Aquí se viene a bailar… sólo a bailar

A la parroquia de Villajovita se acercaban niños y niñas de barrios próximos (Mixto, entorno de Benítez, Barrio de las Latas, Valiño, Terrones, etc.), no porque las catequesis fueran extraordinarias o las garantías de santidad mayores –o tal vez sí, que todo es posible–, se arrimaban principalmente porque se hacían bailes los domingos. Castos bailes que eran casi la única posibilidad que teníamos para relacionarnos con chicos y chicas extraños. Como es normal, los primeros amigos fueron los del barrio y nuestro mundo se reducía a sus contornos; del llano hasta la Colonia Weil, y desde la Muralla hasta el arroyo Bacalao. Luego, a partir de los diez años, el instituto abría horizontes físicos y personales; y posteriormente, ya mocitos de catorce a diecisiete, también la parroquia supuso una oportunidad para conocer a otras personas. Y así, para muchos niños de Villajovita, el grupo de amigos se amplió a chicos de Benítez y otros lugares cercanos. De estas visitas se forjaron amistades y amores que duran hasta hoy día[1]. Finalmente, cuando terminaban los 60 y alcanzamos los dieciocho años, ocurrió la diáspora que tarde o temprano sufre la juventud de Ceuta.

Noches de Blanco Satén y Black is Black, dos iconos musicales de los años 60. El primero, perfecto para arrimarse (si le dejaban a uno), el segundo para que corriera el aire.

El tocadiscos era un Tepaz con forma de maletín que se llevaba en bandolera. La tapadera se transformaba en el único altavoz que tenía porque era monoaural, el sonido estéreo era demasiado lujo para los tiempos que corrían. Sólo algunos privilegiados, como los padres de Lali y Maricarmen tenían un equipo estereofónico. El Tepaz fue un aparato muy popular, lo usábamos en los bailes que se hacían en el Salón Parroquial. Técnicamente no deben considerarse guateques, porque ni se bebía ni se comía. Sólo pretendían que bailásemos castamente a los sones de la música actual. Pero todos queríamos que sonasen cosas como Con tu blanca palidez (Procol Harum) o Noches de blanco satén (Moody Blues), porque propiciaban un acercamiento físico entre chico y chica. Y entonces surgían algunos problemas. A veces algún osado apagaba las luces del Salón y allá que corrían los vigilantes comisionados por el padre Béjar para poner orden y cordura en el ambiente.

No olvidemos que estábamos en una iglesia –aunque fuese el sótano–, y que bailar era una formidable ocasión para el pecado y para escandalizar a una sociedad muy conservadora y celosa de mantener la decencia de sus costumbres. Hasta hacía poco tiempo, en España, los bailes aceptables sólo se hacían en condiciones consensuadas, en plazas públicas o en lugares cerrados, pero con la presencia y supervisión de personas mayores, respetables y de reconocido comportamiento ético, que velaban por la decencia del acercamiento. ¿Cómo se iban a hacer bailes entre jóvenes, en un sótano y sin vigilancia? No era concebible. El padre Béjar también estuvo sometido a presiones encontradas y los primeros bailes en el Centro sólo se pudieron hacer con su presencia física o, en su defecto, con la participación de Manolín y Fina, los catequistas que venían colaborando con él y que ya eran un matrimonio respetable. Más adelante, cuando la sociedad fue aceptando como algo normal estos bailes parroquiales, el padre Béjar elegía, entre los propios chicos, a los más afines y responsables, y los comisionaba como vigilantes de la moral y buenas maneras. Y, además de eso, nos dejó en la pared principal del salón un elemento disuasorio muy contundente: una imagen de la Inmaculada que presidía cualquier actividad que allí se desarrollara. No era un cuadro, no. Era una escultura de yeso, con su volumen y todo, que parecía mirar acusadoramente cualquier desviación de las buenas maneras. Y esto no es broma… la presencia de la imagen cohibía y llegaba a disipar cualquier tentación, porque pecar bajo su atenta mirada era literalmente inconcebible para muchos. Paquito Inniagaraga recuerda que en una ocasión no se pudo comenzar el baile hasta que se colocó la Inmaculada en su peana.

Yo creo que el padre Béjar comprendió que si quería una iglesia dinámica y llena de jóvenes tenía que atraernos con cosas como éstas, aunque fuese peligroso para nuestras almas… y, al final, parece que le fue bien porque los hubo que mantuvieron su fe intacta y la comunión diaria mucho tiempo, señal de que la labor captadora de don José funcionó a pesar de los peligrosos bailes.

Conjunto Ye–yé. Comienzos de los años 60. Desde la izq. Aquilinín, Jesús Damián, Antoñito López, Antoñito Porras, Mariceli López, Juan Antonio Mancilla y Estebita Sánchez. Foto cortesía de Aquilino Melgar.

La verdad es que era muy buena ocasión para contravenir el sexto y el noveno, los de siempre. El noveno, seguro que se contravenía, porque los pensamientos, sobre todos los impuros, no había quien los controlara, ni chicos ni chicas, que me lo han contado al cabo de 40 años. Pero incluso se podía pecar contra el sexto y cometer un acto impuro a poco que uno lograra un acercamiento adecuado y gozar del compañero o compañera de baile. Los chicos debíamos tener una conciencia muy amplia porque siempre queríamos acercarnos y pecar, por supuesto. Por contra, toda la obsesión de las chicas era impedirlo clavando sus codos en tu pecho. Es decir, en lugar de apoyar sus brazos sobre tus hombros en un simulacro de abrazo laxo, lo que hacían era apoyar los antebrazos en tu clavícula y preparaban los codos para hincarlos profundamente a la menor tentativa de aproximación por tu parte.

Es cierto que ellas debían ser más precavidas con estos asuntos. Además de cuidarse y escapar de la tentación –las que quisieran escapar, que de todo hubo– también fue preciso guardar las formas. Es decir, lo mismo que la mujer del César, debían cuidar mucho el qué dirán porque, una vez alcanzada la consideración, justa o injustamente, de chica que se arrimaba con facilidad… estaba perdida. Eso, por supuesto, no pasaba con los chicos. En todo caso, al contrario. Eran los tiempos del hombre carpetovetónico más puro.

La ventosa de Rivilla.

Sin duda, los bailes del salón parroquial (también las excursiones) sirvieron para que algunas parejas comprobaran si la química funcionaba entre ellos; para que sintieran revolotear las mariposas en el estómago cuando el príncipe sacaba a bailar a la princesa. Y cuentan que a veces la pasión entre los príncipes se desbordaba. Este fue el caso de Rivilla que, arrastrado por una pasión incontrolada, le pegó un chupetón a Maricarmen Lara en el ojo izquierdo. No habría pasado nada, pero es que el chiquillo hizo el vacío y el beso actuó como una ventosa. Se le puso el ojo morado, y más tarde completamente negro. La jovencita dijo en su casa que se había golpeado con el carro de la máquina de escribir. La creyeron… y es que la realidad es a veces completamente inconcebible.

Otros, medianamente afortunados, hicieron con las chicas hasta donde ellas les permitieron, ¡qué ya era! Pero algunos, los que nunca nos comíamos una rosca, nos peleábamos por pinchar los discos en el Tepaz, de esa manera teníamos algo que hacer y, además, podías complacer las peticiones de tu princesa… aunque se fuese a bailar con otro.

Me enseñó a bailar Nieves (Bebe), una morena guapísima. No se olvida a la niña que te enseña a bailar. Pero me gustaba más bailar con Estrella, porque no era agresiva con los codos y se me antojaba muy atenta a la conversación. Y buscaba bailar con Anamari Valverde porque era muy suavita, un encanto de chiquilla que se dejaba llevar por un patoso. Pero, en general no había manera de arrimarse, a no ser que le gustaras a la chica, claro. Se notaba muy bien cuando chico y chica se gustaban porque se aproximaban peligrosamente incluso podían apoyar mejilla contra mejilla. Eso era lo máximo, y una señal de abandono total al pecado. Era entonces cuando los vigilantes comisionados por el padre Béjar intervenían para recordar al personal el cartelito que presidía el salón: “Venimos a bailar, no a pecar”. Dejaba de oírse Noches de blanco satén y había que saltar con Black is black… más bien para que corriera el aire.

AkelaCap. VIIILa música del salón parroquial

 

[1] De esta órbita son los hermanos Álvarez: Adelaida, Octavio (Poli) y Rocío; los hermanos García Fernández: Pedro, Chon, José María y Mª Angustias. Afri del Valle; Maricarmen López Peña, Eloisa Gómez Tusset, Mary Luz Casado, Rosi Anea, Alfonso Vázquez y un largo etcétera.  

Crea tu página web en WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: