La manzana de Pepe ‘Anita’

A continuación de los garajes de Fernando estaba la última manzana de casas del barrio en 1960. Era una notable manzana de casas bajas. El empedrado de la calle se terminaba justo delante de la casa de la familia Carracao Gutiérrez. Pepe era el pequeño y único niño de esa familia. Le decíamos Pepe Anita porque Anita es su madre, y era una buena forma de distinguirlo de otros Pepitos. Anita y don José Carracao Viaga, empleado de Ybarrola –empresa de combustibles que daba trabajo a muchos de nuestros mayores– eran viejos pobladores del barrio. Andrés Gómez, yerno de don José, decía de él que era el último caballero, una persona buena y generosa que pasó toda su vida tratando de localizar a sus padres, emigrados a Nueva York cuando él era muy pequeño.

Le seguía la casa de Estebita Paparrillas y su hermanita Mariceli. Eran hijos de Angelita y Pascual, ambos pertenecían al clan de los Sánchez, muy numerosos en el barrio. Pascual era guardia urbano y zapatero remendón. En la cocina de su casa se sentaba en una silla bajita rodeado de zapatos de cuero, betún, una cuchilla de hoja curva que cortaba que daba miedo, un martillo de cabeza ancha y tachuelas. Pascual está ligado al olor del cuero y al betún. Casi todos nuestros padres o madres tenían dos o más ocupaciones para poder llegar a fin de mes. Era el final de la oscura posguerra y los años previos al “milagroso despegue económico español” de los 60. En Villajovita éramos gente humilde y trabajadora. No recuerdo penurias económicas entre las familias de mis amigos, o no las había o los niños estábamos al margen de ellas… o, simplemente, los niños de entonces por poco que tuviéramos, lo teníamos todo porque no nos hacía falta nada más, y tal vez fuera así porque nadie nos dictaba qué era lo necesario.

Lo de paparrillas venía por los mofletes que presentaba el bueno de Esteban. Pepe Anita recuerda que servidor y él mismo le hacíamos rabiar tocándoselas mientras imitábamos una frase que el pobre Esteban había dicho una vez para congraciarse con los mayores y, de paso, hundirnos a nosotros en la miseria. Decíamos: “Yo no me subo a la mesa porque me caigo”. Lo cual significaba que el Anita y servidor habríamos estado haciendo el cafre de la mesa al suelo y viceversa. Así que Paparrillas tuvo que soportar durante años aquella letanía que le decíamos con mucho énfasis, lentitud exasperante y poniendo carita de niño repelente… Bueno, hoy dice que no nos guarda rencor. ¡Faltaría más!

El balón de reglamentoII. El barrio en 1960La bici de Antoñito
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