La otra escuela

Con los maestros aprendíamos los contenidos de la enciclopedia Álvarez, los rezos más corrientes (el Padrenuestro, el Credo, el Diostesalve) y el catecismo de la iglesia católica. Eso no era complicado, consistía en leer un ratito y más o menos uno iba saliendo del paso. Más emocionante era investigar y sobrevivir a las relaciones humanas que se planteaban fuera de la escuela, en la calle, en el mundo real donde mayores y niños entraban en fricción; donde los propios niños buscábamos (sin saberlo, por supuesto) un lugar en la manada de cachorros humanos. Conquistar tu espacio era apasionante, emocionante y, a veces complicado y duro.

Nada es inmutable. Nada evoluciona desde la comodidad conquista-da por los mayores o desde una política acomodaticia y estable. Todos los posibles aspectos de la vida, la ciencia, las costumbres, lo tolerable, la moral aceptada, la visión de lo ético… la sociedad, en suma, avanza por los extremos. Cada nueva generación entabla su propia batalla, y vence. En la exploración de esos extremos, que son los límites de lo permitido, siempre han estado los niños de una forma inconsciente, y sobre todo, los jóvenes con su inconformismo y su demoledora visión crítica. Exactamente como siempre ha sido y será.

Entonces, para los niños de los años 60, el mundo era un lugar lleno reglas que hacían los mayores para poder convivir en orden y concierto, y ya puestos para que los niños molestáramos lo menos posible. Eran momentos conservadores e intransigentes. Práctica-mente, cada aspecto del comportamiento estaba sujeto a una estética y forma determinadas. La mayoría de las veces uno no entendía bien las razones y, por ejemplo, había que encorsetarse el traje de los domingos y ponerse los zapatos nuevos (los que dolían) para ir a misa de doce, cuando lo cómodo sería usar pantalones parcheados en el culo y las zapatillas viejas. Y al conjunto de reglas había que sumar las prohibiciones, a cuál más atractiva. Parte de la vida consistía, por tanto, en investigar cuales eran los límites, es decir, en buscar por dónde se podían transgredir las reglas y las prohibiciones. Y encontrado el límite, pasarlo. Exactamente lo que han hecho los niños en todas las épocas, sólo que nosotros, los niños de los años 60 que vivimos en Villajovita sabíamos cuáles eran las reglas, las prohibiciones y lo que estaba bien o mal.

Cóico.

Y eso hicimos el día que nos conocimos Cóico (José María Coiduras) y yo. La familia Coiduras[1]había llegado a Villajovita procedente de Canarias y San Fernando a mitad de los años 60. Los mayores eran Babíl y Celsa –una chica muy dulce–, que colaboraron estrechamente con el padre Béjar en las catequesis. Cóico, el de nuestra edad, conectó muy bien con el grupito formado por Chechita, Paco Inniagaraga, Pepito Lorente y servidor. En realidad conectó muy bien con todo el mundo y no se recuerda que tuviera enemigos. Era un chico atlético y poderoso, muy independiente y muy leal. Muy pronto comenzó a practicar piragüismo en el CAS (club de Actividades Submarinas y Marítimo deportivas) con Chechita, José Ramón López Díaz–Flor y José Carlos Rivilla. Y en muy poco tiempo estos cuatro chicos desarrollaron unos corpachones de envidia. Pepito Lorente recuerda que cuando llegó el verano correspondiente, un día bajó a la playa José Carlos Varea, uno de los neófitos del piragüismo, que hasta entonces había sido un chico normal, más bien tirando a endeblito, y dice Pepito que cuando ese niño se quitó la camiseta “empezó a salir espalda, y venga salir espalda, y venga salir espalda… que me quedé asombrado con la mierda del niño”. Cuando estos chicos empezaron con el piragüismo era Cóico el más poderoso, y se llevaba de calle a todos ellos. Y en este punto conviene recordar que José Ramón Díaz–Flor perseveró en estos menesteres y llegó a ser medalla de plata en los juegos Olímpicos de Montreal 1976[2]. ¿A saber qué habría conseguido Cóico?

Cuando pasó el tiempo y ya teníamos una amistad consolidada me confesó que el día que nos conocimos le llamé la atención por lo feo que era y por lo que hice. Según recordaba Cóico, nos vimos por primera vez un domingo después de misa de 12. Tal y como estábamos, vestidos de domingo, con nuestras mejores galas (creo recordar que, entre otros, estaban Alfonsito el huevo, Jesús Díaz Susi, Rafalito Carrasco y Antonio Sedano), nos marchamos a dar un paseo por las huertas que se cultivaban junto al arroyo Benítez. Esa zona de Ceuta estaba entonces llena de granados cuajados de frutos en su punto, debía estar avanzado el mes de octubre. No se veía a nadie y, en consecuencia, uno de los chicos propuso que robáramos unas cuantas granadas. ¿Para qué estaban allí y quién se iba a enterar? Cóico recordaba que yo me opuse. Y aún más cuando el chico insistió, de forma que entablamos una discusión a gritos: el otro chico quería que atacáramos a las granadas y yo quería que las dejáramos en paz. Y mire usted por donde, el dueño de la huerta nos había visto llegar, y estaba agazapado y dispuesto a intervenir al menor intento de ataque por nuestra parte. Porque lo esperable y normal era que ese grupo de niños depredara sin piedad sus granadas, y lo normal en los años 60 era que el dueño de la huerta nos apedreara sin miramientos, que esas modernidades de los derechos del niño y todos los cuidados para evitarles un trauma son cosas de estos tiempos, que entonces no existían tantos cuidados; dicho de otra forma, si el dueño alcanza a alguno robando granadas en su propiedad, le pega un par de guantazos y se queda tan pancho, y el padre del niño hasta le palmea la espalda. Era la misma corresponsabilidad que existía entre padre y maestro. Pero ese día, el hortelano se debió quedar de piedra: estaba asistiendo a un debate moral sin precedentes. Así que salió de su escondite y en lugar de abroncarnos por entrar sin permiso en la huerta, nos regaló un montón de granadas. ¡Fue su premio al comportamiento que tuvimos! Este era el primer recuerdo que Cóico tenía de mí, unas granadas conquistadas con honradez. Se ve que estuvo en el lugar y momento oportunos y únicos ¡porque esta cosa no se repitió jamás!

Pero eso no era lo normal. Lo nuestro era una investigación solapada de acción / reacción. ¿Qué pasa si entramos en la huerta y damos un paseo? ¿Y si cortamos unas cañas para hacer canutos? ¿Y si robamos unas uvas? ¿Y si pisoteamos las cebollas? Al final se encontraba el límite y la reacción de José nos hacía salir corriendo porque parecía que nos iba a matar… y la recompensa que obteníamos –porque sin la expectativa de una recompensa satisfactoria nada se inicia– era la inyección de adrenalina que nos inundaba el organismo. Es decir, era emocionante provocar, y la respuesta nos proporcionaba una sensación vitalista que nos recorría el cuerpo en oleadas. El problema de esto era que algunos niños no tenían conciencia de culpa y quedaban totalmente enganchados a este gusto o coqueteo con el peligro, y cada vez querían más. Esos eran los más osados, los que proponían peores fechorías y los que conquistaban un status más asentado en el grupo de niños.

La Calle.

No todo consistía en hacer fechorías abiertamente. A veces la búsqueda de la autoestima y el reconocimiento de los demás niños se hacía en los asuntos que uno dominaba mejor. No todos podíamos competir en las mismas parcelas que Pepito Acosta, Pepe Anita, Pitoño, Yaye, Juanlu, etc., que lo hacían siendo más osado que nadie, o jugando muy bien al fútbol, o enseñando ajedrez. A veces uno buscaba destacar en campos que parecían más civilizados (organizador de festivales, escritor de obras de teatro, actor, experto en música, buen jugador de maquinitas, manipulador de maquinitas, constructor de cohetes, buscador de huesos, buen nadador, que aguanta más de tres minutos debajo del agua, etc.) Posiblemente estos comportamientos tendrían que ver con la búsqueda de la identidad propia, como individuo y como miembro de un grupo. En ambos casos era preciso transgredir los límites que nos imponían los mayores porque, en la mayoría de las situaciones, sólo por oposición a ellos teníamos garantizada nuestra identidad individual, la autoestima y la estima de los miembros de la manada de cachorros humanos, y con esto alcanzar el liderazgo en alguna parcelita de la pequeña tribu… pero estas son cosas de libros de psicología que entonces era una palabra que ni existía en nuestro vocabulario.

Si la escuela de los maestros –la de balde, o la que costaba dinero a nuestros padres– trataba por todos los medios de igualarnos en conocimientos y comportamientos (y a veces hasta en la forma de vestir), la otra escuela, la de la calle, nos enseñó que no es bueno estar solos. Nos enseñó precisamente a ser distintos y a forjar nuestra propia leyenda. Una leyenda contrastada y creíble que nos proporcionaba un lugar entre iguales. En la calle aprendimos que somos más cercanos a lobos que a borregos. Es decir, más parecidos a animales gregarios, que se desarrollan mejor en pequeños grupos de cooperadores, donde cada miembro ha conquistado un status, que a dóciles miembros de un rebaño. Tal vez ese fuera el meollo de la cuestión, la cuestión central, lo que había que aprender en ese momento –más adelante la vida nos enseñaría el valor de la individualidad–. Y eso fue posible porque la calle existía en los años 60 del siglo XX en otro concepto. Luego, cuando se transformó en simple vía pública y hubo que inventar la seguridad vial, murió su magia y la posibilidad de desarrollar en ella una relación humana espontánea, libre y sin tutelas.

San Juan de Dios en procesión, 8 de marzo, día del patrón. Delante: Sebastián y Antonio Gómez Picaso. Detrás: Luis H. de Loma y Melero. Recuerda Mariquitaque en un festival vistieron a Sebastián solo con calcetines y un bidón (se supone que debajo tendría calzoncillos) Representaba a un jugador que lo había perdido todo. Foto cortesía de Luis.
Siniestro de cuna…Cap. VIICap. VIII

 

[1] Los Coiduras Martínez eran Babil, Celsa, José María (Cóico), Jesús (Chus) y Maricarmen (Maika), hijos de Babil y Celsa.  

 

[2] José Ramón López Díaz–Flor formó parte del mítico equipo de piragüismo K4 (Herminio Menéndez, Celorrio, Misioné y Díaz Flor) que conquistó la medalla de plata en los mil metros, Montreal 1976. Por 26 milésimas los rusos se llevaron el oro. Nunca jamás se logró un equipo como ese en la dificilísima disciplina de coordinar la potencia de cuatro titanes. José Ramón es un merecido campeón y un complejo deportivo lleva su nombre en Ceuta.  

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