cóico –seguro que recuperado ya de su crisis– se abrazó a una estalactita e hizo fuerza apoyándose contra la pared hasta que la quebró. Luego, cuando salimos, la dejamos abandonada en la arena; es decir, una de esas cosas que tardan miles de años en formarse, de esas cosas que precisamente hacen única cada cueva, simplemente la rompimos en un periquete porque nadie tenía conciencia del respeto que merece la naturaleza. Por entonces nadie había leído la carta del jefe Seattle al Gran Jefe Blanco; ni el club de Roma había señalado la limitación de los recursos. El planeta y todo su contenido estaban para depredarlo, era lo que habíamos visto toda la vida en las películas de Tarzán. No teníamos conciencia de lo frágil que sería todo unos años más tarde.

Manolito Señor recuerda que en esta sala había tres estalactitas que miradas de cierta forma parecían reyes con cierta majestad. De ahí que a la gruta también se la llamara Cueva de los Reyes. Ese lugar de la cueva fue el final de mi exploración desde que uno de nosotros se atoró en el agujero que se abría en un extremo de esa sala. Era un pozo en el suelo, de escaso diámetro. El primero en pasar, no recuerdo quién fue el insensato, tuvo que meter primero un brazo, dejar la cabeza y el otro brazo fuera y entonces expulsar todo el aire; sólo así consiguió atravesarlo. El segundo, desgraciadito mío, se atoró. Y allí estuvo un rato peleando por salir. Imagino la angustia del chico que estaba en el fondo, sin posibilidad de escapar y con la tea de suela de alpargata consumiéndose. Ninguno más lo intentó… hoy día, sólo de pensarlo sufre servidor ataques de claustrofobia.

Cap. XIHoja de piedra

 

[1] En la Odisea, Homero relata que Zeus envió un rayo que partió el barco de Ulises por la mitad. Se ahogaron todos sus hombres, excepto el héroe, que agarrado a un madero logró alcanzar la isla de Ogigia. La isla existía en el confín del mundo –muy bien podrían ser en las inmediaciones de las Columnas de Hércules–, y la ninfa Calipso vivía en una cueva cuya entrada estaba camuflada por una parra, junto a una pradera de perejil y lirios. Cuatro riachuelos regaban la pradera y en los alrededores crecían bosquecillos de olmos, chopos, álamos y cipreses. Calipso, enamorada de Ulises, lo retuvo durante siete años y le prometió, a cambio de su fidelidad, la inmortalidad y la eterna juventud. Pero el hombre añoraba a Penélope, su bella esposa, y a su hijo Telémaco, que lo esperaban en Ítaca. Finalmente Zeus le envió una balsa, se marchó de Ogigia y los feacios –personajes a medio camino entre dioses y hombres– lo cubrieron de regalos y tesoros y lo llevaron en barco a Ítaca… pero es más bonito leerse entera la Odisea.  

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