El pequeño inventor

Apéndices a las Crónicas de Villajovita
Manuel Castillo Sempere, marzo 2011

En el curso del año 62-63, yo asistía a la escuela de don Francisco Canto, en Villajovita; y allí, fue a sentarse, un día, junto a mí,  un niño extraordinario, un niño diferente, uno de aquellos niños a los que es difícil catalogarlos y ponerle una etiqueta. Y paso a apuntarles, por qué era diferente a mis ojos y a los ojos de los demás, a saber: Aquel chiquillo, tenía un encanto especial, era suave en las formas de decir las cosas y en las maneras de contarlas. Al momento, uno se daba cuenta que estaba poseído del don de la inteligencia, y que está era la cualidad que le distinguía por encima de cualquier otra. No hablaba de fútbol, ni de juegos, ni le alcanzaba las riñas de los otros colegiales, ni siquiera los enfados de don Francisco le rozaban; él, se situaba, de manera natural, como un espectador, algo por encima de nosotros…Sí; así era, como un espectador, es claro… Algunas veces, cuando coincidía con él, en el pupitre, sentía que me conectaba a otra realidad diferente y algo menos  pueril de la que normalmente cada tarde acontecía allí. Y me hablaba de conceptos científicos y de inventos, que yo, un niño de la calle, no alcanzaba a entender. Y me apuntaba a la construcción de un cohete simulando a los spuknik que los rusos habían lanzado a la atmósfera para que dieran  vueltas  a la tierra… Y me hablaba de mezclar productos químicos para que luego estallaran y provocaran aquellos truenos que asustaban tanto a tirios y a troyanos… Y me hablaba, me hablaba de tantas cosas… Y quiera, que impresionado por sus conocimientos científicos, pretendí apuntarme a su causa, y ensayar algunos de esos spuknik, que con tanto éxito había  proyectado y culminado, con buen fin,  en Cabo Cañaveral de Villajovita.

Y me puse manos a la obra y construí –siguiendo sus indicaciones- un artefacto con un tubo de caña, a la que le introduje el material combustible que él debió de proporcionarme,  algo de azufre, pólvora, o yo que sé, él sabrá…- Y terminada la fase de preparación balística, puse el “ingenio” en el poyete del rastrillo de mi puerta, acto seguido encendí la mecha… Y esperé unos segundos con el corazón encogido, hasta que después de elevarse un pequeño trecho, aquello pegó tal  estruendo, ¡booom!, que los vecinos hubieron de salir ¡asustados!, pensando que el mundo se les venia abajo. 

Desde luego, que mi reputación como científico quedó deteriorada para siempre, amén de pasarme varias horas debajo de mi cama, esperando que pasara la tormenta y quedara en olvido el suceso. Menos mal que mi padre, no estaba presente, y sólo supo del hecho por referencias…

Pero he de contarles que ahí no quedo la cosa, pues el “pequeño científico” de Villajovita,  hubo de pasarme, como su última novedad creadora, el invento de un submarino, que podría sumergirse y emerger a nuestra voluntad. Después de cerciorarme de que aquello no entrañaba ningún peligro, y de que no llamaría la atención en caso de fallo, me puse manos a la obra, con el propósito de reivindicarme y recuperar el prestigio perdido de resultas del primer proyecto fallido. Y de nuevo, corté –ya empezaba mal- un trozo de caña de una de las escobas de la casa- la distancia entre dos nudos-, le hice unos agujeros, y le introduje unos tubitos de aquellos que utilizábamos para hacernos  llaveros, y luego debía de aspirar para que entrara el agua por los agujeros y, el artilugio inundado  de agua, se fuera al fondo de la bañera  -recinto hidráulico o canal de experiencias donde se debían de efectuar las pruebas de mar-. Luego, una vez conseguido la inundación, para que volviera a la superficie, se debía de efectuar la introducción del aire a través de los mismos tubitos que anteriormente habían conseguido la inundación de los tanques de lastre del supuesto submarino. Y como quiera que ya llevaba un buen rato en el cuarto de baño, con el cerrojo echado; mi madre -siempre atenta a mis travesuras- debió de pensar que algo extraordinario, fuera de lo común debería estar tramando-; de tal manera que al insistir en que abriera la puerta, no tuve más remedio que abrirla y quedar expuesto a su reconocimiento. Mi madre, como es natural, al no ver claro aquello del submarino, enseguida llamó a mi padre. Si bien, mi padre, no me canceló las  pruebas de mar, su cara lo decía todo; y en ella se traducía una inmensa compasión a mi actividad,  algo así como si pensara: ¡Pobre hijo mío! ¡Este muchacho acabara mal,  antes el spuknik y ahora el submarino…! ¡Pobre muchacho…! Y no iba mal descaminado mi padre, porque aquello, por mucho que aspirara y expirara, ni subía ni bajaba…

Es claro,  que yo no estaba dotado para culminar con éxito una tarea científica.  Este menester y el de inventor, debía de dejárselo para aquel chiquillo que  tenía un encanto especial, era suave en las formas de decir las cosas y en las maneras de contarlas…

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