El proemio de ‘Aquilinín’

Ubi Sunt
Mi pasado irrumpe de súbito en mi presente, no un pasado muerto, un pasado vivo: allí está la casa que miramos del lado de fuera, mitad del barrio ha cambiado y mitad no ha cambiado, reconozco todo y no reconozco nada.

Antonio Lobo Antunes

Ubi sunt, ¿dónde están? Esa vieja pregunta de los cantares medievales, es la que utiliza Milan en sus primeros escritos sobre Villajovita en la Web. Con una sensación de melancolía y nostalgia por algo perdido en el tiempo. Ubi sunt, ¿dónde está aquello que fue? Reflexión que idealiza los recuerdos y evoca el pasado reencontrándose con lugares, sentimientos y personas del ayer…

Y esta reflexión nos lleva a confirmar que “ya no están aquí”, donde lo temporal y lo espacial se mezclan con un claro desplazamiento de la resignación del “ya no” hacia la esperanza del “aquí”. Ya no están aquí, luego ¿dónde están?, ubi sunt. Pero desplazar un problema temporal sobre un eje espacial, como puede ser la escritura, no deja de ser una utopía que puede desembocar en la angustia de lo irreal.

…y renazcan los hombres y las cosas muertas en el milagro de la evocación…

Homero Manzo, “El último organito”

He leído en alguna parte que la teoría del recuerdo de Platón no deja de estar basada en el olvido de la mención a Pitágoras. Tal vez este ejercicio de evocación que estamos teniendo no se deba a un olvido, pero seguramente ha habido un despensar en gran parte de nuestra vida, y ese ubi sunt de Milan nos ha conducido a un repensar profundamente emotivo que ha dado paso a esta memoria común, que nos acerca a momentos que definitivamente ya no están, a esa especie de utopía en el espacio.

Hay gente que ha alabado mi aportación desde la Web, incluso atribuyéndome originalidad a lo que no era más que un préstamo, pero tengo que decir que me subí a un tren que ya estaba en movimiento. La contribución, si acaso, era la motivación para que ese tren no parase, para crear un espacio virtual donde el ubi sunt pudiera sentirse a gusto, donde encontrarnos, reconocernos y comunicarnos.

Y la atracción que surge, desde ese ubi sunt de las páginas de Milan y de los listados del “dramatis personae”, no es exactamente como esa muela que, doliéndome, la palpo todo el día con la punta de la lengua a pesar del dolor. Tampoco es como el espejo en que nos miramos cada mañana y que, de forma un tanto caprichosa, nos devuelve cada vez una imagen de nosotros mismos con la que empezamos el día más o menos satisfecho. Pero algo de ambas cosas tiene el embrujo de ver nuestro nombre escrito o nuestra fotografía de una manera pública, independientemente de la razón (buena o mala) que ocasiona esta exposición. Ya Milan me advirtió cuando apareció la primera lista de personas con su ficha y fotografías: “la gente querrá verse”. Y en eso estamos.

Si, además, como es el caso que nos ocupa, tiene que ver con una mirada hacia atrás, ya avanzado el partido de la vida, y en ella vemos reflejado el origen común de una infancia y adolescencia que han marcado nuestra existencia, esta impresión se multiplica tanto que es capaz de recuperar años de ausencia para encontrar un espacio a pequeñas emociones, inexplicables a ojos de quien se encuentre fuera de este juego otoñal.

Pero no podíamos quedarnos en ese espacio virtual. Nuestra generación ha tenido la suerte de nacer entre dos guerras: la cruenta de la generación de nuestros padres que les hizo pasar penurias y la guerra de la comunicación, de la deshumanización, que aísla a nuestros hijos y los encamina a la despersonalización, a una falta de contacto físico en la comunicación interpersonal. Había que traspasar ese espacio virtual del ubi sunt.

Y así fue que después de pasar por las mismas emociones que cualquiera de nosotros podría relatar en las lecturas iniciales, la misma comunicación virtual que nos abrió las puertas de los recuerdos, hizo posible llevar al terreno de lo real el reencuentro físico.

Siempre hay cuentas que saldar con el pasado. Una de ellas, para mí, el paso oscuro entre la niñez y la adolescencia, fruto del cambio de ambiente, queda ampliamente saldada por este reencuentro, que, además, ha sido capaz de unir en uno solo los insalvables escalones de la diferencia de edad en los primeros años.

Alguien dijo una vez
que yo me fui de mi barrio,
¿Cuando? ¿…pero, cuando?
¡Si siempre estoy llegando!

Aníbal Troilo “Nocturno a mi barrio”

Dice Umberto Eco, en boca de uno de sus personajes, que recordar es un trabajo, no un lujo. Sin duda hemos trabajado en ello y podemos darnos cuenta que el recuerdo actúa como la lente convergente de una cámara oscura: todo se concentra de tal manera que el resultado es incluso más hermoso que el original. No obstante, lo más hermoso de este caso, con serlo, no está en haber vivido en Villajovita sino en poder y querer recordar que hubo un tiempo en que vivimos en Villajovita.

Aquilino Melgar Sánchez
Director del Instituto Pablo Picasso
Málaga

Proemio Pepe CarracaoINDICEProemio Paco Díaz
La Muralla Merinida formaba parte de nuestro paisaje diario. En sus huecos anidaban avispas y colmenas de abejas, y tiempo nos faltaba para acosarlas a pedradas. Más de una vez salían todas buscando picotear a los malvados. Y a resguardo de los torreones fumamos los primeros ‘goletas’. Foto de Francisco Díaz Rosas

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