El moro de la obra

Otra ocupación muy relacionada con los niños del barrio y, por extensión, con todos los niños de la ciudad, era la del moro de la obra. Todas las construcciones de albañilería de cierta entidad tenían un vigilante que velaba por mantener a buen recaudo materiales y herramientas cuando se marchaban los obreros. Venía a ser como un guardia de seguridad como de andar por casa. Entonces había muy poca delincuencia y los materiales, en realidad, no peligraban demasiado. Yo creo que todo el trabajo que hacían, cuando se quedaban solos en la obra, era echar a los niños de los montones de arena que los volquetes dejaban en mitad de la calle. Inevitablemente, cuando veíamos un montón recién volcado por el camión, había que subirse por un lado y bajar rodando por el otro. Estaba blandito, amortiguaba la caída y daba gustito, simplemente eso. Cuando se jugaba a Tula (tú la llevas), si uno subía por el montón de arena, el perseguidor hacía lo mismo. De manera que, si no se ponía un poco de orden, al día siguiente el montón de arena había convertido la calle en una playa. Parece una tontería, pero el trabajo de rehacer el montículo era menudo. Consecuencia: el moro de la obra debía velar muy mucho por la integridad de su montón de arena.

La presencia del guarda delante del montón era suficientemente disuasoria para los niños. Todo lo más, daba un par de pasos amenazadores hacia nosotros, con cara de pocos amigos, para que uno saliera a escape. Eso era lo normal, no hacía falta llegar a mayores. Pero servidor recuerda una vez que no funcionó así la cosa. Estaba jugando sólo en el montón de arena de la obra de la casa de Elenita León Molina. El juego consistía en deshacer láminas de arena muy seca que la lluvia había apelmazado antes. Andaba tan ensimismado que no vi las señales amenazadoras del guardián, ni su aproximación a la carrera, de forma que cuando llegó a mi altura ¡yo no había escapado corriendo! Le había fallado el ritual y el hombre pensaría: ¿Y ahora qué hago? ¿Le pego? No me pegó porque nadie quería pegar a un niño. Cuando le medio expliqué, asustado como estaba de tenerlo tan cerca, que daba mucho gustito deshacer las láminas, el hombre se sonreía sin querer mostrar flaqueza y me echó. Desde entonces los miré de otra forma. Lo mismo pasaba con José el de la huerta, nos daba auténtico pánico entrar a robar uvas o peras en la huerta y que nos viera, porque el hombre se había preocupado de desarrollar señales disuasorias (gritos con las venas hinchadas, amagos de tirar piedras, carreras en nuestra dirección, etc.) que creíamos que nos iba a matar. Yo jamás entré en su parte de la huerta. Y no se conoce a nadie que recibiera una sola tarascada de José. Aquilinín recuerda cómo en una ocasión José lo tenía atrapado y no le quedó otra opción que escapar por debajo de sus piernas… seguro que José le dejó escapar para no encontrarse en la tesitura de tocar al niño:

Quiso la fatalidad que aquel día, en un último intento por alcanzar el deseado carrizo, Aquilinín quedase sólo en aquel espacio cuadrado, rectangular tal vez, todo cercado de cañas y con una única salida… obstruida por José, el de la huerta. La embestida, como si de un forcado portugués se tratase, la realiza avanzando hacia José el de la huerta, templando sus pasos con un contoneo no exento de chulería, hasta que se produce el embroque, que es templado, sin brusquedad y que permite pasar al niño entre las piernas de su captor, en veloz huida en paralelo al arroyo bacalao[1].

César Mosteyrín conoció al moro de una obra que repetía siempre la misma frase: Mocho trabajo, poco denero… que hasta se la enseñó en su propio idioma: msaf el jetma, chuía el fluss. En el llano de Mariquita, el que hubo frente al Escalón de Mané, construyeron en los primeros años de la década un grupo escolar con dos edificios que la gente denominó las microescuelas. Al pobre moro de esta obra los niños malos (y conste que servidor sabe quiénes eran los niños malos, pero se lo calla) le rompieron el cernidor, esa especie de rectángulo de madera con una tela metálica para tamizar la arena. La bronca que recibiría el hombre al día siguiente sería buena. Y el pobre Aquilino Melgar Sánchez, al que algunos malvados decían chumbito, se llevó las culpas y algún que otro empujón del atribulado guarda. Entre otras cosas porque los demás niños que estaban con él en el Escalón de Mané salieron corriendo y dejaron a chumbito sólo ante el enfadadísimo moro de la obra. El hombre lo trincó, y lo llevaba al lugar de los hechos para que viera el estropicio que habían hecho, cuando su hermana Maribel –que se asustaba muchísimo con las travesuras de Aquilinín, que hasta se le descomponía la tripa cada vez que se perdía– se puso a llorar y a decir que estaban matando a su hermano. Con los gritos, Rafael, el padre del niño, que dormía la siesta, se despertó muy confuso y tal y como estaba, en calzoncillos, se fue hacia el guarda y le rompió la nariz de un puñetazo.

La familia Melgar Sánchez. Rafael y Primi, padres de Maribel, Aquilino y la pequeña Mariloli, en un día de gira. Rafael, para defender a su hijo tuvo un encontronazo con el moro de la obra de las Microescuelas. Foto cortesía de Aquilino Melgar Sánchez.

Cosas como esas eran inusuales. Si al salir de la escuela se formaban corros para animar las peleas que se formaban, lo del padre de Aquilinin y el moro de la obra debió estar en las conversaciones durante muchos días. Pues con su nariz rota, y apoyado por una vecina que le decían la de la cara manchá, el hombre denunció al padre de Aquilino. Se celebró el juicio y condenaron a Rafael a pagar la multa correspondiente y a cumplir varios días de arresto domiciliario.

Chumbito lleva 40 años asegurando que no participó en la fechoría, pero él se quedó con la tarascada del moro de la obra, éste con su nariz rota y Rafael condenado judicialmente.

Playa Benítez, hasta la ‘Fábrica de la Peste’, desde la azotea de Luis Hernández de Loma. En primer término el solar del Monte Canca.
El moro del cambioCap. VCap. VI

 

[1] Extraído de ‘…de cómo robábamos el fuego a los dioses del Olimpo”, de Aquilino Melgar

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