Docentes

A finales de los años 50 y principios de los 60 los métodos para mantener el orden y la compostura en la escuela eran herederos de los que se impusieron después de la guerra civil. Posiblemente no es adecuado juzgarlos desde la óptica actual, pero tampoco es cuestión de olvidar. Todo lo que ocurrió en un tiempo es parte indisoluble de la memoria. Seguro que más de un docente añora, tal vez no las formas, pero sí sus resultados. Andrés Gómez, un alumno de los primeros años 50, nos relata en un interesante artículo los métodos que perduraron, con mayor o menor intensidad hasta los años 70[1]:

La disciplina se mantenía con reglas (palmetas), punteros, zurriagos (látigos con tiras de cuero), que servían para poner orden en la clase. Ponían al niño de rodillas en un rincón, daban golpes con la palmeta en la palma de la mano, y en el peor de los casos, en las yemas de los dedos con la misma palmeta. Si al castigado se le escapaba una lágrima, la escena podía servir para que los compañeros se mofaran del “llorica”.

Lo mismo que Pepito Acosta, la primera escuela de servidor estaba vinculada a la iglesia. En este caso fue un colegio de monjitas. Era importante rezar cada mañana antes de comenzar cualquier tarea, ya hemos dicho que por entonces no era concebible una moral al margen de los dictados de la iglesia católica. Luego nos enseñaban las primeras letras y a leer. A los niños que no aprendíamos las letras –porque éramos así de cortitos o porque acabábamos de llegar– nos relegaban a la última fila y encima nos decían que el demonio estaba por allí, por el fondo de la clase, donde la luz se amortiguaba y las voces llegaban apagadas. Servidor estuvo aterrorizado una temporada. Sentía la presencia física y real de Lucifer detrás de mi cogote. Y así pocas letras servidor podía aprender… de aquellos polvos, estos lodos.

Dicen los psicólogos que el proceso de evolución mental del ser humano necesita potenciar la fantasía, la creatividad y la imaginación. Que los niños perciben realidad y fantasía en el mismo plano de existencia. Por eso, durante un tiempo, la línea que divide la realidad y la fantasía es tan frágil que a veces la fantasía inunda la realidad del niño. Aprender a discernir una u otra es algo que se logra poco a poco, ¡y pobre de aquel que no lo consiga! En consecuencia, durante un tiempo, Caperucita, el Lobo, Sacamantecas, ángeles, el ratoncito Pérez, duendes, demonios, el hombre del saco, los Reyes Magos y otros varios, fueron personajes tan reales como el tendero de la esquina. Por tanto, la existencia y la presencia del demonio era real y tangible a poco que se insistiera en ello. Y eso hacían monjitas, curas, maestros, y muchos padres y abuelos. Es decir, nuestros mayores –la mayoría de las veces inconscientemente–, en lugar de intervenir en el momento oportuno para que pudiéramos discernir un pensamiento racional de una fantasía, apoyaban la intervención del demonio en nuestras vidas. Cierto que nos ayudaban a encasillar los cuentos, mitos y leyendas entre las fantasías, ¡pero no en el caso del demonio! Porque, al fin y al cabo, desmentir su existencia era negar la revelación divina y la tarea de Jesucristo, que se encarnó y murió para vencer al demonio y liberarnos de su dominio. Así que Lucifer existía en la realidad diaria y tangible de algunos niños; y los misterios, esas situaciones salpicadas de fantasía, eran apasionantes y cercanos.

La Puerta del Infierno.

Chari Lara recuerda que en el portal de su casa había una puerta que jamás se abría. Y nadie, ningún vecino de los que vivía en su edificio, conocía qué había detrás de ella. Es más, ¡no podía dar a ningún sitio, era una puerta imposible! ¿Por qué entonces la pusieron allí? El misterio estaba servido y la chiquillería de los alrededores metía por la cerradura, o por las hendiduras de la puerta, papelitos escritos con promesas o deseos secretos, como si de un Muro de las Lamentaciones se tratara. Hasta que corrió entre los niños la especie de que era una puerta al infierno, y que si escarbaban al final de la calle, en un trozo sin adoquinar, muy cerca de la puerta, encontrarían una entrada al mismísimo averno. Y escarbaron, por supuesto. Cuenta Chari que cuando encontraron una piedra rojiza, alguien dijo que era la espalda del demonio, y la estampida fue instantánea. Todos los niños, aterrorizados, se escondieron en la seguridad de su casita, al amparo de mamá, que papá siempre estaba fuera, trabajando.

Caperuza de burro.

Pero volviendo al colegio, dos años después, cuando la presencia de varón de siete años se convertía en algo turbador para las monjitas y sus niñas, mi padre me apuntó en un colegio de reverendos sacerdotes, recia institución varonil. Los curas no se andaban con remilgos. Si las monjitas utilizaban métodos psicológicos –como invitar al demonio a la última fila– ellos actuaban físicamente. Al margen de la labor educativa –o tal vez como complemento–, solían dar capones con el nudillo del dedo corazón en la tierna cabeza de los alumnos de siete y más años. A veces tiraban de los pelos de las patillas hacia arriba hasta levantarnos del suelo, y al caer aplicaban los capones. No dejaba señales, y dolía mucho durante un rato. Y al parecer se nos debía olvidar pronto porque toda nuestra obsesión era correr detrás de los curas vestidos de negro, con esa gran capucha en la espalda, para besar el extremo de un cinturón de cuero que les colgaba de la cintura.

Peor humillación era el castigo de la caperuza de burro. La colocaban en la cabeza del niño travieso –o del que no se aplicaba suficientemente–, y lo subían en la tarima del maestro, delante de todos, para escarnio público. Los niños nos reíamos a placer y sin remordimientos de la pobre criatura, porque si el cura-maestro lo pedía debía ser algo bueno y respetable. Al fin y al cabo, el sambenito de la Santa Inquisición también era algo bueno y respetable.

Simplemente, nuestros mayores querían disciplina, los maestros la aplicaban con su beneplácito, y nosotros la recibíamos. Responsabilidad compartida. Serrat nos lo dejó dicho hace poco, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

Y antes de llegar a Villajovita, mi padre me apuntó a una academia que había por la Maestranza. Él no concebía que un niño pasara el verano sin asistir a clase. Fue su política toda su vida. Y cuando se terminaba un curso, había que preparar el siguiente durante las vacaciones. En esa academia de Maestranza había una maestra que no pegaba capones, ni bofetadas, ni castigaba de rodillas con los brazos en cruz, lo que hacía con maestría era pegar con una regla sobre la palma de la mano o sobre la yema de los dedos reunidas en un punto. Servidor recibía todos los días un castigo notable, porque a servidor ese verano no le dio la gana llevar un lápiz al colegio hasta que pasaron dos semanas. Y con las manos calentitas por la regla de aquella señora, nos mudamos a Villajovita.

Don Francisco Canto y Aníbal.

Según sus miras, Miguelín, mi padre no esperó a que empezara el curso académico. Al día siguiente de llegar a Villajovita, en junio de 1960, ya se había enterado de lo que había en el barrio y me llevó con él a la escuela de don Francisco Canto Córdoba. Servidor recuerda la entrevista; fue una cosa entre personas mayores. Entre el jolgorio de niños y el trino de los canarios –don Francisco era un amante de los canarios y los criaba en la propia escuela– el maestro explicó cómo era un día normal en su colegio, las cosas que nos enseñaba (caligrafía, cuentas, lectura, cultura general); habló de la Enciclopedia Álvarez, el entrañable libro que compendiaba todo el saber necesario para un niño de aquella España y, supongo que también hablaron de la disciplina.

Don Francisco era un maestro amante de la disciplina. Siempre recordaré cómo le gustaba relatar las victorias de Aníbal sobre Roma en la Segunda Guerra Púnica, y cómo se las ingeniaba para llevar el ascua a su sardina. Se detenía en relatar con detalle el paso del ejercito cartaginés por los Alpes. Era un ejército de casi cien mil hombres y numerosos elefantes, pero sufrió muchas bajas a causa de la furia de los elementos y del acoso de tribus enemigas. En ese punto el maestro lanzaba una pregunta: “¿Cómo superaba Aníbal todas las adversidades?” Y, después de una corta pausa, se respondía él mismo: “¡Con disciplina!” Luego hablaba de las cuatro derrotas consecutivas que infligió a las poderosas legiones romanas en Tesino, Trevia y Trasimeno; y la definitiva en Cannas. Todas ellas conseguidas gracias al genio de Aníbal “…y a la ejemplar disciplina de su ejército”. Entonces don Francisco llegaba al meollo de su historia, y decía: “…y cuando Roma estaba a sus pies, derrotada y exánime, cometió el fatal error de acampar durante 12 años en el sur de Italia. ¿Y qué pasó entonces? –aquí hacía otra pausa magistral– …que ya nunca volvió a derrotar a Roma porque el ejército, acostumbrado a la vida fácil y cómoda, se le había in–dis–ci–pli–na–do”. Y terminaba su explicación con un rotundo corolario sobre la importancia de la disciplina en todos los aspectos de la vida. Nunca he olvidado a Aníbal gracias a él. Y con el paso de los años he acabado comprendiendo sus rotundos corolarios.

El objetivo de la escuela era aprobar el ingreso al instituto con diez años. Servidor cree recordar que casi todos los niños del barrio estaban escolarizados, y que casi todos llegaban, por lo menos, al nivel de ingreso. En ese aspecto Villajovita estaba bien dotada porque existían colegios y academias suficientes para atender las necesidades de niños que venían de barrios cercanos; pero, sobre todo, porque nuestros padres tenían la predisposición necesaria.

Manolito Señor Herrera en el colegio de don Francisco Canto. Año 1965. La foto es cortesía del mismo Manolito. (¡Otra vez cogiendo un taquito de hojas del libro!)

La de don Francisco (que al final quedaba simplificado a Dacisco) era una escuela unitaria, como casi todas las de entonces. Tenía un gran ventanal en la parte izquierda, que daba al huerto de Chechita, con su inmenso peral. Las bancas aún tenían colocados los tinteros de plomo que sirvieron para mojar los plumines, pero ya no se usaban. Nosotros tuvimos lápices, plumas estilográficas y hasta bolígrafos. Allí, en jornadas de mañana y tarde, convivimos niños de diferentes edades e intereses académicos. Cuando los niños iban ingresando en el instituto, lo normal era que nuestros padres, si las condiciones económicas lo permitían, nos obligaran a asistir a las clases particulares. Así que, después de la doble jornada en el instituto, había que regresar raudos a casa, comer un bocadillo de margarina Melange, o pan con chocolate Pierrot o Maruja, o un hoyo de leche condensada; y seguidamente recibir las clases de don Francisco, de don Paquito, don José Acosta, don Juan o don Modesto. Aunque solo fuese para estar dos horitas delante de los libros, fue beneficioso.

Por las tardes, cuando el colegio de don Francisco se llenaba de bachilleres, el ambiente era distinto, entre otras cosas porque convivían chicos y chicas de cierta edad, adecuadamente separados, no revueltos. Ellos, en las bancas de la derecha. Ellas, según recuerda bien la inquietante Rosi Sentís, en la izquierda. Don Francisco nos avisaba todos los viernes de la misma forma: “Mañana, sábado. La clase a las cuatro”. Hay olores que evocan un lugar. Hay músicas que despiertan un sentimiento. Y hay frases que nos hacen cómplices de una situación. Hoy día, al cabo de cuarenta años, cuando Rosi dice: Mañana, sábado… Pepito Lorente responde sin pensar: la clase a las cuatro. Sonríen y recuerdan a su maestro.

En esas clases de don Francisco Canto, durante el verano del 66, coincidí con Mari Lesmes Castelar. Yo había suspendido las matemáticas de 5º y el maestro nos ponía cada día numerosos problemas –entre otras cosas aprendí para siempre que ‘hallar’, de encontrar, se escribe con ‘h’ y con ‘ll’– y consiguió que se me encajaran las neuronas porque al final del verano, conforme iba dictando un problema, servidor visualizaba la solución. Era algo automático, no tardaba ni un minuto en entregarle la solución… y Mari Lesmes, más bien de letras la mocita, se me quedaba con la boca abierta, y con cara de pocos amigos –por dejarla en evidencia tan abiertamente–, decía: ¡Y este niño! ¿Cómo puñetas es posible?

El niño de los huesos.

Recuerdo muy bien que don Francisco Canto me trataba de un modo especial y me dejaba hacer cosas que a otros niños no les permitía. Por esos años, a principios de los 60, me entusiasmaban los huesos y llegué a tener una colección preciosa de huesos de animales que iba encontrando por las huertas y campos. Esencialmente era una colección de cráneos de perro, gato, conejo, gallina, rata, ratón, lagartijas, etc. El cráneo de la salamanquesa era una delicadita filigrana de hueso; me encantaban las mandíbulas inferiores de rata… En realidad, me pasaba buena parte del tiempo husmeando olores de bichos muertos, y cuando encontraba algún perro, conejo o gato lleno de gusanos, escondía el cadáver ¡no fuera a ser que alguien se lo llevase! Y al cabo de un par de semanas, cuando los gusanos habían terminado su trabajo y dejado completamente limpio mi cráneo, lo recogía, limpiaba someramente y listo, para el armario de mis huesos. Un armario que, la verdad, era mejor mantener cerradito porque desprendía un aroma que a mi santa madre no le terminaba de gustar… y me lo recordaba constantemente. Mariquita (Mª Ángeles Gómez Picaso) era mi secretaria en estos menesteres y todos mis amigos me ayudaban a husmear por las huertas. Y para aprender un poco más, como complemento a estas labores de campo, me llevaba a la escuela de don Francisco un enorme tomo de enciclopedia para mirar huesos y esqueletos de animales[2]. En lugar de hacer las tareas que debía, como todos los niños, yo leía el mamotreto… ¡y el maestro me dejaba! Recuerdo que al cabo de un tiempo me dijo con mucha delicadeza que no lo llevara más, que era un libro muy bueno y que se me iba a deshojar. Fue así de cuidadoso y atento conmigo.

Mi colección de cráneos se acabó cuando encontré el de un burro. Era un cráneo enorme y precioso. Y un día, cuando mi madre abrió el armario para cualquiera de sus cosas vio que de los alvéolos de los dientes salían gusanos enormes. Entonces me los tiró todos. No tuvo compasión. No atendió a mis súplicas. Mi padre, defensor secreto de mi causa, no encontró argumentos razonables para oponerse a la aplastante lógica de mi santa madre. ¡Hubo que fastidiarse!

A Pepe Anita le quemaron sus tebeos sin misericordia –más adelante veremos por qué–, y a servidor le tiraron los cráneos a la basura sin contemplaciones. ¡A estos mayores no había quién los entendiera!

Mi princesa SigridCap. VIISiniestro de cuna…

 

[1] “Miradas retrospectivas (II)”. Andrés Gómez Fernández, “El pueblo de Ceuta”, 8 de Octubre de 2005.  

 

[2] Era “La Vida”, el tercer tomo de la Enciclopedia Labor que mi padre estaba comprando a plazos.  

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