Asomado al Monte Canca

Aquilino Melgar

Hay un niño asomado en el extremo del Monte Canca, con la mirada perdida y orientada a un punto de la Playa Benítez

Lleva bañador, porque regresa de estar junto a ese punto de la Playa Benítez que la distancia, y una lágrima que comienza a resbalar por su mejilla, convierten en diminuto.

No sabemos que piensa ese niño que ni siquiera aún se ha asomado a la adolescencia y ya anda asomado en las alturas del Monte Canca con la mirada perdida en un punto.

¿Acaso puede ser amor?

-No sé… es un recuerdo…, difuso, pero al mismo tiempo certero de que algo especial hubo de tener aquella vieja historia del chumbo y la ratita…

El caso es que dicha historia, como si de una nube de amenazante agua se tratase, queda, como tantas otras, suspendida a una altura que no resulta sofocante para los vecinos del viejo barrio, abarcando con su superficie un recorrido que partiendo desde la mismísima Playa Benítez, asciende, como su de una lengua bífida se tratara, por lo escalones de Leandro F. Moratín y, al mismo tiempo por el barranco arriba dejándose guiar por los apoyos que cientos, miles de pies, han ido horadando, con el paso de los años, a través de simples chancletas o recios zapatos Gorila.

Alcanza así la altura del barrio efectuando una pinza que se cierra desde el llano de Mariquita y desde el propio barranco, de tal manera que al unirse forma un frente térmico que abarca en todo su ancho, desde la mismísima huerta de José, hasta el eje de Calderón de la Barca y de esta forma ir avanzando hacia arriba, ocupándolo todo hasta su llegada al llano donde, si no procede realizar ninguna descarga, da media vuelta, convirtiéndose en un masa más estrecha pero de considerable longitud, que toma Lope de Vega hacia abajo, se abre en un postrero requiebro hacia la zona de la escalerilla, para finalmente agruparse en la zona de la tienda de Morant e iniciar un sosegado descenso por Genaro Lucasla placilla… Y terminando por adentrarse, entre los transparentes, hacia la  Playa Benítez, emplazamiento natural de cualquier nube de amor que se precie.

Nunca los habitantes del barrio se han sentido amenazados por esta nube que derrama, en realidad, lágrimas de recuerdo y que al ser depositadas en el suelo forman, de manera perfecta, la figura de un anillo.

El anillo es guardado por la Princesa entre sus manos.

-¿Me das tu amor?

Tal vez hubo algún ¡calabazón!, pero el recuerdo siempre le lleva a la misma respuesta:

-¿Por qué no?

Y ese niño, asomado al balcón del Monte Canca, nunca olvidará y seguirá amando el recuerdo de quien fue su primer amor y el lamento de un te quiero que de su boca jamás salió.

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