El Llano

Cuando servidor llegó al barrio, las calles estaban empedradas con cantos rodados adheridos sin mortero. Se distinguían dos zonas en el barrio, la Villajovita de Abajo, que creció un tanto desordenada-mente en el entorno de la casa de doña Jovita, situada en lo alto de una loma, con calles empinadas y escalerillas intrincadas; y llegaba hasta la carretera Ceuta/Benzú que nos separaba de la Colonia Weil y de las casas que construyera el capataz Basurco, donde vivían los Mosteyrín, Coiduras, Lesmes y los Cabillas. Esa línea de casas nos separaba del Barrio de las Latas. Entre los niños de la Colonia y los de Villajovita existía cierta rivalidad, una relación de amor y odio que muchas veces se solventaba a pedradas, esa es la verdad.

Parte del clan Sánchez en 1956 (Isamari, Aquilinín y Maribel en primer plano) Frente a la calle Góngora se extendía el Llano de Mariquita, y al fondo el viejo Cine Rex, futuro Casino y Centro Recreativo y Cultural de Villajovita. La foto es cortesía de Aquilino Melgar Sánchez

La Villajovita de Arriba, tenía dos calles largas y paralelas. La principal se llamó Calderón de la Barca (antigua “J”) y discurría entre la casa de doña Jovita hasta el llano. La otra era Lope de Vega (antigua “I”), paralela y trazada casi al pie de la muralla merinida. Las demás callejitas eran perpendiculares a estas dos, partían de la Muralla y finalizaban en la huerta de José (en realidad doña Jovita se la tenía arrendada) que a su vez caía en ladera pronunciada hasta el arroyo Fez, que nosotros decíamos del Bacalao. Es decir, la Villajovita de Arriba estaba formada por una cuadrícula de manzanas muy bien definida.

El empedrado de las calles terminaba a la altura de la casa de Pepito Carracao, al que llamábamos Pepe Anita[1]. A partir de esa manzana y desde la base de la Muralla era una loma suave y descampada que se convertía en la huerta de José y descendía hasta el arroyo. Parte del descampado lo sembraban de trigo, y los niños robábamos las espigas verdes para comer los granos tiernos. Era peligroso tragar un trozo de espiga porque se atravesaba en la garganta y no pasaba con facilidad.

Frente a la casa de Antoñito Porras, entre los transparentes que por allí crecían, solíamos hacer una cabaña; y Chirri[2] mató un gato de una pedrada, pero debió ser pura casualidad porque no se conoce que repitiera la fechoría. De todos modos, por aquellos años, no teníamos conciencia de estar haciendo nada malo. Acosar gatos y perros, pescar y cazar pajaritos eran cosas comunes, casi parte de la cadena trófica, la naturaleza parecía contar con nosotros. En cierta ocasión, un par de hermanos metieron un precioso gato blanco inmaculado, de angora, por el hueco de una chimenea porque hacía sus necesidades en la azotea y estaban hartos de limpiarla; el gato sobrevivió perfectamente, pero salió cabreadísimo por abajo, y convertido en una salvaje pantera negra. No sólo los niños eran crueles sin saberlo, criaturas como Mariloli Melgar y Agustinita Señor se divertían lanzando gatitos en parábola para ver cómo caían. Mariloli decía que le daba miedo, pero Agustinita la tranquilizaba:

Depredadores

–Mira. Verás como no pasa nada– Y, ¡zas! Gatito recién nacido, revoleado en trayectoria parabólica. Lo más probable es que acabaran de mala manera porque ese instinto de caer sobre las patas se les debe desarrollar pasadas unas semanas.

Chechita recuerda que una vez pillaron un precioso lagarto ibérico, verde eléctrico, de esos que había que tratar con mucho respeto porque cuando mordían no soltaban el bocado hasta que morían, y aun muertos había que hacer palanca para separar las mandíbulas, de esos. Lo envolvieron en papel de regalo y lo dejaron abandonado en la puerta del Casino Cultural de Villajovita. Al poco tiempo llegó Maricarmen Burón, una niña guapísima, igual que su hermana Patri, que rompieron multitud de corazones en el barrio, y después de comprobar que nadie la veía, recogió el regalito y se lo llevó con disimulo hasta su casa. Por supuesto, los malvados Chechita y compañía la siguieron para escuchar qué pasaba dentro. Simplemente, los gritos desgarrados llegaron al exterior, e instantes después alguien abrió la puerta de golpe y tiró el cadáver a la calle. Ese lagarto puede que hubiese muerto de muerte natural –eso que se encontró el animal–, pero cuenta un niño, que era rubio y con carita angelical, que una vez metió un petardo en la boca de uno de estos lagartos, y le pegó fuego. Dice que el tronco, sin cabeza, claro, siguió moviéndose un buen rato… No se deja citar el chiquillo, normal. A Yaye, otro que tal bailaba, le encantaba cazar lagartijas y salamanquesas para meterles un goleta en la boca; los bichos no eran capaces de soltar el bocado y chupaban y chupaban hasta que se emborrachaban… la verdad es que hasta era gracioso verlas dando tumbos y desorientadas. Todas estas fechorías eran tan naturales que no despertaban en nosotros la menor reflexión. La conciencia ecológica y el respeto a los animales crecieron más tarde.

Y poco a poco las máquinas excavadoras fueron explanando el monte. Durante varios meses por las puertas de la casa de Pepe Anita, de Estebita y de servidor pasaron los cientos de camiones que se llevaron la tierra. Todo el barrio estaba lleno de un polvo finísimo. Cuando se fueron los camiones nos dejaron un llano perfecto para jugar a la pelota. En mitad del llano, justo donde más tarde construyeron la Escuela Laboral, y hoy está el IES Almina, había un montón de piedras que lo dividía en dos zonas. La próxima a Villajovita era la nuestra, y en un extremo se formaba un enorme charco cuando llovía. Ese charco, y otros lugares de la huerta, era una mina inagotable de un tipo de arcilla que cuando perdía parte del agua se convertía en un material plástico y moldeable, muy bueno para hacer bolas (nunca las llamamos canicas o meblis como en otros lugares) Que servidor sepa, a ningún niño le dio por moldear en barro figuras más complejas y despuntar ninguna inquietud artística. En todo caso, recuerda Pepito Carracao que vivió en el barrio un señor llamado Pepe, hermano de Chari, que era asistenta del maestro don Alberto Rodríguez Hurtado de Mendoza. A Pepe le decían Cantinflas y era un excelente escultor, algo bohemio. Acabó emigrando a Francia, pero en Marbella hay obras suyas. Y entre los niños, lo máximo que se despachaba eran los barquitos que Paco Cordero –vivía cerca de la escalerilla que atravesaba la muralla merinida– tallaba en trozos de tiza que sisaba en el colegio de don Francisco Canto. Y no fue el único que usaba esta técnica.

La Mesetas

En el llano quedaron dos montículos de tierra que sostenían sendos palos de la luz. Sólo tenían ese objeto, mantener los palos y los cables hasta que se desviara la línea. Eran dos mesetas circulares, con el palo erguido en el centro, y paredes muy pendientes de unos tres metros de altura vertical. No era fácil escalar para alcanzar la superficie. Y recuerdo que nos había dado entonces por construir espadas de madera. A algunos niños, privilegiados ellos, se las fabricaban sus padres en el trabajo, y eran unas espadas preciosas, de madera pulida, sin astillas, torneadas y bien ensambladas. Otros nos teníamos que conformar con dos listones de madera encontrados en cualquier sitio. Uno largo y otro corto que clavábamos como podíamos con clavos de fortuna para señalar la empuñadura. Nuestros mayores hacían esas cosas. Los que trabajaban en lugares con posibilidades ofrecían espadas a sus hijos. Recuerdo que algunos niños tenían unas lastiqueras metálicas y gomas redondas, construidas por sus padres en Ybarrola, o en tal cuartel, y eran unas armas de envidia. Otros padres, los que no tenían esas posibilidades ofrecían otras prebendas. Miguelín, mi padre, por ejemplo, como trabajaba en Intendencia, junto a la panadería militar, traía todos los días varios chuscos de pan cuartelero, que era un pan muy bueno. Era el pan que comíamos en casa. Y Juan, el padre de Paquito Inniagaraga, como tenía un obrador de pasteles, asaba los boniatos y los pimientos que le llevaban los vecinos. Maribel Melgar lo rememora cada vez que los asa.

Recuerdo que los niños de Villajovita de Abajo luchaban con esas espadas de madera contra los de Arriba. Cada bando ocupaba una de las mesetas del llano. No había mejor lugar para estos menesteres. Parecía mismamente que cada bando defendiera su atalaya… y, en un momento dado, se atacaba al enemigo intentando desplazarlo. El planteamiento era perfecto. Hasta que se cayó rodando uno de nosotros. Sí, recuerdo que Pepe Anita quedó desollado y lloroso toda la tarde, y que su madre se asustó muchísimo… pero sobrevivió.

La zona más alejada del llano era territorio enemigo, lugar que cedíamos en buena lid a los niños del Mixto, Pedro Lamata y Terrones. Estos no eran los rivales de Abajo, estos eran enemigos de verdad. Justo ahí construyeron el campo de fútbol Pedro Lamata.

Garajes de Fernando el de Benítez. Las puertas eran las mejores porterías para jugar a la pelota… y para clavar los dardos fabricados con alquitrán caliente. En la foto, Marisol y Mariceli (hermanas de Milan y Estebita) en 1966.

En el montón de piedras que separaba ambas zonas, cuando servidor tenía unos diez o doce años lanzaba cohetes fabricados con tubos de aluminio y cargados con pólvora de clorato potásico, azufre y azúcar. Una vez, incluso me atreví a fabricar nitroglicerina y lancé un tubito lleno de ese pretendido explosivo contra las piedras del llano. ¡Menos mal que Maritere[3], la chica rubia que despachaba en la droguería de don Francisco Espí, me vendió ácido clorhídrico como sustituto del agua fuerte (ácido nítrico) que le pedí!<a href=”[4] Hacer esas cosas era la única manera que servidor tenía para que las niñas me hicieran un poquito de caso, la verdad. El problema es que, de paso, llamaba la atención del malvado Yaye[5], que alguna vez me acosó contra una pared mientras me decía: “¿Vamos a hacer expe–pe–pe–pe–rimentos?” –como metiendo los dedos con saña en la tartamudez de servidor–. Que entonces yo no conocía el método de Demóstenes, ese griego tartamudo que llegó a ser un estupendo orador colocando piedrecitas debajo de la lengua. En la manada de cachorros humanos, este comportamiento de señalar al distinto era práctica común. Pero la verdad es que no me acosaron demasiado –sólo Yaye y en esa ocasión– y con el tiempo lo superé.

El Llano de Mariquita

Pero había otro llano en Villajovita. Tenía menos extensión; estaba junto a la calle Góngora, frente a las casas de Mané–Mariquita, Jeromín, doña Victoria y Maribel y Aquilinín Melgar. El llano de Mariquita terminaba en un terraplén que bajaba hasta la tapia trasera del huerto de Chechita, y por otro lado, hasta la escalerilla donde vinieron a vivir Cecilia y Quique Rivas, dos hermanos pecosillos y pelirrojos. Muy pronto construyeron en ese solar las microescuelas, pero mientras existió, fue un lugar perfecto para jugar. Además, todo el llano estaba bajo la atenta y delatora mirada de doña Alfonsa, la abuela de Jeromín Trujillo Durán –buen monaguillo que fue el chiquillo–, que jamás perdía detalle de lo que allí pasaba, ni tiempo le faltaba para reñirnos y avisar a nuestros mayores si era menester. Además, Primi, la madre de Maribel y Aquilino –más tarde también de Mariloli– sólo tenía que asomarse a la puerta y pregonar: ¡¡Aquiliniiiiin!! …pero el niño nunca estaba donde debía y siempre tardaba en volver a su casa. Y a veces estaba tanto tiempo desaparecido que sus padres salían a buscarlo por todo el barrio, y sobre todo, su hermanita Maribel se asustaba tanto que hasta vomitaba. El pregón, la forma, y la inflexión del ¡¡Aquiliniiiiin!! de Primi se propagaba muy bien por el llano y calles adyacentes, y aún suena en las cabezas de muchos niños de entonces.

Mariquita, Angeli, Isamari y Maribel recuerdan multitud de momentos pasados en ese descampado. Por lo visto, un día mientras ellas jugaban a las casitas, Mané, que era un atrevido, convenció a Maribel para que se comiera un trozo de excremento de vaca diciéndole que era un choricito de juguete… y la chiquilla se lo comió sin rechistar. Sólo se dio cuenta de la gamberrada cuando sus amigas se rieron a mandíbula batiente. Pero entonces fue a contarle la maldad a Primi, su madre, que era señora que cuidaba mucho a su prole, y todos salieron a escape, pero sin parar de reír.

Y Mané le sacó rendimiento a un camión de juguete que se encontró tirado en cualquier sitio. Tenía un remolque suficientemente grande como para llevar a un niño encima. Y eso hizo, remolcar a los niños. Pero su instinto empresarial entró en funcionamiento y cobraba a perra gorda el servicio de dar una vuelta completa, precisamente, al llano de su casa. El invento funcionó mientras duró el remolque, y su buen capital recaudó el puñetero niño.

Y cuando construían las microescuelas pasó lo que pasó con el moro de la obra y Aquillinín, pero esa historia viene más adelante. El recuerdo del llano quedó para siempre en forma de cicatriz que recorre la pierna izquierda de Mariquita, fruto de una buena caída. Sí, inolvidable fue el llano de Mariquita, sobre todo para ella.

Puertas abiertasII. El barrio en 1960El balón de reglamento

 

[1] Los hermanos Carracao Gutiérrez eran (Francisca) ‘Feni’, Pepita, Anita y Pepe (Pepe ‘Anita’), hijos de José y Anita, viejos pobladores del barrio.  

 

[2] La familia Hurtado de Mendoza estaba formada por Alberto, José Manuel (Nono), Isidro (Chirri) y Bernabé (Belín) Vivían en el emblemático portón.  

 

[3] Mª Teresa Gómez Fernández, hermana de Andrés, vivían en la Colonia Weil. Maritere se casó con Luis ‘el loquillo’.  

 

[4] ¡No seas fanfarrón, Milan, que así tampoco lo habrías conseguido!  

 

[5] Cayetano Viaga Cano (Yaye) tenía varios hermanos: José Luis (Pito), Roberto, Nieves y Mari Pili, hijos de José y Teresa. Vivían en la calle–escalerilla Leandro Fernández de Moratín.  

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