El moro del cambio

El moro del cambio era un endemismo ceutí. No estamos hablando de cambio de divisas. No. Este vendedor ambulante, canasta en ristre, era un tratante que trocaba utensilios de plástico y hojalata por cualquier cosa usada (ropa, zapatos) que nuestras madres tuvieran por casa. Lo pregonaba a voz en grito por las calles del barrio: ¡Amioooo! (¡Cambioooo!). Pero César Mosteyrín recuerda que había que saber distinguirlo de otro pregón muy parecido, que sonaba así: ¡Amiaaaa! (¡Hay miel!). Era una simple cuestión del acento que marcaba cada morito.

La transacción era un espectáculo porque si el moro era un experto psicólogo y un actor experimentado, nuestras madres y abuelas tenían una sabiduría endiablada –esta era una actividad exclusiva de mujeres–. El asunto estaba en determinar el valor de las cosas que iban a trocarse, ¡y esa era la cuestión! En los años 60, incluso hoy día en ciertas culturas, el valor es algo muy subjetivo y, por supuesto, no dependía del código de barras, ni de los numeritos de una etiqueta. Lo que ocurría con el moro del cambio es un buen ejemplo para comprobar que el precio de algo es sólo lo que uno está dispuesto a pagar por ello, y el valor es cosa muy distinta.

Con el moro del cambio, el precio de las cosas dependía de numerosos parámetros. En primer lugar, del interés que se demostrara, es decir, había que mostrar un cierto desprecio antes que interés, pero sin demasiado énfasis porque entonces indicaría justamente el enorme interés por la cosa en cuestión. El precio también dependía de la paciencia que se demostrara en la negociación; de la dialéctica que se empleara y de la teatralidad de los actores. La transacción tenía su rito y su estética. Se partía de un total y absoluto desacuerdo. Seguían explicaciones para justificar el mucho o poco valor de cada cosa. Por supuesto, rebatido con desprecios por la otra parte. Había numerosos amagos de finalizar la negociación entre aspavientos: Pos esto es lo que hay… lo tomas o lo dejas… Mujera, tu queré engañá morito pobre… Yo tengo mucho ninio pa comé. Y cuando parecía que la cosa no podía progresar se acercaban las posiciones hasta consumar el trueque. Era puro teatro, todos lo sabían y todos aceptaban el juego. Las había muy buenas en la negociación, y las había que eran un espectáculo, que hasta hacían corro, como la abuela Lola de Aquilino cuando se las veía con Abdelkader. Unas veces ganaba el moro y otras nuestras madres… No. En realidad, creo que siempre ganaba el moro, la verdad, que normalmente se iba con una sonrisa solapada y socarrona.

Machacando a Cóico en la playa Benítez. José Carlos Varea le pisa la cabeza. Perea lo aplasta sentado encima. Luis intenta degollar a Perea… y Manolo Guillén, con traje y calcetines, parece aliviarse. Mientras tanto, Cóico no se inmuta. La foto es cortesía de Luis H. de loma.

Siempre me llamó la atención la relación que se establecía entre moros y cristianos en la Villajovita de los años 60. Nunca he creído que en Ceuta convivieran realmente las cuatro o cinco culturas. Cada una de ellas ocupaba estratos sociales, culturales y económicos que apenas se solapaban, y la convivencia no consistía en vivir juntos, sino en respetar la parcela del otro – ¡qué no es poca cosa!–. No había sincretismo (mezcla de culturas de la que emerge algo distinto y aparentemente mejor) Judíos, cristianos, musulma-nes, hindúes y gitanos mantenían sus señas de identidad propias, que comenzaban en la piel y rasgos físicos, pasaban por el status económico y social y finalizaban en la forma de vestir. Servidor recuerda que esta situación era aceptada, no contestada aparentemente, y que el trato personal, cara a cara, generalmente era cordial o guardaba apariencia de cordialidad. Pero, para qué engañarnos, había gente pa tó… y la mayoría buena gente.

La Playa Benítez con Casa Fernando y el Bahía al fondo. Se ven las dos rocas que llamábamos las Mellizas. Las piedras delprimer plano separaban las playas de Basurco y Benítez. La foto es de Milan/1977

El señor Sarguini fue aparentemente una excepción a la regla. Siempre se le llamaba respetuosamente señor Sarguini, cuando lo corriente entonces –así tenemos que reconocerlo– es que a un ciudadano musulmán de origen marroquí se le apeara cualquier tratamiento. En él sí se dio un cierto sincretismo de culturas. Había vivido en Madrid porque fue miembro de la Guardia Personal de Franco, la tropa mora de estética africanista que tanto le gustaba al Caudillo de todos los españoles… quisieran o no. Tal vez esa proximidad al dictador le abría muchas puertas y le hacía mantener unas influencias impensables en personas de su origen. El señor Sarguini se vinculó a una familia madrileña durante la guerra civil y acabó casándose con una de las hijas; tuvo a su vez una hija y una nieta. Ya estaba jubilado y viudo cuando los niños le conocimos en Villajovita. Vivía en la calle José Mª Pereda, frente a Quintana, el practicante de la lambreta, y conversaba muy a menudo con muchos de nuestros mayores, de ahí que su historia se conociera. Yo recuerdo haber oído algunas de las charlas que mantuvo con Isabelita-Asensio o con mi madre –también hablaba mucho con Juan Díaz, padre de Inniagaraga– en las que se quejaba de lo sólo que se encontraba desde la muerte de su mujer, y comentaba abiertamente que deseaba casarse de nuevo, que tenía una jubilación muy buena y una situación económica desahogada. Finalmente acabó casándose con una señora musulmana y se marchó a vivir a Hadú, encima del bar los Pulpos.

Las Mellizas

Tuvimos amigos de todas las etnias, sobre todo cuando entramos en el instituto y ampliamos los horizontes. César Mosteyrín recuerda a Abdelkader Hamed Maskaldi, que se bañaba con todos nosotros en la playa Benítez y competía por conquistar las mellizas, que eran dos rocas que sobresalían del agua a unos 15 metros de la orilla (hoy día están integradas en la arena pero entonces hasta había pulpos en la base de ellas) La prueba inequívoca para demostrar que ya sabíamos nadar era llegar a las mellizas, bucear y sacar fondo; y la máxima diversión consistía en permanecer encima de las piedras y resistir el ataque de los estaban en el agua. César Mosteyrín dice que Luis Cordero era imbatible cuando estaba encima de las mellizas: no había quien lo tirara y ¡eso que era cojito! Paquito Inniagaraga recuerda que en una ocasión llegó flotando el tronco de una palmera, y entre algunos chicos poderosos (muy bien pudieron ser, Cóico, Morant y Luis Cordero) lo encajaron en una de las mellizas y lo usaron de trampolín una temporada.

Como a todos nosotros, a Abdelkader le gustaba atraer la atención de las niñas (Maricarmen López Peña, Coral, Mar, Gracia, Sol, Anamari Valverde, Eloisa Gómez Tusset, Adelaida, Rocío, Chari y Maricarmen Lara, Mati, Elenita, Aurelia León y otras), pero él lo hacía de forma incontestable. El tío hacía el pino en la arena y se mantenía en equilibrio sobre sus manos, con los pies levantados. Colocaba un sombrero de paja en uno de los pies y comenzaba a caminar con las manos hacia la orilla. Se metía en el agua hasta que le llegada al sombrero, y luego salía sin mojarlo. El hombre era capaz de aguantar cerca de tres minutos sin respirar, y, por supuesto, se llevaba la atención de todas y cada una de las niñas, el puñetero.

Lo singular de Don CésarCap. VEl moro de la obra
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