El sádico abejorro

El juego del abejorro podía comenzar sin previo aviso. Bastaba con que un despistado diera inocentemente la espalda a un mínimo de dos inmisericordes. Si eran tres o más, peor para la víctima. Uno de ellos le pegaba un tortazo en la cabeza [1], por la espalda y sin ser visto, e inmediatamente todos los cómplices se ponían a hacer circulitos con el dedo índice levantado y siseando para simular el sonido de un abejorro. La víctima tenía que descubrir al agresor. Así de simple. No había más reglas… y uno se pregunta ¿qué habilidades propias para la subsistencia del adulto se aprendían aquí? Aquilino opina que con el abejorro aprendíamos a distinguir entre la ofensa y el dolor físico. Aquí la imposibilidad de apelar a la justicia producía una sensación de impotencia mucho más dolorosa que los tortazos. Sí, puede que aprendiéramos a soportar una ofensa sabiéndonos inocentes y, sobre todo, a anhelar una entidad física y moral que nos tutelase frente al abuso de los poderosos.

Muchas sesiones de abejorro surgían en la Puerta de Mané. Los que ocupaban el escalón estaban en posición dominante respecto a los que se sentaban en la acera; estos lo tenían muy crudo si a alguno se le ocurría iniciar un abejorro. Como siempre, Pepito Acosta era temible, pero cualquiera lo podía llegar a ser si la víctima no se hacía respetar u ocupaba una posición bastante baja en la consideración del grupo/manada. A servidor nunca le gustó este juego porque la mayoría de las veces no tenía honor, y se transformaba en una venganza personal amparada en una actividad que sólo tenía la apariencia de un juego. Lo normal era que los abejorros se compincharan para que la víctima jamás descubriera al agresor. Los tortazos podían llegar a ser muy duros y la víctima difícilmente salía airosa de un trance así porque, en teoría, era un juego y había que aceptarlo en buena lid… Pero enfadarse y perder la paciencia era cuestión de tiempo porque la frecuencia y contundencia de los tortazos aumentaban. Si el pobre chico se volvía para un lado buscando al agresor, le pegaban por el otro, y viceversa; y si aguantaba, más fuerte se le pegaba. La conclusión del juego solía ser la sumisión y derrota moral de la víctima cuando se levantaba y salía del círculo como aceptando que no era digno de permanecer entre ellos. No había salida digna ni airosa para la víctima porque la otra posibilidad era un enfrentamiento en regla con alguno de los abejorros.

Si melastiro era un ensayo para progresar en el status de la manada, y en pingo se ensayaban estrategias de grupo ¿qué interés didáctico ocultaba el abejorro? Puede que se pulsara la entereza de la víctima para encajar abusos, injusticias y situaciones en las que no existían reglas que amparasen al débil; es decir, algunos aspectos de la vida misma en los que uno se sitúa sólo ante el peligro: la pelea cuerpo a cuerpo, aunque el de enfrente sea grandullón.

Curiosamente, aquellos niños de Villajovita de los 60 recuerdan pocas peleas. Las hubo, por supuesto, pero difícilmente se llegaba a mayores porque casi siempre se solventaba la cosa con gestos amenazadores y señales de sumisión, como en los demás mamíferos. Y si esto fallaba, es decir, cuando ambos contendientes creían en sus posibilidades de vencer, lo normal era que los niños se trabaran, cayeran al suelo y trataran de inmovilizarse. Apenas había golpes, y la aparición de sangre era la señal de parar… casi siempre, pero no siempre. La linda Maribel Melgar recuerda que a su prima Isamari López le encantaba arrancarle los pelos de sus trenzas “…yo era la tonta que siempre recibía los palos y la recuerdo más de una vez con sus manos llenas de manojos de pelo sacados de mis trenzas, como auténticos trofeos comanches”. Entre las niñas –camada del 52/53– solían formarse dos grupos enemistados, uno liderado por Mariquita y otro por Angeli; ambas eran también competidoras en el colegio de doña Isabelita Acosta, cuando intentaban ser la Reina del Dictado… y de aquellos polvos estos lodos.

Pero había niñas como Rosi Sentís que si tenían que pelear contra niños, peleaban sin problemas. José Carlos Rivilla recuerda que en su calle vivían dos niñas pelirrojas, un par de años mayor que él, de la edad de su hermana Maricarmen, y solían tener sus diferencias con ella. Hasta que un mal día intervino el chiquillo para apoyar a su hermana y equilibrar la cosa. Pero la chica –aquella que jugaba al balonmano y con las mismas manos tocaba el violín– cobardemente desapareció y dejó Rivilla sólo frente a las pelirrojas. Hoy aún se acuerda de la paliza tan vergonzosa que le dieron las niñas de pelo rojo. Tan vergonzosa resultó la situación que lo ha mantenido oculto 40 años.

Servidor derribó una vez, en la puerta del colegio de don Francisco Canto, a Morant, que era un tío grandote y poderoso, y desde entonces nos entendimos muy bien, tanto, que le salvé de recibir una paliza del maestro aún a riesgo de recibirla servidor (pero esa historia ya está relatada) Luis Hernández de Loma recuerda que en una ocasión estuvieron Pepito Acosta y él trabados en el portón más de media hora, “en aquella ocasión no salió ningún vencedor claro, lo cual para mi autoestima me vino mejor que bien, ¡ya sabemos como las gastaba Pepito!”.

Lo mismo pasó una vez entre Lali y Ariza, que estaban trabados en una pelea y no salía un vencedor claro. Los niños, como en todos los lugares y en todas las épocas, hacían corro jaleando la bronca. Dicen que el bocado de Mike Tyson en la oreja de Evander Holyfield fue muy famoso, entre otras cosas porque lo vieron millones de personas, pero salvando las diferencias, el bocado que pegó Lali a la teta de Ariza fue, comparativamente mucho más famoso, porque ha permanecido en la memoria colectiva de aquellos niños más de 40 años. La pelea se terminó ahí, con un Lali en vencedor y Ariza aullando de dolor… lo que no sabemos es si conservó el pezón.

¡Pingo número uno!Cap. XAnillito sensual

 

[1] Existía una versión amable de este juego que consistía en poner la víctima, la palma de la mano en la espalda y era ahí donde se golpeaba. Pero, evidentemente, tenía poco éxito esta versión.  

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