El balón de reglamento

En la planta baja del edificio que se levantaba frente a mi casa había dos garajes. Pertenecían a Fernando, que también era dueño del bar Fernando en la playa Benítez. En esos garajes, de amplios portalones, dormían dos camiones rojos que todos los días, a las ocho de la mañana, arrancaban y permanecían un buen rato calentando motores, y servidor, que intentaba seguir durmiendo a escasos cinco metros, los odiaba a muerte. Ni que decir tiene, esos portalones de madera eran las porterías perfectas para jugar a la pelota, para mayor horror de María, mi madre, que tenía que soportar la algarabía diaria y algunos cristales rotos. Los sábados solían trabajar los mecánicos dentro de los garajes y era el momento de pedirles prestado el formidable bombín para llenar los balones de fútbol. ¡Cuándo los tuvimos!

Pepito Acosta y Pitoño destacaron y jugaban hasta en el mismísimo Alfonso Murube. Eran los ídolos de los futuros jugadores infantiles del Villajovita F.C. Ahí les vemos junto a Tobalo, Lorente, Memín, Amarildo, Pepe Anita y Chirri. La foto es cortesía de José Antonio Barrientos Pitoño

Tan harta debía estar mi madre de soportar niños chillando frente a su casa, y de que le rompieran los cristales de la puerta, que al final llegó a obligar a los culpables a pagarlos si era capaz de pillarlos in fraganti, cosa difícil porque en cuanto se rompía un cristal la desbandada era instantánea. Aun así, alguna vez consiguió que lo pagaran entre varios peloteros.

Mi padre cortaba los cristales con un diamante –le gustaba cortarlos con esa herramienta–, y los sujetaba al marco con un cordón de masilla para cristales que vendía la rubia Meritere en la droguería Espí. Era una masilla tradicional que se extraía de la almáciga, resina de lentisco, pero olía a demonios porque le debían añadir aceite de pescado o algo por el estilo. Aun así, me gustaba amasar un trocito, aunque el olor me durase varios días en las manos.

Villajovita F.C.1963/64 De pie: Cristóbal Tobalo, Sierra, Amarildo, Pepe Anita, Mané y Enrique Rey. Agachados: José Carlos Rivilla, Guillermo Sánchez Memín, Pepito Lorente, Nono y César Chechita… la verdad es que ninguno mereció la pena. Foto de Enrique Rey Alarcón.

Balonazo a la tripa de Chari.

Juanlu[1] debió de ser uno de los que pagaron algún cristal roto porque su madre me lo recordó una vez muy preocupada. Ese día estábamos jugando a la pelota delante de mi casa, junto a los portalones de Fernando. Posiblemente éramos Pepito Lorente, Tobalo, Chechita, Juanito Jurado y Paquito Inniagaraga. Y alguien le dio un balonazo a Chari Caballero en la tripa. Chari era la hermana pequeña de Juanlu y Afriquita, y la pobre niña estaba saliendo de una hepatitis, que entonces era una enfermedad de cuidado.

Le debió doler tanto el balonazo que su madre se asustó mucho y salió indignada a buscar al culpable. Servidor no fue, pero la señora me acusó y me echó una bronca enorme. La afronté con estoicismo sabiéndome inocente, pero se me ocurrió replicar y le dije que yo no había sido y que, en todo caso, habría sido sin querer. ¡Craso error! Por supuesto, no me creyó. Entre otras cosas porque es consolador focalizar la ira en alguien, sea culpable o no. Y me contestó que los cristales de mi casa también se rompían sin querer y se pagaban… empecé a darme cuenta entonces de las consecuencias que podían tener todos nuestros actos, voluntarios o involuntarios. Sin proponérselo, la madre de Juanlu, Afriquita y Chari me estaba enseñando lo que era la responsabilidad. Nunca he olvidado sus palabras.

En la temporada 1964/65 entrenaba Alfredo Ríos; Diaz-Flor, Suarez, Mateo Porto, Carracao, Enrique Rey y Mané. Agachados: Tobalo, Francisco Álvarez Francisco, Memín, Varea, César y Santos. Ríos puso a Mané de portero y Tobalo pasó a la reserva. Se incorporaron, entre otros, Mateo Porto y José Ramón López Díaz– Flor… pero el futuro de este último no estaba en el futbol. Hizo bien el chiquillo en meterse en piragüismo. Foto cortesía de Enrique Rey Alarcón.

Otro sitio habitual para jugar a la pelota era la puerta del garaje del chalet de Pepe que estaba detrás de la casa de Aquilino y Maribel, en la calle de Rafalito Carrasco[2] y los Acosta. En esa casa vivió unos años una familia cuya madre tocaba muy bien las castañuelas y las hijas eran muy monas y delicaditas. El problema que tenía ese lugar era que el balón se embarcaba en la azotea o al patio interior si no teníamos cuidado. En esos casos el patoso tenía que ir a recuperarlo, y a veces no era tarea cómoda porque siempre se embarcaba en los mismos sitios y los dueños de la azotea, patio o huerto estaban hasta las narices de los niños.

La cantera de Villajovita proporcionó jugadores a equipos de ámbito local. Aquí vemos al portero Luis loquillo, Mané (el cuarto de pié) y Juanjo León (de pie a la derecha) El primero sentado a la izquierda es Pepito Acosta. La foto es suya.

El que tenía un balón de fútbol tenía un tesoro ¡y un montón de amigos interesados! Y, además, jugaba siempre, que para eso era su balón, aunque utilizara muletas y botas con suela suplementaria. Entonces la poliomielitis provocaba muchas cojeras y teníamos amigos con una pierna más corta y delgada que la otra[3]. En estos casos los niños caminaban con muletas y llevaban una bota con sobresuela para compensar la diferencia de longitud. Y así fue como Luis Cordero[4], que caminaba con muletas, usaba una de esas botas y tenía un balón de reglamento, jugaba cada vez que ofrecía su pelota. Luisito no tenía el mínimo complejo; las muletas y la bota no representaban el menor inconveniente. Recuerdan Pitoño y Pepito Acosta que cuando al bueno de Luis se le iba el pie pegaba unas patadas inolvidables, pero a la espinilla.

Al principio los balones eran de badana y tenían una costura externa que se cerraba con cordones; pero poco después aparecieron los de reglamento: cuero, costuras internas y válvula. Una joya que había que cuidar con mimo porque morían cuando se rompían las costuras (tenían arreglo, los zapateros podían recomponerlos, pero era complicado) Para evitar eso había que untar todas las uniones con grasa. Los fanfarrones decían que ellos aplicaban grasa de caballo, pero eso costaba dinero y no debía ser verdad. El pueblo llano, la mayoría, utilizaba sebo de vaca que regalaban en la carnicería de Ponce, en la cuesta de Genaro Lucas[5]. Los balones untados con sebo olían de una forma especial… El olor es evocador. Muchos recuerdos de nuestra niñez están asociados a un determinado olor y el balón engrasado con sebo fresco es uno de ellos.

Villajovita FC

Era cuestión de tiempo que surgiera un equipo formal de fútbol. Hizo falta, por supuesto, que una persona mayor se implicara y dedicara tiempo y esfuerzos a ese menester. Enrique Rey recuerda que “…el dueño del equipo era Manolo, vivía en mi calle, en las casas de doña Jovita, trabajaba en una gasolinera. Entrenábamos por la noche a la luz de una bombilla, eso era amor por los colores y no cobrábamos. Cuando salíamos al campo nos comíamos hasta las piedras, porque hierba no había”.

Una genuina formación del mejor Villajovita F.C. De pie: Mané, Basurco, Carlos Luna, Juanjo, Salvador Ruíz Borín y Trujillo. Agachados: X, Alfredo Ronda, Juanlu Caballero, Pepito Acosta y Manolo Mora el bota. Este equipo era temible. La foto es cortesía de Salvador Ruiz Borín.

Manolo vivía, efectivamente, por una de las escalerillas que desembocaban en la calle Leandro Fernández de Moratín, y fue capaz de aglutinar a los chiquillos en torno al fútbol organizado (chicos y mayores, todos jugaron de una forma u otra) Por entonces nadie quería sacarnos de la calle para evitar sus peligros, porque la calle no era peligrosa. Dedicar nuestro tiempo a una actividad deportiva y disciplinada no era una terapia ocupacional que evitara malas influencias, era simple y puro amor al fútbol.

Manolo fue el alma de todo aquello: entrenador, delegado de campo, tesorero, gestor y todo lo necesario. Y cuando no pudo dedicar su tiempo, embaucó a un chico mayor que se llamaba Ríos para ejercer de entrenador. Manolo también se las ingeniaba para buscar las equipaciones. Pepito Lorente aún recuerda la emoción de probarse la suya por primera vez. Fue algo muy especial tocar esas prendas con olor a textiles y apresto nuevos. Ocurrió en casa de Manolo, el pantalón era azul y la camiseta roja. En esos equipos jugó casi toda la chiquillería del barrio, y hasta tenían un apodo que recordaba a sus ídolos (Rivilla, Amarildo, etc.) Algunos llegaron a jugar muy bien; Luis el loquillo y Joaquín Virués fueron porteros muy valientes (también jugaron de porteros Mané y Tobalo, pero nadie dice lo mismo de ellos) Luis el loquillo no perdía ocasión para hacer las palomitas típicas de portero. Lo hacía en los montones de arena que había en el llano de Mariquita, delante de la casa de doña Victoria, hermana del tío Asensio, y madre de Marisa y Emilio, y hacía esas paraditas cuando Marisa, que era una belleza de muchacha, se ponía a tomar el aire en la ventana. No tuvo suerte Luis, de haberle visto jugar las personas adecuadas habría podido tener una carrera notable. Era espectacular verle parar balones a media altura.

Y en el campo destacaron Pepito Acosta, José Carlos Varea Rivilla, José Antonio Barrientos Pitoño, Chirri, Delfín y Antonio Trujillo, que jugaron en distintos equipos de ámbito local. Sobre todos ellos destacó Lali, que se dedicó profesionalmente al fútbol de nivel nacional.

Pero la mayoría, para qué vamos a decir otra cosa a estas alturas de la vida, fueron unos mataos… son el caso de Pepe Anita, Enriquito Rey, Chechita, Memín, Mané, Tobalo, Pepito Lorente, y hasta José Ramón López Díaz–Flor, que hizo muy bien el chiquillo en dedicarse al piragüismo.

El llanoII. El barrio en 1960La manzana de Pepe Anita

 

[1] Los Caballero Rey eran Juanlu, Afriquita y Chari.  

 

[2] Los Carrasco Morón eran José María, Rafalito (Fufito) y Rogelia. Hijos de José y Pilar.

 

[3] La polio fue una enfermedad vírica que podía causar cojera permanente, parálisis, y a veces incluso la muerte. Entre 1840 y 1950 fue una epidemia mundial, pero desde que se desarrollaron las vacunas la incidencia ha caído drásticamente.  

 

[4] Los Cordero García eran al menos dos hermanos: Luis y Paco. Su casa estaba junto a la escalerilla que atravesaba las murallas. Vinieron de la Puntilla.  

 

[5] La carnicería pertenecía a doña Antonia Ponce, una de las hijas de doña Jovita, pero todos, incluso sus sobrinos, le decían la tía Ponce, siempre por el apellido.  

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