Francisco Díaz Rosas

glosa al autor en el acto de presentación


Cuando el comité organizador me encomendó presentar al autor me sentí tentado a hacer una semblanza al uso, pero el autor de este libro no es un escritor al uso.

Al mismo tiempo dudé si debía aceptar el encargo porque entre los asistentes a este acto es de sobras conocido y por ello no necesitaría presentación pero, tal vez alguno se podría sentir tentado a identificar este aspecto con que resulta impresentable (cosa de lo que todavía no estoy seguro).

Más tarde pensé en hacer una glosa del mismo, pero después de lo que nos ha zarandeado, de la presión que nos ha metido para que aportáramos datos y fotos o para que confesáramos lo inconfesable no creo que deba deshacerme en alabanzas.

Por lo tanto, creo que la mejor opción es decirle cuatro verdades y desvelar públicamente lo que es este personaje.

1ª Siempre fue un tipo raro. De pequeño leía periódicos, fabricaba submarinos y hacía cohetes para lanzar al espacio a los escarabajos que sobrevivían a las pruebas previas al vuelo.

2ª Es un embaucador y un encantador de serpientes. Un día se le ocurre colgar una foto en internet y se coloca como una araña esperando que las presas vayan cayendo una tras otra.

3ª Es un sentimental. Utiliza cualquier detalle o anécdota de las que le hemos ido contando para convertirlo en algo maravilloso que hace florecer las lágrimas del más recio, aunque consuela pensar que él también es un poco llorón.

4ª Es capaz de ocultar los detalles más inconfesables de su persona. Algunos de ellos son los siguientes:

A casi todos los que tienen una Cruz al Mérito Naval con distintivo blanco se la dan por que les toca… es una simple cuestión de esperar su turno, pero a él, un vulgar civil en un mundo de uniformes, se la dieron porque presentó un trabajo de investigación en el que puso a punto un método para determinar la estabilidad química de las pólvoras de base nitrocelulósica mediante comparación de cromatografía de capa fina y cromatografía de líquidos de alta resolución (así se llama la cosa, ¡qué le vamos a hacer!, ya dije que siempre fue raro) Lo invitaron a presentar los resultados en la Jefatura de Apoyo Logístico de la Armada, entre los capitostes uniformados… y se quedaron con los ojitos muy abiertos. Entre otras cosas porque les ahorra desde entonces un capital cada año.

Siguiendo con la pólvora (la cosa viene desde aquellos cohetes que tiraba en el llano)… últimamente cayó en sus manos un manuscrito alemán (en realidad la traducción inglesa, que tampoco domina tantos idiomas el muchacho) de finales del XIV, que habla de la alquimia del salitre y de la pólvora. Se ocupó de traducir esos extraños manejos medievales a la química actual… y resulta que hay por lo menos tres hitos en la historia de la pólvora, hitos que usan continuamente los grandes popes mundiales del tema, que están equivocados. Presentó estos resultados en un congreso y está en prensa las Actas… y un articulito sobre el mismo tema que tiene Aquilino para una revista que ellos editan, Spin Cero. También pendiente de salir.

Su mayor placer es editar. Comenzó con La Heredad de Fadrique. Hacer un libro de historia heterodoxo, sin tener ni pajolera idea de cómo puñetas se hace un libro de historia, sin tener la formación, ni los conocimientos, ni el oficio… partir de cero patatero… recorrer España de archivo en archivo, estar tres años investigando detalle a detalle hasta hacer un libro que hoy día es una referencia en la historia de San Fernando. Eso, le produce un extraño placer. Y, además, ha servido para que ese trozo de San Fernando se salve de la especulación urbanística gracias al rescate histórico que supuso su investigación.

Con 50 años se enteró que en el torreón de un ribat de San Fernando (una especie de castillo, mitad convento y mitad fortaleza militar árabe) hubo hace un siglo tres relojes de sol. Se puso a estudiar por su cuenta gnomónica, la ciencia de entender y construir relojes de sol, que usa la astronomía y las matemáticas… y publicó varios artículos que explicaban esos relojes y avanzaba su diseño. Me consta que esos relojes se reconstruirán gracias a su llamada de atención.

Finalmente, se ha dedicado a estrujar las neuronas de gran parte de los aquí presentes para componer una historia que a los que hemos tenido el privilegio de leerla nos ha obligado a tragar saliva, respirar hondo y buscar con desesperación la página 285. No la hemos encontrado porque el libro, lamentablemente sabe a poco y sólo tiene 284 páginas.

Llegado a este punto, dudo si seguir en el uso de la palabra o cedérsela, porque es capaz de escribir el segundo tomo de las crónicas; aunque esto último no lo veo muy probable, al menos por ahora, porque no lo he visto sacar esa libretilla en la que furtivamente se ha dedicado a anotar lo que se decía en cualquiera de los encuentros que hemos realizado.

Si él se ufana de tener dos hijos y una compi que lo dejan hacer todo eso y, además, unos viejos amigos que lo hacen muy feliz; yo puedo decir que no me hagan mucho caso, porque en esta ocasión confieso que no soy objetivo…Milán, a pesar de haber escrito estas Crónicas de Villajovita, es mi amigo.

Por eso, viejo amigo ¿o debería decir amigo viejo? (nunca tuve muy claro eso de la posición del epíteto) tienes la palabra pero… ojo, con derecho a devolución.

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