El portón de Chirri

Sí, el portón de Chirri era un lugar emblemático. Estaba casi frente al Escalón de Mané, que era el alma del barrio. El portón tenía otros muchos usos… ¡cómo era tan fresquito en verano! En la amplia escalera nos sentábamos a leer tebeos o jugábamos al monopoly, pero sobre todo era el lugar perfecto para jugar a los pelotazos, un juego muy simple que consistía en lanzar una pelota gorila, de las que regalaban con los zapatos del mismo nombre, contra los demás. Cuanto más fuerte mejor; y si estaba bien dirigida a zonas sensibles, mejor aún.

Edificio del Portón de Chirri. Por ese voladizo, con el cuerpo al vacío, se paseaba la inquietante Mati Acosta. Foto de Luis H. De Loma.

Las escaleras del portón eran amplias, de escalones bajitos y fáciles de subir, y una barandilla de madera jalonaba toda la subida. Pero lo divertido era subir al piso alto por fuera, es decir, apoyando la punta de los pies en el borde exterior de los escalones, con el cuerpo sobre el vacío y sujetándonos a la barandilla. Luego se bajaba deslizándonos a horcajadas sobre ella. Pero, incluso, las había osa-das, como Mati Acosta, que se paseaban por el voladizo exterior para ir de un piso a otro. Sí, Mati era muy guapa –como todas sus hermanas– y rompió multitud de corazones, pero, la verdad, no debía de tener ni alma ni maneras de princesita romántica si miramos su cabeza apedreada y atendemos a las cosas que ella misma cuenta, que cuando estaban construyendo la casa que sería de Antonio Perea [1], la dejaron durante una temporada sólo con la estructura de vigas, y como estaba en un desnivel del terreno, las vigas del exterior quedaban a una altura considerable del suelo. Conclusión, las niñas Maribel Melgar, Angeli Acosta, Isamari y la propia Mati –y todos los niños hicimos lo mismo– se dedicaban a pasear por las vigas más peligrosas. Pero lo peor es que la niña se paseaba por allí con su hermanito Fede de la mano… hasta que un día se chivaron a doña Angelina, su madre, y le echó una bronca inolvidable.

Inquietante Rosi.

Pero Mati no fue la única niña que prefería actividades más estimulantes que los típicos juegos de princesitas. Recuerda Rosi Sentis [2]que ni a ella y a su íntima amiga, Patri Burón, les atraían los cromos ni las mariquitinas y preferían correr y pelearse con los niños en total igualdad. Jugar a las casitas o con muñecas no eran asuntos que les interesaran especialmente. Eran niñas distintas, pero cuando llegaron a los catorce años se les pasó toda la rebeldía y se transformaron en perfectas y coquetas señoritas. Esa cercanía con la violencia física entre niños y niñas parece que estaba más presente en la Villajovita de Abajo que en la de Arriba. Chari Lara, otra de las niñas de abajo, recuerda que eran frecuentes esas peleas con niños, y que eran peleas en toda regla, es decir, lides que no buscaban la ocasión del roce furtivo. Ella recuerda una vez que se refugiaron unas cuantas niñas en el portal de su casa, con la puerta cerrada, y cuando se asomó para comprobar si los niños enemigos se habían ido, le dieron en la cara con una penca de plátanos untada en barro fresco. Es decir, no querían jugar a pelear contra las niñas, con la secreta intención de tocar. No, querían derrotar y humillar. Eso no lo hacíamos en la Villajovita de Arriba, conste.

Rosi, fiel a sus maneras, solía jugar con su primo Antonio Morant Bravo, que era un chico grandullón y buenazo, y compañero de fechorías mucho más interesante que cualquier niña. Más de una vez iban a jugar a casa de doña Enriqueta, la peluquera, madre del clan Rey Alarcón. El segundo de sus hijos, Pedro, que tenía un año más que Rosi, era el predestinado, en opinión de sus mayores, para ser su pareja perfecta. Pero entre ellos jamás saltó la menor chispa; sin embargo, se llevaba de maravilla con Enrique, el tercer hijo de Enriqueta. Más de una vez el grupo de chicos, con la niña a la cabeza, habían escalado hasta la azotea del caserón usando las rejas de la ventana de doña Enriqueta; y desde la azotea subían a las ramas del enorme peral que crecía junto al profundo pozo del huerto, simplemente para pasar el rato entre las ramas más gruesas. Cualquier caída habría dado con los niños en el fondo del pozo, pero eso no entraba en sus presupuestos. Y, en consecuencia, más de una vez, cuando los descubría doña Enriqueta repartía tortazos a diestro y siniestro, sin mirar quienes eran propios o extraños, Rosi incluida.

Un tío de Rosi les regaló a las hermanas Sentís los primeros muñecos de carne que aparecieron por Villajovita. Los compró en Tánger y eran muñecos blanditos, muy distintos a los duros y rígidos que hasta entonces manejaban las niñas. A Antoñita Sentís, la hermana menor, ni que decir tiene que le sirvió para despertarle los más tiernos y primarios instintos maternales que las buenas niñas deben tener. Debía ser apasionante apretar ese amor de criatura tan blandita. Pero no para Rosi, que le pudo más la curiosidad que el instinto maternal. Y con ayuda de su primo Morant lo descabezaron para ver qué cosa era esa tan blandita que tenía dentro… puro conocimiento empírico.

La inquietante Rosi tenía terminantemente prohibido bajar al arroyo Bacalao. No debía ser un lugar recomendable para una niña porque allí, junto a la casa de José Bacalao, el arroyo se introducía en un túnel que atravesaba la carretera y desembocaba en la playa de Basurco, un lugar propicio para pecar. Por tanto, no había nada más interesante que bajar al arroyo. Una tarde mientras lo hacía con Morant y otros chicos, rodó por el último terraplén hasta llegar a la orilla. La pobre niña se había roto las dos clavículas y pensó que estaba muerta…

¡Primo! ¡Que me he muerto!– se quejaba la chiquilla.

No, prima. No estás muerta– respondía con lógica el bueno de Morant–. ¿No ves que estás hablando?– Y añadía –No te muevas que voy a buscar a tu madre.

No, por favor –suplicaba la niña–. A mi madre no, que me mata.

Que una cosa era tener las clavículas rotas y otra muy distinta que la cabeza le dejara de regir.

Tte. Azcárate: el inventor de la pólvoraCap. IIICohetes, escarabajos y astronautas

 

[1] Los Perea Pérez eran Antonio, Jesús (Chus), Mari Luz y Ani.  

 

[2] Los hermanos Sentís Bravo eran Rosi, Antoñita y José Antonio. Hijos de Manolo y Chali.  

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