Ensalada de lapas

Los Batato.

Por un tiempo, don Antonio Porras –padre de Antoñito, el de la bici roja que rompió servidor– llevó la dirección del ambigú del Casino, y fue un magnífico camarero y cocinero. El salón se le llenaba los domingos de familias atraídas por las tapas que ofrecía. Y entre las tapas que se preparaban en el Casino, o en el balneario de la playa de Basurco, una de ellas ha perdurado en la memoria colectiva sobre todas las demás: la ensalada de lapas que hacía Juan el batato. El padre de Juanito era José Alguacil el batato[1], hombre recordado por su enorme bonhomía y por su fuerza; tal vez lo que recuerdan mejor los chicos de entonces era eso, su fuerza, pero ante todo fue un enorme ser humano. De jovencito había sido boxeador y siempre conservó un notable poderío –Luis Hernández de Loma le recuerda levantando él sólo el Seat 600 de una señora que lo había atorado frente al bar Toribio–. Y en recuerdos de Pepito Carracao “José el batato era probablemente uno de los personajes más emblemáticos del barrio. Cuentan de él proezas relacionadas con su descomunal fuerza, tales como levantar una patera pequeña él solito. Dos de sus hijos, Vicente y Juan, han sido fieles herederos de la fortaleza de su padre. He visto cargar a Juan hasta siete cajas de cervezas de Weil de una sola vez; y, además, Juanito era el que mejor preparaba la ensalada de lapas”

Pero esa ensalada de lapas no estaba destinada al común de los mortales. El mismo Juanito batato buscaba las lapas –también recolectaba erizos para Alfredo Ronda que era un exquisito devorador de erizos– y las cocía dándoles el punto exacto, que dependía del tamaño y de su propio instinto. Luego las aliñaba con cebollita y tomate picados en trocitos… “la preparaba para un grupo escogido de amigos entre los que me encontraba –recuerda Pepito Carracao– junto a Gregorio, Chorli y mi cuñado Andrés; y las consumíamos en la caseta de la playa de Basurco o arriba, en el casino. Hoy día, con un buen Ribera del Duero, o un tinto de garrafa con sifón, quitaría el sentío”.

El Casino se convirtió en el verdadero centro cultural del barrio. Las fiestas de Nochevieja, actuaciones de teatro, partidos de futbol, etc., ayudaron a crear una cierta conciencia de pertenecer a un lugar. De izq. A derecha: Pascual y Angelita (padres de Estebita y Mariceli); Toñi, la tata, de Maribel y Aquilinín; Manolo y Carmela (padres de Jesús Damián, Maripili y Marinieves); Antonio y Araceli (padres de Isamary, Mariceli, Mariajesús y Susana); Ernesto y Cuqui; y Mary y Miguelín (padres de Milan y Marisol). Noche vieja de 1967.

En ese tiempo teníamos una costa riquísima: se podían coger cubos enteros de lapas, cangrejos, mejillones y burgaillos. Empezaba en la vieja Fábrica del Güano –la llamábamos fábrica de la peste y producía en realidad harina de pescado[2] que se usaba para alimento del ganado–, pasaba por Calamocarro y llegaba hasta Benzú. Era una delicia salir a mariscar con nuestros mayores o con nuestros amigos. A las lapas había que pillarlas desprevenidas, porque en caso contrario se pegaban con tal fuerza a la roca que era muy difícil meter la punta de la navaja y separarlas.

La linda Maribel Melgar recuerda que su padre, Rafael, tenía un artilugio para evitar tanto trabajo con las lapas, y que salía toda la familia a mariscar por esa costa “…y nos traíamos un buen saco de lapas, mejillones, cangrejos y burgaillos. Los cocíamos nada más llegar a casa y nos daban las tantas comiendo tales exquisiteces. No nos hacían daño, y, además, no se preocupaba uno si estaban o no contaminadas. Las lapas no las preparábamos en ensalada porque no daba tiempo, nos la comíamos tal cual salían”.

Mariquita G. Picaso, Meli y Maribel Lorente, Eloisa y Mª Carmen López Peña haciendo teatro en una azotea del barrio. Foto cortesía de Mª Ángeles G. Picaso.

Pero volviendo al Casino, como nada es eterno y las cosas suelen degenerar, el ambigú acabó en manos de Pepito Carracao que lo llevó por unos días –él dice que sólo fue para colaborar– y asegura que el café le salía tan bien que muchos de los parroquianos le siguieron pidiendo que lo hiciera.

La vieja pantalla del cine se convirtió en escenario, y sobre él, en lugar preferente, colocaron un televisor de buenas dimensiones. En esa tele, auténtica ventana a la historia, vimos discurrir parte de la década. La selección española de fútbol sufrió una dolorosa derrota frente a Argentina por dos a uno, y quedamos eliminados del mundial de Inglaterra. Era el año 1966 y entre otros estaban históricos como Gento, Amancio, Zoco, pero sobre todos, jugaba nuestro ídolo indiscutible: Pirri, un bravo ceutí, hijo de un empleado de los autobuses verdes de la línea de Hadú, que se casó con Sonia Bruno, una actriz guapísima, y –como buen carpetovetónico– la retiró del cine para disfrute propio y envidia del personal. En ese televisor del Casino vimos la ascensión y gloria de toreros como el Cordobés y Platanito, que no paraba de recibir revolcones bajo la voz inconfundible de Matías Prats. Discurría la guerra de Vietnam y vimos los lanzamientos de los cohetes al espacio. Pero el escenario que se abría detrás de la tele era teatro, y el teatro fue una buena forma de acceder a la cultura y de abrir mentes.

Un lugar llamado BasurcoCap. IVGermen de teatro

 

[1] La familia Alguacil Gómez, ‘los batato’, eran: Nona (comadrona que atendió a casi todos los nacidos en las décadas del 60, 70 y 80), Pepa, Vicente, Pili, Juan, Cuchy y José Manuel (Josman) Hijos de José y Antonia. Sin duda, el batato y su hija Nona atesoran mil historias que merecerían mejor atención.  

 

[2] Procesaba pescados de menor calidad y restos de pescados de consumo humano (cabezas, raspas, aletas, escamas, etc.) El procedimiento para obtener harina y aceite de pescado comenzaba con un tratamiento de calor para coagular las proteínas, romper las cadenas de ácidos grasos y separar el agua. Seguía un prensado para separar líquidos de la masa sólida. La desecación para eliminar la mayor cantidad de humedad posible y finaliza con la molturación de la masa seca hasta darle la forma y tamaño de grano deseado. Y todo el proceso atraía a miles de ratas, insectos y pavanas, y despedía unos olores inconfundibles… y evocadores de otra época.  

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