La escalera de los Trejo

Nadie supo quien había horadado la muralla merinida por dos lugares. Posiblemente las puertas tenían muchos años de existencia. Servían para evitar un largo rodeo. Una de ellas estaba junto a la casa de Paquito Díaz Inniagaraga, allí donde la calle “I” (Lope de Vega) perdía la dignidad y se convertía en descampado. Esa puerta nos permitía abandonar el barrio y acceder al otro lado, donde más adelante construyeron la barriada Pedro Lamata. Por entonces, al principio de los años 60, detrás de la Muralla había casitas y huertos familiares separados por las enredaderas que nos proporcionaban tronquitos de sidra para fumar (más adelante veremos qué era esto) A esas familias normalmente no les llegaba el agua y solían llenar sus cubos al otro lado, en Villajovita. Por ese camino íbamos hasta los cines de Hadú (Astoria y Terramar con sus terrazas en verano) y volvíamos de noche con cierto temor por la oscuridad.

La otra puerta que atravesaba la Muralla estaba al principio de la misma calle, a la altura de la casa de doña Josefa Ramírez Cepero, la abuela de los hermanitos Sentís. Pero al otro lado, en el antiguo afrag medieval, estaba el cuartel del Regimiento Mixto de Artillería Nº 30, es decir, no era camino para ningún sitio. Y justo frente a ese paso, dentro del cuartel, había un bloque de pabellones militares ocupado por familias que usaban la puerta de la Muralla para comunicarse con el mundo exterior. La alternativa que tenían era atravesar todo el cuartel y salir por la Avenida del Ejército Español… y hay que explicar que el cuartel era grande. Era muy grande, y para atravesarlo a pie había que emplear un tiempo. Por tanto, los civiles que vivían en ese bloque usaron durante años la puerta de doña Josefa para comunicarse con el mundo exterior y usar los servicios del barrio que tenían detrás de la Muralla, a escasos diez metros (tiendas de comestibles, la placilla, droguería, mercería, venta de leche, etcétera). Gracias a la puerta permanecían desvinculados de la servidumbre cuartelera.

Cumpleaños de Isamari López Sánchez. Desde la izq. Juanito Jurado, Reme (chupándose el dedo) y Angeli Acosta, el bebé, Isamari, y detrás Maribel Melgar, Mati, Aquilino, Jesús Damián con su galleta, y Estebita con la mano en el bolsillo. Foto cortesía de Aquilino/1958

Pero un buen día, de la noche a la mañana, alguien decidió clausurarla porque no era buena cosa para la seguridad de un cuartel. Los soldados la tapiaron, sin el menor respeto a sus años ni a su historia, con cemento y ladrillos. Los vecinos perdieron la posibilidad de llegar a Villajovita y se vieron obligados a entrar y salir de su casa atravesando el regimiento.

Recuerda Rosi Sentís que la familia Trejo no se resignó porque, entre otras cosas, Puri, la hija del matrimonio, ya estudiaba magisterio y estaba en edad de merecer, y si esa chiquilla tuviese que atravesar el cuartel, a todo lo largo y ancho, cada mañana, mediodía, tarde y noche, con la caterva de soldados reclutas, incontrolados machos ibéricos, hombres asilvestrados por el hacinamiento masculino, supurantes de testosterona a pesar de las dosis de bromuro potásico con que sazonaban el rancho, en un tiempo en que el requiebro galante se había convertido en soez reclamo, la pobre chiquilla bien podría haber quedado algo tarada y asustada de por vida.

Cumpleaños de Aquilino Melgar, 1959. De pie: Estebita, Toñi, Leonor, Isamari, Angeli, Mariemi, Esperanza, Mariceli y Conchi. Sentados: Reme, Aquilino; Mariquita, Maribel, Rafa Carrasco y Juan A. Mancilla… Foto cortesía de Aquilino

No, de ninguna manera. La familia Trejo, por amor a su hija, no atravesaría el cuartel. Por muy cerrada que el capitán de la compañía hubiera dejado la puerta de doña Josefa, los Trejo pasarían por Villajovita.

Una simple escalera con peldaños de madera les sirvió para alcanzar el borde de la muralla merinida, que, afortunadamente, en ese punto era bastante más baja. Una vez en el borde, la familia Trejo usó otra escalera para bajar hasta el patio de doña Josefa. Sin duda, por esos años, la cercanía entre vecinos no sólo era física, era real y emocional, y la solidaridad sentida de corazón. Doña Josefa no tuvo ningún inconveniente en ceder ese derecho de paso a la familia Trejo, aunque eso significara convertir su patio en un pasillo a cualquier hora del día o de la noche.

La que encontró más problemas con el invento de las escaleras fue la señora Trejo, que tenía un corralito de gallinas junto al pabellón, dentro del cuartel, y vendía los huevos en Villajovita. Para ella, subir y bajar las escaleras con su canasto era algo complicadillo, así que mejoraron ligeramente el procedimiento. Pidieron el mismo favor a la familia Maqueda, vecinos de doña Josefa, porque su azotea estaba a la altura del borde de la Muralla. De ese modo evitaban la segunda escalera… aunque esta vez el derecho de paso suponía atravesar la casa por la cocina y el saloncito. La familia Trejo lo estuvo haciendo durante años. Sin ningún problema. Los Maqueda propiciaron que Matías y Puri Trejo terminaran magisterio a resguardo de soldados, requiebros y miradas lascivas. Y fue posible porque en ese tiempo los vecinos no sólo eran las personas que vivían en la casa contigua; podían llegar a ser los mejores amigos, incluso parte de la familia. Eran las personas con las que compartías la vida, fuese buena o mala. La vida de casi todas nuestras madres discurría en casa y en el pequeño trocito de calle que les tocaba barrer y fregar. La convivencia era intensa y más valía llevarse bien…

La pedrada de Marco AntonioII. El barrio en los 60Perdigonazo al niño de Rafi

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