Germen de teatro

A principios de los 60, la tradición dramática en Villajovita era vieja. En el escenario del viejo Cine Rex ya se habían representado algunas obras de teatro con un plantel de actores y colaboradores que surgía del propio vecindario. Por eso, cuando se fundó el Casino, el 12 de octubre de 1963, la tradición teatral se vertebró como una de las actividades fundamentales que apoyaron las distintas directivas. Alfonso el guardia, uno de los socios fundadores, solía ser el abanderado y director de los asuntos teatrales del Casino. Que Alfonso se dedicara a estos menesteres era, para algunos niños, algo insospechado porque desde pequeñitos le percibimos como hombre de poca sensibilidad, sólo veíamos su uniforme, su autoridad y que nos quitaba las lastiqueras. Estuvimos muy equivocados con él.

Los actores y los colaboradores en estas tareas, todos con una notable afición, eran los propios vecinos del barrio[1]. Trabajos que organizaban y gestionaban ellos mismos por puro amor al arte, nunca mejor dicho. Los Basurco, tía y sobrino –doña Pepita y Gregorio– fueron de los más apasionados y, de una forma u otra, siempre estuvieron implicados en las representaciones que se preparaban. Cuenta Gregorio que su afición por este arte le viene de lejos y recuerda que aprendió a leer para poder participar en una obra.

El Faro de Ceuta, 21 de Enero de 1968. Pepita y Gregorio Basurco fueron los padres achacosos. Salvador Ruiz Borín, Aurelia León, (…) y Pepi Sedano los hijos.

A lo largo de los años, las compañías que se formaron, llegaron a representar numerosas obras[2]. Estrenaron Las tres coronas, una obra juvenil de don Juan Díaz, inolvidable profesor del instituto[3]. En La herida luminosa, Juanjo León Molina interpretaba el papel de sacerdote, y hacía tan buen trabajo que ese año le ficharon para representar en la puerta de la catedral El Gran Teatro del Mundo, el auto sacramental de Calderón de la Barca. En el sainete de los hermanos Quintero, Sangre Gorda, Gregorio Basurco bordaba el papel protagonista con la pinta de cachazudo que tenía.

Poderoso cuadro de actores dirigidos por Alfonso el guardia (¡quien lo diría!) Habían representado Anacleto se confiesa. Carlos Luna, Alfonso el guardia, Alfonsito, Pepita Basurco, Chirri, Pepito Lorente, etc. La foto es cortesía de Pepito Lorente.

Para algunos niños, jovencitos más tarde, el gusanillo por el teatro había nacido muy pronto. Mariquita Gómez Picaso recuerda que uno de los juegos más apasionantes que disfrutaban las niñas era hacer teatros en el sótano de la casa de Elenita León, que estaba a continuación del huerto de Asensio. Ellas, por sí solas, debieron descubrir lo fascinante y embaucador que es tomar prestada y ejercer la personalidad de otros. No recuerda Mariquita que llegaran a representar una obra completa, pero les entusiasmaba disfrazarse y ejercer de malvada mujer o sumisa pordiosera.

Ese germen de teatro tuvo terreno fértil en el entorno de doña Maruja Cabillas, una entusiasta del teatro que encauzó a muchas niñas de entonces. Mª Carmen López Peña, una morena simpatiquísima que vivía por Benítez, recuerda que ensayaban en el salón de la casa de Maruja y que llegaron a representar La Verbena de la Paloma, con la dificultad que entrañaba ese tipo de teatro. Y ese placer se encauzó también bajo el amparo del salón parroquial del padre Béjar. Las pequeñas obras de teatro leído o actuado, que se hicieron allí, en los festivales, sirvieron para despertar un interés valiosísimo en la formación personal de cada uno. Unos encontraron su mejor sitio como organizadores, otros construyendo el escenario, otros preparando los textos y las reproducciones, otros eran los directores o actores. No olvidemos que el teatro era entonces casi la única fuente para que un joven pudiera vislumbrar la existencia de crítica social –aunque eso ocurrió mejor en el ámbito de las clases de literatura de don Cecilio Alonso, en el instituto–. Y fuera de la parroquia, una vez en el Casino, se desarrolló y tomó intensidad y seriedad. Pepe Lorente, que ya demostrara buenas dotes de organización en el salón parroquial, aquí descubrió un potencial creativo y escribió y dirigió algunas obras.

La Contrata. De izquierda a derecha: Pedro Rey, Aurelia León, Afriquita Caballero, Mati Acosta (que hacía de Sandy Show y cantaba descalza), Pepi Sedano, Josman y Gregorio Basurco. Foto cortesía de Mª Ángeles G. Picaso.

Tafira surumquibá, y otras pifias.

Pero no todos fueron buenos actores. Voluntad no les faltó, pero algunos fueron un desastre, es la verdad. Pepito Carracao recuerda a un chico que vivía en la Colonia Weil que tenía una voluntad férrea y no faltaba a ningún ensayo. Era una obra sobre moros y cristianos, y el voluntarioso chico ensayaba su única frase que consistía en decir con gran convicción: ¡Tarifa sucumbirá! Se entiende que quería decir que la resistencia del buen Guzmán, gobernador cristiano de la plaza, no podría evitar el avance sarraceno. Y cuando llegó el momento cumbre de su vida artística, cuando los latidos de su corazón irían a 120 por minuto, al pobre le salió todo al revés, y se encontró diciendo: ¡Tafira surumquibá! Que parece de película, pero fue cierto. Y Gregorio Basurco recuerda varias pifias monumentales. Una de ellas la cometió Rafael Calmaestra Zurita durante la representación de La herida luminosa. Tenía una frase facilita: “En esta mañana gris y fría…” y en cada ensayo, por mucho interés que pusiera, la decía mal. Hasta que llegó el día del estreno; Basurco, previendo lo que se avecinaba, se puso detrás del telón, a un metro del actor, para apuntarle la frase correcta. Pero ni por esas, el tío lo dijo al revés: “En esta mañana fris y gría…” Dicen que Gregorio no lo mató porque salía en la siguiente escena y tenía que prepararse.

Pues hubo otro actor de gran futuro –Paco Pino, en la obra de don Juan Díaz, Las Tres Coronas– que en lugar de declamar marcialmente: “¡A sus órdenes mi teniente, los caballos están preparados!”, soltó: “¡A sus órdenes mi caballo, los tenientes están preparados!”… Seguro que a todos estos no le desearon mucha mierda en el momento adecuado.

No sólo se hizo el teatro serio de los Quintero o Muñoz Seca, el escenario del Casino se nos ofrecía a las generaciones más jóvenes para desarrollar la creatividad que tuviéramos. Servidor recuerda que nos esforzábamos en escribir y desarrollar parodias de situaciones de lo más diversas y, encima, se nos permitía representarlas. En cierta ocasión Javi Román, que había aprendido a tocar el acordeón, acompañó el baile de un grupo de nuestras hermanitas (Mariceli, Marinieves, Agustinita y otras) que actuaron en una función de Maruja Cabillas, inolvidable, inquieta mujer y auténtica apasionada del teatro. Y, además, Inma Vianchi, una chica muy atractiva que vivía por la calle Ruiz de Alarcón, nos bailaba de vez en cuando La Danza del Fuego a los sones de la música de Albert Ketelby, En un mercado persa. Y lo hacía descalza, muy sensual y muy bien. Por ese motivo, aunque ella nunca lo supo, algunos le decíamos la Fuega.

Escenario del Casino de Villajovita, antigua pantalla del cine Rex. “Sangre gorda”, sainete de los Quintero, con Gregorio Basurco y la señora de Juan Checa como protagonistas. Foto cortesía de Gregorio Basurco.

Y, que se sepa, en una única ocasión el escenario del Casino sirvió para que Emilia, una maestra cordobesa que era la mujer de David Roecker, nos mostrara su arte. Este hombre era americano y vino al instituto de Ceuta como profesor de inglés. Había tenido una vida muy vivida. Cuentan –son recuerdos de Pepito Carracao– que anduvo trabajando por Vietnam, y que cuando leyó a García Lorca quedó tan fascinado que se vino zumbando a Granada para beber flamenco en la mejor fuente, y se hizo un flamencólogo de tanta enjundia que tenía muy claro que no debían consentirse desviaciones de la más pura esencia del flamenco. Para David, por ejemplo, los fandangos de Huelva que cantaba Luis Aguilera –uno de los encalaores del barrio– eran el paludismo del cante, algo que debía extinguirse. En recuerdos directos de Pepito Carracao, era un magnífico bebedor de fino de medio tapón: Fino Soto. Y también debía tener un cierto ramalazo carpetovetónico porque no le gustaba que su mujer prodigara su arte en público. Y era muy buena bailando y tocando las castañuelas. Esa única vez que se subió al escenario –en el bautizo de un sobrino de Pepito, hijo de Andrés y Feni– bailó por tientos, por soleá y bulerías de forma inmejorable.

Ensalada de lapas. Los BatatoCap. IVEl punto “G”

 

[1] Habría que citar a Alfonsito el huevo, Isidro Hurtado de Mendoza (Chirri), Anamari Valverde, Mari Lesmes, Carlos Luna, Viaga, Pepito Lorente, Marinieves Lesmes Cabillas, Coral y Sol Mosteyrín, Charles Renault, Salvador Ruiz (Borín), Manolo Melero, Pedro Rey, Carmen C. Zurita, Quica Sánchez, Juanele de la Puntilla, Aurelia León, Pepi Sedano, Matilde Acosta, José Manuel Alguacil (Josman), Rafael Calmaestra Zurita y algunos más.

 

[2] Algunas de ellas fueron: ‘Anacleto se divorcia’; ‘¡Qué bello es vivir!’; ‘Cosas de papá y mamá’; ‘¡Qué sólo me dejas!’; ‘Nosotros, ellas y el duende’; ‘La Muralla’; ‘¿Qué hacemos con los hijos?’; ‘La contrata’; ‘Los Chorros del oro’, etc.  

 

[3] Gregorio Basurco recuerda el cuadro de actores que representó esta obra: Paco Godino, Pepita Basurco, Alfonso el guardia, Miguel Torres, Ildefonso Álvarez Felip, Paco Pino y los niños Cristina Basurco y Salvador Ruiz Borín. El director fue Paco Rivas.  

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