Introducción y agradecimientos

Uno a uno, todos somos mortales; juntos, somos eternos.

Quevedo

Nadie es mejor por haber nacido o vivido en un lugar. El que crea eso debería viajar más y escuchar a más gente. Al fin y al cabo, nacer y vivir la niñez en un espacio físico es un accidente. Sólo somos mejores personas en la percepción de los otros, no en nuestro concepto. A lo sumo seremos más afortunados por haber nacido o crecido en un lugar, pero no mejores, ni merecedores de otros derechos… Y Villajovita, un minúsculo barrio de una pequeña ciudad como Ceuta, en el norte de África, en los años 60 del siglo XX, fue un lugar afortunado.

La tierra de la niñez siempre es especial porque tiende a ser el rasero para valorar el resto del mundo. En Villajovita aprendimos a conocerlo. El norte está hacia Gibraltar, el Sol sale por el Hacho y se pone por el oeste, por Tarifa; y el Sur queda por ahí detrás. Para muchos esta sigue siendo la referencia válida: estemos donde estemos, miramos al norte buscando Gibraltar… Tal vez la geografía nos haya marcado para siempre y lo inalcanzable, las aspiraciones y la seguridad se encuentran en el norte, exactamente lo mismo que para el continente que nos observa desde ahí detrás.

En Villajovita vivimos los primeros momentos que nos acercan al ser humano. Supimos lo valioso que es un amigo, sobre todo si era grandote como Morant; experimentamos las ganas de rendir a un enemigo, cuando la enemistad duraba veinte minutos; la complicidad de las primeras miradas de amor, furtivas y tiernas; los primeros roces, mano con mano, antes de confesar el horrible pecado; la primera pasión incomprensible, inevitable y pecadora o liberadora, según los casos; las primeras decepciones amorosas… Y lo que ocurría en ese barrio también pasaba en cualquier otro lugar de Ceuta. Nuestros padres, los maestros y los curas del barrio nos enseñaron los límites del bien y del mal, las normas para vivir en comunidad y su estrecho camino de santidad. En esas calles, empedradas o embarradas de Villajovita, aprendimos los rudimentos de lo que después fuimos, en sintonía o en oposición con lo aprendido, que de todo hay, y todo podría ser válido.

Cada hombre es la consecuencia de multitud de factores. Y aún sin ser conscientes de ello, los niños que vivimos en Villajovita en los años 60 del siglo XX, a pesar de la diáspora y la vida divergente, compartimos ese factor común que teníamos olvidado. La realidad inmediata de cada día solapa por completo el recuerdo de hace cuarenta años. Sin embargo, una vez abierto el cajón de las evocaciones, cuando hemos comprobado que atesoramos una complicidad propia y un recuerdo compartido, nos ha sorprendido la cercanía que sentimos unos con otros. Por eso estas páginas.

Nada dura eternamente. Aquellos niños de Villajovita y alrededores, que conservan una memoria común y que llegaron a sentirse miembros de una pequeña tribu, llegado el momento, se desperdigaron. Fue la edad la que nos impulsó a buscar horizontes más amplios. Y poco después, la vida diaria, con sus experiencias enriquecedoras o frustrantes, sepultó el pasado hasta convertirlo en las raíces que no se ven y que, aparentemente, cuentan para muy poco… pero si hemos sido pasto, arbustos o árboles también se lo debemos a las raíces que nos sujetan desde la niñez.


Recordaremos cómo vivíamos, y también algo de lo vivido en la década de los 60 con algunos niños de Villajovita. Y lo haremos sabiendo que no descubrimos nada nuevo, porque el mundo repite y ensaya las mismas experiencias una y otra vez, sólo que entonces ocurrían más despacio que ahora, y las diferencias entre una generación y la siguiente eran mínimas. La memoria de cada uno de esos niños se solapa con la de otros y se desvanece conforme se aleja de nosotros. En estas páginas hablaremos de la memoria compartida de algunos de ellos, no podrán ser todos y me disculpo ahora por las omisiones involuntarias que cometeré. Todas las situaciones y personas que se citan son reales –sólo en dos ocasiones hemos cambiado nombres por expreso deseo de los interesados–. Cuando evocamos los hechos de hace cuarenta años, no podemos evitar interpretarlos en función de la vida que nos pasó por encima, los filtramos a través de la ideología y de las creencias que hoy tenemos. Y así, el tiempo amortigua las aristas del recuerdo, lo pule y nos lo ofrece amable. Por tanto, cuando nombremos al malvado Zetanito, o digamos que fulanita despertaba ansiedad, lo haremos desde un entrañable cariño. Todos y cada uno fuimos importantes. ¡Que nadie se enfade!


Este trabajo no es fruto de sesudas investigaciones archivísticas, sólo es una consecuencia de la memoria común. Por eso tengo que agradecer a muchos de esos niños de Villajovita –cincuentones hoy– los recuerdos que me han prestado para poder entramar este libro, y espero haber sido fiel a sus relatos, cosa que no siempre es fácil porque a menudo el tiempo nos juega malas pasadas.

José Carracao, tan grandote y tan noble –y hombre de teléfono fácil–, ha sido fundamental para difundir a golpe de voz y de emoción las primeras imágenes que se colgaron en Internet. Aquilino Melgar (¡con lo chiquitillo que era el niño!) resultó ser la pieza clave para poder componer esta historia porque gracias a su web, y al foro virtual, recuperamos la cercanía y la memoria común de este grupo de niños cincuentones. Mi especial gratitud a Paco Díaz Rosas, que recuperó multitud de datos, y nos ha hecho trabajar a destajo, siempre atento a la realidad del detalle y a los límites de lo correcto.

Agradezco los recuerdos y la ayuda de todos, especialmente a José Carlos Varea, César Mosteyrín, Rosi Sentís, Mª Ángeles Gómez Picaso, Maribel Melgar, Quica Barrientos, Matilde Acosta, Luis Hernández de Loma y Gregorio Basurco, que nos recordaron situaciones pequeñas y preciosas. Recuerdo especialmente al entusiasta César Rey, que es la imagen de mi niñez; y a Pepe Lorente, a quien he tenido muy presente y –sin él saberlo– me ha hecho cuidar mucho lo que escribía.

A nuestros mayores, doña Pepita Basurco, doña África Ponce, don Miguel Señor y don José Acosta les agradezco sus valiosos recuerdos. A Andrés Gómez Fernández le doy las gracias por sus historias y su experiencia. Quiero agradecer al padre Béjar que lo siga intentando con un servidor. A todos los niños/as de Villajovita agradezco que me hayáis dejado sacaros en estas hojas, y especialmente a Pepe Acosta, por permitirme mantener las bromas que le dedico.

Hacer este libro me ha permitido reencontrar a mis niñas inalcanza-bles (Maribel Melgar, Isamari López, Angeli Acosta, Chari y Maricarmen Lara, Bebe y Anamari Valverde, Elena León, Mª Ángeles Gómez Picaso y algunas más) que me han enseñado, por fin, qué puñetas pasaba por sus cabecitas. Debo un recuerdo cariñoso a los amigos que se han prestado a ser burros patrones[1], entre ellos a Carlos Bernal y Lucía Revert, que son entrañables amigos y, por tanto, pésimos burros patrones, la verdad sea dicha. A Agustín González Morales –mi maestro lexicógrafo particular– le agradezco las correcciones y el ánimo que me entregó cuando leyó el borrador… a pesar de ser mi jefe en lo profesional. También recuerdo a Mª Amparo Ruiz Alcañíz, porque nos entendimos desde la primera palabra que intercambiamos; y a Javier Bernal Revert que me regaló un precioso colofón. Por último, a la Bala, mi compi, le debo el tiempo, la esencia de este libro… tal vez lo más valioso que nos queda. Gracias a todos, os debo mucho.


Pues eso, trataremos de recuperar la pequeña parcela que es común, y esa forma de vivir que tuvimos en Villajovita los niños de los años 60 –que difiere muy poco de lo que pasaba en otros lugares de Ceuta–. Un tiempo que comenzó en la posguerra y finalizó en la modernidad. Una forma de vivir que se extinguió delante de nuestros ojos.

Milan

INDICE

 

[1] Los ‘burros patrones’, dicho sea con todo el respeto, son los amigos ajenos a las historias que se cuentan en este libro, que deberían haber sido implacables en la corrección de los borradores.

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