…de cómo robábamos el fuego a los dioses del Olimpo

Robar en la huerta de José el de la huerta, que no era de José el de la huerta, era como robar el fuego a los dioses en el tallo de un hinojo, sólo que no esperábamos que Prometeo lo hiciese por nosotros y así íbamos descubriendo ese fuego experiencia tras experiencia.

De tal manera que una pelota que rueda tiene dos caminos posibles que tomar: Calderón de la Barca hasta la placilla, o la huerta de José el de la huerta. Y aquella pelota rodó en dirección al arroyo bacalao hasta que el castaño de la huerta la detuvo.

̶  “En el castaño hay un hombre así, muy tieso y muy blanco

Y los pájaros de la huerta de José el de la huerta no pertenecían al territorio de la huerta, pero allí acampaban disputando dicho territorio a los niños de Villajovita y de esa disputa –en una especie de emulación trófica- nació la costumbre de cazar pajaritos en la que todos los niños de Villajovita participaban con mayor o menor pericia.

Éramos jóvenes, muy jóvenes, tanto que la pubertad seguía en el horizonte de nuestras vidas y sin embargo éramos presa de la llamada de las feromonas, o de la curiosidad, o de los caminos que para él y ellas se abrían en ese horizonte.

El recuerdo, no por diáfano, tiene que ser cierto, pero ante mí se abre la nitidez de un espacio cuadrado, rectangular tal vez, todo cercado de un cañaveral que hacía de ese espacio un lugar estanco. Todo excepto una pequeña esquina por donde se entraba… y por donde uno se veía obligado a salir. Y allí, en lo más alto de las cañas, se encontraba el carrizo, verdadero fuego de Zeus, primorosamente envuelto en un bello plumón que habría de despojarse antes de que carrizo y chorlitos, chorlitos y carrizo formaran una unidad indisoluble bendecida por el mismísimo Ares.

Y desde allí partía la carrera, huyendo de José el de la huerta y, al mismo tiempo, oyendo el ruido tan enorme de tan escasa agua y dentro del ruido del agua otros ruidos, otros grandes y muchos sonidos de todos los fantasmas que se escondían detrás de aquellos ruidos que dibujaban en mi particular imaginario un rosario de bestias.

…Y aquel castaño, justo el castaño hacia el que rodó la pelota; el mismo castaño que de manera obsesiva enraizaba en la cabeza de Rafi, nos ofrecía su fuego en forma de erizos en cuyo interior parecía estar la esencia misma del fruto prohibido.

En pocos minutos, la huerta de José el de la huerta, se convirtió en un acontecimiento mediático de gran magnitud, donde confluyeron todas las fuerzas vivas del barrio –cruel paradoja- e incluso gentes extrañas de allende las murallas Merínidas… que terminaron por destrozar la plantación de cebollas que José el de la huerta había plantado en las inmediaciones del castaño de una huerta que no era suya, pero que le dolía tanto como si lo fuera.

Pepito –cazador experto de alcaudones- solía distribuir sus trampas bajo el castaño, lugar altamente adecuado según Pepito, por la situación en pendiente del terreno, que hacía que cayeran un buen numero de alcaudones, cuando no, una pelota extraviada.

¿Por qué la realidad se parece a veces tanto a la ficción? o ¿Por qué las fantasías de adultos se parecen a veces a los juegos infantiles?

Quiso la fatalidad que aquel día, en un último intento por alcanzar el deseado carrizo, Aquilinin quedase sólo en aquel espacio cuadrado, rectangular tal vez, todo cercado de cañas y con una única salida… obstruida por José el de la huerta. La embestida, como si de un forcado portugués se tratase, la realiza avanzando hacia José el de la huerta, templando sus pasos con un contoneo no exento de chulería, hasta que se produce el embroque, que es templado, sin brusquedad y que permite pasar al niño entre las piernas de su captor, en veloz huida en paralelo al arroyo bacalao.

Era como si adentro o debajo del arroyo sonara otro arroyo, en el que se oían voces, o susurros y cantos de gentes y gritos; o música como distante y de acentos bellísimos. Y oían rebuznos de burros, gallos que cantaban, mugidos o llantos y en fin, infinitos sonidos, de misteriosos habitantes, de raros seres que vivían debajo de la tierra. Eran seres tremendos, aquellos que acompañaban la carrera junto al arroyo bacalao; eran muy extraños porque no tenían ninguna forma de animales, de gentes o de cosas, sino nada más que sonidos, a los que se suma el sonido de la lluvia, casi al final de la carrera que termina, jadeante, cuando el arroyo abandona definitivamente la huerta y el espacio se abre a una lluvia sofocante y entre ese sonido le llega una voz que le invita a jugar bajo la lluvia.

La tentación era grande y era necesaria una operación de comando para sustraer un buen puñado de erizos, sin dar tiempo de reacción a José el de la huerta. Y esa operación se hizo; rápida, limpia y estratégicamente bien planeada para que en tiempo record los participantes y su botín estuvieran a salvo de Zeus en la llanura del Monte Canca.

El amor, ya se sabe, es cosa de dos o de tener buena mano. Y Rafi –que no entendió que el desamor también es cosa de dos- no debió tener buena mano, a pesar de su trabajo de mecánico,  si no, no se comprende que pasease por el barrio exhibiendo aquella soga de película del oeste y el pelo tirante engominado de brillantina. Nadie pareció tomarlo en serio, hasta aquel fatídico día en que la pelota rodó hasta los mismísimos pies del castaño, donde Rafi –después de prender en su solapa una nota explicativa- se colgó de aquella soga de película del oeste.

Nunca pensó Pepito que pudiera haber tanta diferencia entre el cadáver de un alcaudón atrapado en una de sus trampas y aquel cadáver de un hombre joven, repeinado con brillantina, que colgaba de una rama con una nota en la solapa.

Dicen que aquel año –como venía siendo habitual- el castaño dio sus frutos y que éstos se caían al suelo porque no había dios que se acercara a recogerlos.

Cazador noble, que al oír los tiros, recogió sus capas y se pegó el piro. Abandonó sus trampas y salió a escape, refugiándose en el cuartito que tenía al lado del gallinero de su casa. Pero no dijo nada a nadie y sólo más tarde, cuando la algarabía mediática, se sumó al gentío que destrozó las cebollas que había plantado José el de la huerta.

Y desde aquel día Pepito, realizando un cerco mental de alrededor de 30  metros, dejó de poner trampas debajo del castaño…

El caso es que tocó hacer de médico, de enferma, de enfermera, o tal vez de enfermo y enfermeras… No lo recuerdo con exactitud, ni tampoco es importante el recuerdo. Sí que recuerdo que tocó tocar, explorar, sentir, gozar de una experiencia a la sombra del algarrobo como único testigo.

Y luego, al resguardo de la lluvia, oyendo el dulce sonido del agua, sintiendo el olor de la tierra empapada y en el olvido de los otros sonidos, está ella, mojada, empapada de olor tibio de lluvia y sintiendo cada fría gota que toca mis manos y, de repente, cuando todo está húmedo, cuando el ruido de la lluvia se hermana con la humedad de los vientres, caen las últimas gotas… y la magia se desvanece.

…al final del Arroyo Bacalao, al resguardo de la lluvia…
En la foto, Carmen Mari Pendás y Pepi Navarro.
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