Cohetes, escarabajos y astronautas

Pues, con el asunto de la pólvora, por culpa de Pitoño y demás malhechores pirómanos, pagábamos justos por pecadores porque servidor se dedicaba solamente a fabricar cohetes, y no pretendía sobresaltar a nadie. El problema era que solían explotar en vez de volar.

Entonces no teníamos al alcance libros que hablaran de estas cosas. El punto de partida fue saber que cualquier fuerza en un sentido genera otra en sentido contrario, y que ese es el principio que hace volar a los cohetes. Es decir, el fuego y los gases que salen por la tobera impulsan al cohete en sentido contrario. Vale. Por los periódicos sabía que los cohetes de verdad, desde la V–2 de Werner von Braun, hasta el Titan–II, usaban oxígeno líquido como comburente y alcohol, keroseno, hidracina, o hidrógeno líquido como combustible. Pero servidor sólo tenía clorato potásico de la farmacia, azufre de Maritere y azúcar sisada a mi madre, y tubos de aluminio de unas pastillas efervescentes de vitamina C –los tubos de puros también eran muy buenos–. Pero explotaban en vez de volar.

En realidad, los que volaban eran los volaores, estos cohetes casi nunca volaron, fueron simples petardos de cloratita… pero se intentó.

Yo atribuía el problema a que no calculaba bien el diámetro de la tobera, es decir, si dejaba una salida de gases muy estrecha, el tema explotaba… y si era demasiado grande, el cohete ardía sin conseguir el impulso necesario. Desde luego, era mejor que ardiera en la base de lanzamiento porque el espectáculo de furiosas llamaradas azules y anaranjadas estaba garantizado. A las niñas les gustaba más que la explosión… y, por tanto, a servidor también. Ensayé numerosas composiciones de pólvora, hice mezclas húmedas con alcohol para conseguir más uniformidad en el mortero de madera; con clara de huevo o goma arábiga para construir una masa de pólvora consistente e indeformable; con cáscara de naranja seca y triturada con clorato, etc. Y en estas tareas me ayudaban los amigos. Servidor recuerda una tarde que intentábamos soldar dos latas de leche condensada Las Cuatro Vacas. Se trataba de componer el fuselaje de nuestro próximo cohete. Pepito Lorente[1] sujetaba las latas y servidor ponía el estaño y el soldador al rojo sobre la unión, tal y como veía hacer a mi padre. Pero la gota de estaño líquido no se quedó donde debía quedarse y rodó buscando el dorso de la mano de Pepito. Menos mal que el niño, además de buen dramaturgo y organizador, tenía reflejos de lince, y sacó la mano justo a tiempo. De no haber sido así aún se acordaría de servidor.

Pero, a pesar de todos los ensayos, lo que conseguía no eran cohetes, eran vulgares petardos de cloratita. Y la culminación del proceso ocurrió con un cohete que lanzamos en Benzú. Bueno, lo de lanzar no es correcto porque la explosión sacó al retén de guardia del cuartel de Regulares para buscar a los gamberros (terroristas todavía no existían)… y la Guardia Civil nos quiso llevar al cuartelillo cuando Hermy Vicente, prima de servidor, explicó al cabo de la benemérita que la cosa había sido un simple error: queríamos que el cohete llegara a la Luna, pero explotó. Y, claro, el hombre, con toda la razón del mundo, pensó que Hermy le estaba tomando el pelo y se enfadó muchísimo.

Los escarabajos de Jesusete.

Nunca hallé el truco: una perforación cilíndrica a todo lo largo de una carga rígida de pólvora. Con eso habría conseguido que volaran… Pero no me importó, el tiempo de los cohetes fue apasionante porque no sólo era fabricarlo, también había que adiestrar a los escarabajos astronautas. Servidor nunca ha visto bichos tan resistentes como esos. Luego, cuando nos dijeron que después del invierno nuclear, los únicos supervivientes del planeta serían las ratas y las cucarachas –al fin y al cabo, parientes de los escarabajos– me lo creí.

Los tripulantes de mis cohetes eran esos escarabajos peloteros que había por cientos en los huertos de Villajovita. Durante muchos años he creído que servidor era un verdadero sádico porque me gustaba arrancar de cuajo, por simple tracción longitudinal, la cabeza del resto del cuerpo del bicho. Salía un viscoso cordón blanco que ahora recuerdo como repugnante. Y a estas alturas de la vida he descubierto que Aquilinín hacía lo mismo. No es que eso amortigüe mi culpa –hay que reconocerlo, uno era entonces un sádico inconsciente– pero consuela saber que no era el único y que el puñetero Aquilinín encima corría detrás de las niñas asustándolas con el cordón gelatinoso de los escarabajos descabezados. De todos modos, peores eran Yaye y Luis Hernández de Loma que les clavaban en el lomo un par de cerillas, les amarraban la caja y hacían carreras con ellos. Sin embargo, en el asunto de escarabajos descabezados, la palma se la llevaba Jesusete (comparados con Jesusete, los que se comían las moscas en el colegio de Paco Canto eran damiselas) Este niño –según recuerdan muchos contemporáneos– también arrancaba de cuajo la cabeza de los escarabajos; hasta ahí normal, ¡pero es que el chiquillo chupaba el cordón gelatinoso y el interior del caparazón como si se tratara de la cabeza de una gamba! Las niñas salían corriendo despavoridas, y el niño detrás de ellas, sorbiendo con fuerza para se oyera. Claro, viendo al Jesusete del siglo XXI, uno comprende y acepta que es verdad: lo que no mata engorda… sin duda.             

Mis escarabajos astronautas eran sometidos a un duro entrenamiento para que superasen las varias “g” de gravedad que alcanzarían en el lanzamiento. Aquilinín piensa que esto sí es sadismo porque era hacerlos sufrir innecesariamente, mientras que lo suyo (descabezarlos por tracción) era una muerte violenta, vale, pero instantánea. Sin embargo, se equivoca porque los pobres bichos, aún sin cabeza, seguían moviendo sus patitas en un postrer intento de escapar…

¿Cómo se entrenaban para superar la aceleración? Centrifugándolos manualmente. Los metía en una caja de cerillas en el extremo de un cordel y me pasaba tres días dándoles vueltas. Sobrevivían perfectamente.

Debían acostumbrarse a la sobrepresión atmosférica y al vacío exterior. ¿Cómo? Los colocaba en el fondo de una gran jeringuilla de vidrio, y con el pitorro cerrado, empujaba el émbolo para someterles a alta presión. Y viceversa, tiraba del émbolo para bajar la presión drásticamente. Yo había leído que los líquidos podían hervir a temperatura ambiente cuando la presión se acercaba al vacío, y tenía la secreta esperanza de que algún escarabajo saliera hirviendo dentro de la jeringuilla… pero nunca ocurrió. Todos sobrevivían perfectamente.

Debían acostumbrarse al frío y al calor del espacio exterior. Por tanto, los sometía a un baño maría –el bicho dentro de un tubo de Okal sumergido en agua hirviendo– y posteriormente los dejaba una tarde en el congelador del frigorífico de casa, entre los polos que el tío Asensio nos pasaba para que se congelaran. Sobrevivían perfectamente, pero a veces, cuando mi santa madre encontraba aquello en la nevera abortaba la experiencia sin consultarme ni nada.

Sobrevivían a todas las pruebas. No había manera de rechazar a ningún candidato. No morían en el proceso de selección, ¡ni hablar! Pero luego, colocados en el cono del extremo del cohete, después de la explosión desaparecían sin dejar rastro, los muy desagradecidos.

El portón de ChirriCap. IIILa primera tele del barrio

 

[1] Los hermanos Lorente García eran tres: Pepito, su melliza Mari Carmen (Meli) y la pequeña Maribel; hijos de Pepe y Catalina. Vivían al final de la calle Menéndez Pelayo, casi en la huerta de José.  

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