El alijo de tabaco americano

Miguel Ángel López Moreno [1]

Mi barrio era Villajovita; estaba en Ceuta, y crecía a la sombra de las murallas merinidas -que son árabes del siglo XIV- y terminaba en el arroyo de Fez…


Villajovita, un barrio de Ceuta. Al fondo la playa Benítez. En plano medio el Monte Canca reconvertido en una explanada; la cuesta de Varela y chumberas del arroyo de Fez. Susana salta la comba e Isa Mary bate la cuerda al final de la calle Góngora. Año del Señor de 1965

Al otro lado del arroyo de Fez crecían chumberas hasta el mismo borde de la cuesta de Varela. Y más allá del asfalto se ascendía al Monte Canca, que ya sólo era un descampado, pelado y terroso… que una vez amaneció con unas familias de gitanos itinerantes que lo habían transformado en su campamento temporal. Todos los niños íbamos allí llenos de curiosidad para ver tan exótico espectáculo. Y recuerdo que nos echaban de mala manera a la hora de comer porque los hombres se sentían violentados en su intimidad…

Por entonces nadie sabía que los moros habían llamado a ese regato de agua Arroyo de Fez (donde aún quedaban tortugas, ranas, sapos y culebras), para nosotros era el arroyo de Bacalao porque Bacalao tenía su casa justo donde el arroyo se encauzaba en un túnel angosto que desembocaba en la playa de Basurco, cien o doscientos metros más abajo. Ese túnel era lugar propicio para pecar contra el sexto mandamiento de la Ley de Dios… y tampoco estaba lejos de la iglesia para confesar inmediatamente el tremendo pecado al padre Béjar … ¡si es que uno sentía la culpabilidad del pecado, que de todo había!

Esteban, el de la huerta, que era hermano de Antoñita y Cristóbal —también llamado Tobalo, Cibolo o Cibolilla— solía recolectar higos-chumbos entre el arroyo Bacalao y la cuesta de Varela; y eran unos frutos espléndidos. Los había de pulpa blanca, amarilla, naranja y morada. Los morados eran los más escasos y los más apreciados. El tío los pelaba con una navaja de cachas negras y punta inversa, y parecía inmune a los pinchos…

Recuerdo que un día amaneció el barrio alborotado porque unos contrabandistas habían abandonado un enorme alijo de tabaco rubio americano entre esas chumberas. Y, claro, los más madrugadores se habían jartao de pillar tabaco… hasta que llegaron los guardias civiles y pusieron un poco de orden.

Esteban, el de la huerta, estuvo fumando Chesterfields durante años…


 

[1] Publicado en El Blog del Milano, 4 de junio de 2008

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