Aquilino Melgar Sánchez

reflexiona en el acto de presentación
…de por qué somos felices mirando al pasado.

De manera oportuna Juan Antonio Mancilla recordó en el foro una cita de Kierkegaard: “La vida sólo puede ser comprendida mirando hacia atrás; mas sólo puede ser vivida mirando hacia adelante.”

Así que nadie busque la felicidad intentando volver al pasado. Vivir hacia atrás, como decía Kierkegaard, resulta imposible; no podemos rebobinar el tiempo; es sólo una quimera, un mecanismo defensivo que huye de la realidad; un escape que conduce a cualquier parte donde evidentemente no se encuentra la felicidad. Es lo que la psicología llama regresión, y si buscamos de esta manera la felicidad estaremos condenados a perdernos en un laberinto de emociones que harán aflorar la nostalgia, comprobando, tal vez, lo felices o infelices que fuimos en ese pasado, pero que no nos hará felices en el presente, porque mientras nos dedicamos a ese empeño imposible, dejaremos pasar la oportunidad de descubrir cosas que sólo se encuentran cuando nos hemos hecho mayores. No son ni mejores ni peores. La mayoría de las veces son las mismas cosas vistas con esos mismos ojos que ya vieron entonces, pero desde la amplitud de una mayor experiencia.

La pregunta, que mucha gente se ha planteado en el último año, resulta evidente: ¿por qué?, ¿cuál es la causa de que personas adultas, maduras -en su punto, diría yo- se sientan felices, de una manera tan desbordante, tan exagerada y tan cómplice, volviendo la vista al pasado, con esa especie de nostalgia regresiva?

Seguramente, al igual que Mario Lago, hicimos un acuerdo de coexistencia pacífica con el tiempo: “ni él me persigue, ni yo huyo de él, un día nos encontraremos”

Y ese encuentro se produjo, de una manera profundamente emotiva: “…cuando me encaré con la página de Milan, no pude contener las lágrimas, era demasiada emoción, los recuerdos se atropellaban”, nos dice Pepe en su proemio, y muchos podemos identificarnos con estas palabras.

Y lo que a mi modo de ver ha sido tremendamente singular es que ante el Ubi Sunt de Milan, ante ese “dónde están…qué habrá sido de…”  que todos nos hemos preguntado alguna vez a lo largo de nuestra vida, pero que sólo él tuvo la feliz idea de lanzarlo a la Red, hemos actuado con agresividad. Entiéndase el término de la única manera que no resulta conflictivo. Es decir, agresión frente a regresión; ir hacia adelante en lugar de volver hacia atrás. Dicho de otra manera, no hemos cometido el error de querer regresar al pasado, sino que hemos ingresado nuestro pasado en nuestro presente que, de forma irremediable lleva una dirección unida al paso imparable del tiempo.

Y ello ha sido posible, tal como lo entiendo, por el acomodo de ese tiempo, que ya no puede ser, de ese tiempo que definitivamente no se puede alcanzar, en un espacio donde podemos manejarlo gracias a la evocación conjunta de nuestros recuerdos. Pero ese espacio no sólo ha sido recreado de una manera virtual, sino que también ha sido físico, real, tangible y tan sólido como las páginas de este espléndido regalo que componen nuestras «Crónicas». De tal manera que en el espacio virtual nos hemos vuelto a encontrar, y evocar; y en el espacio físico hemos hablado, mirado, tocado…; hemos palpado los  surcos que el tiempo ha marcado en nuestra piel; nos hemos emocionado…y hemos comprendido que YA NOS CONOCÍAMOS… Y eso nos ha hecho felices.

Y nos ha hecho felices porque nos hemos dado cuenta de que las hojas son muchas pero la raíz es única; que teníamos mucho más en común de lo que imaginábamos. Y porque nos ha hecho comprender mejor lo que somos, como resultado de lo que fuimos: de nuestros sueños, de nuestros éxitos y de nuestros fracasos…, ayudándonos a entender de donde venimos, cuáles eran nuestras ilusiones, nuestros miedos, nuestras esperanzas… y cuáles fueron nuestros primeras experiencias. Y cómo el tiempo ha pulido estos recuerdos hasta dejar el poso de una memoria común que nos satisface. Y eso, insisto, nos ha hecho felices.

Y esa memoria común nos ha hecho entender mejor el “ahora” con la aceptación de lo que cada uno es junto con los demás, lejos de actitudes comparativas y muy próximas en actitudes solidarias y sentimientos compartidos. Sólo nos ha costado entender, y sirvan estas palabras de sincero homenaje a ellas, por qué algunas personas no dispusieron del tiempo necesario para poder disfrutar de estos momentos.

Creo, que el hecho de que, aún habiendo recorrido caminos tan diversos, hayamos sabido reconocer e incorporar tantas cosas comunes en el origen de nuestras vidas, y que lo hayamos hecho de manera tan viva, recociéndonos en lo que fuimos y aceptándonos en lo que somos, es parte de lo que hace de esta experiencia algo tan única, tan singular.

El protagonista de la última novela de Umberto Eco es un hombre que, después de un accidente vascular, se encuentra que ha perdido la memoria. Pero no la memoria de todos los datos enciclopédicos que ha ido acumulando a lo largo de su vida, sino sólo la memoria episódica, la memoria que está ligada a los sentimientos.

¿Podéis imaginar, niños y niñas de Villajovita, semejante tragedia? No recordar las emociones de la infancia; no poder recordar nuestros miedos, nuestros héroes, nuestras ilusiones; no recordar nuestras primeras amistades; no recordar nuestro primer amor… Y lo que es aún peor, pensar, por no recordar, que tal vez nadie nos tenía como amigo o que tal vez nunca tuvimos ese primer amor…

Por ese privilegio, por esa capacidad no perdida de poder recordar nuestras emociones primeras, hoy somos felices.

Pero no olvidemos que recordar no es un mero lujo. Es un trabajo en el que de manera colectiva y agresiva nos hemos embarcado con la ilusión de los niños y niñas que un día fuimos. Y  en ese trabajo no nos hemos olvidado de lo que representaron nuestros mayores en todo aquello que hemos reconocido como experiencias comunes. Por eso nos sentimos felices rememorando a nuestros padres, a nuestros abuelos, que fueron, sin lugar a dudas, el caldo donde se cultivó nuestra manera de empezar a entender la vida, y que han dado como fruto el orgullo de pertenencia al barrio y nuestro deseo, como bien dice Paco en su proemio, de devolver a cuantos nos precedieron una mínima parte de lo que hicieron por nosotros.

Cada uno de vosotros, cada una de vosotras tendrá una experiencia singular. Yo me fui de Ceuta hace 40 años y desde entonces vivo en Málaga. Realmente no me siento malagueño, más allá de serlo frente a ser de otro lado. Pero mentiría si dijese que tengo un enorme sentimiento caballa. Mis sentimientos espaciales más arraigados se relacionan, inicialmente, con dos pequeñas casas de Villajovita, separadas por una pared que no impidió que, casi de niños, surgiera el amor entre mis padres, de los que afortunadamente aún puedo disfrutar.  Y están ligados a una pequeña habitación, una calle más abajo, donde vine al mundo. Y se construyen esos sentimientos entre las calles donde uno empieza a ser «yo», y donde uno comienza a sentirse, por vez primera en la vida, «parte de…». Con ese espacio, y las personas que contenía, si me siento absolutamente identificado, pase el tiempo que pase, esté donde esté… aún sabiendo que ese espacio, realmente sólo existe en una dimensión temporal.

Por eso es tan importante, como decía al comienzo, que hayamos creado un espacio físico para el tiempo que fue y al que nunca podremos regresar. Ese espacio físico, que no sólo hemos ubicado de manera virtual en la Red, sino que hemos conseguido plasmarlo a través la pluma magistral de Milan y, sobre todo, en encuentros como el que hoy vamos a disfrutar.

Esta reflexión, que ya termino, no pretende cerrar la puerta a la pregunta inicial de por qué seguimos con esto. Tan sólo, si acaso, entornarla para sentirnos seguros, arropados, pero lo suficientemente abierta para que se nos permita seguir curioseando en su interior.

Pero no puedo terminar sin un reconocimiento también a nuestras compañeras y compañeros sentimentales, que no sólo han soportado de manera estoica nuestras locuras infantiles, sino que han sabido incorporarse dando toda una lección de empatía.

Leí a un biólogo que decía que sólo se puede estar en dos momentos: creciendo o envejeciendo. El precio de quedarse clavado en la historia sin crecer más, es empezar a envejecer. Y esto nada tiene que ver con la edad biológica.

Así que no nos equivoquemos y sigamos creciendo. Por que lo más importante, con serlo, no es que tiempo atrás viviéramos en un barrio llamado Villajovita. Lo más importante es que hoy, cuarenta años después, y mil batallas en medio, podamos, queramos y seamos felices recordando que hubo un tiempo en que convivimos en Villajovita. Y eso es  -niños y niñas; padres y madres de Villajovita-, seguir creciendo.

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