Anillito sensual

Si el abejorro era un juego que buscaba la situación límite, el anillito tenía una sensualidad enorme porque se jugaba entre chicos y chicas y había que tocarse con suma delicadeza. ¡El éxito estaba asegurado!

Recuerdo el anillito inevitablemente asociado a Rosi Sentís Bravo, la mayor de los hermanos. Los niños se sentaban en círculo y la madre ocultaba un anillo entre las palmas de sus manos, unidas en aptitud de rezar. Los jugadores colocaban sus manos de la misma forma, ligeramente abiertas y dispuestas para recibir el anillo cuando la madre pasara el borde inferior de sus palmas por las manos de cada jugador, de forma que pareciera que dejaba caer el anillo sobre uno de ellos. Finalizaba la ronda, la madre hacía gestos como de meter el anillo en su boca. Al final nadie debía saber a ciencia cierta quien lo tenía. El juego consistía en descubrirlo y cada uno, por riguroso turno, se dirigía al posible poseedor del anillito, y le preguntaba: ¿Me da su amor? Si no lo tenía decía: Calabazón. En caso afirmativo debía contestar: ¿Por qué no? Y se convertía en la nueva madre.

Estaba lleno de símbolos y guiños de complicidad. Si la madre era la niña de nuestros sueños (y al revés pasaba exactamente igual), el juego se convertía en una ocasión perfecta para tocar delicadamente su piel… ella podía detenerse –era lo que uno esperaba– sobre tu mano un instante más que en los demás, o rozarte con más intensidad. Y si encima te elegía para ofrecerte discretamente su anillo podías pensar lo que quisieras. Ese día estabas feliz, aunque Yaye te acosara contra una pared. El anillito era un marco legal para tocarnos las manos sin escandalizar a nadie. Había que observar fijamente –con cierto descaro– la boca de la madre y los gestos que hacía con los labios para que el personal pensara que lo tenía dentro… y, encima, todo esto no era pecado. Sí. Sin duda era un juego muy sensual y muy sexual, de hecho, no recuerdo que lo jugáramos sólo chicos porque la recompensa, muy por encima de ganar el juego, era simplemente la ocasión de rozar la mano de tu princesa/príncipe. Y eso era muy valioso.

Jugábamos a multitud de cosas. La lista sería interminable, y otros foros habrá dónde se describan con mejores garantías. Sin embargo, había un juego un tanto macabro que Pepe Anita lo asocia al bueno de Indalecio, un chico que vivía por la Colonia Weil, porque era el que más se divertía con el invento. ¡Un poco raro si que era Indalecio! Simplemente, el puñetero niño, cuando veía a un grupo reunido –generalmente en la puerta de la Iglesia– lanzaba verticalmente y hacia arriba un pedrusco mientras decía: ¡Lo que cae del cielo no hace daaaño! –también se podía decir ¡Al que le deee le diooo!–. Naturalmente había que salir a escape y desbandada porque la piedra ya estaba en el aire y, seguro, seguro, seguro, que caía… ya nos lo dejó dicho el bueno de Isaac

1967. En el Casino Cultural de Villajovita los chicos bebíamos ‘África Star’ sin problemas… así nos ha ido. Antonio Sedano, Alfonsito Espinosa, ¿Cérsar Rey?, Sol Mosteyrín, Charo Lara, ‘Bebe’ Valverde, Afri del Valle, Mª Angustias García y Flor de Lis Msteyrín. Foto cortesía de Charo Lara.
En la Huerta de José, el padre de ‘Tobalo’, jugamos a mil cosas. Esta es la generación del 55: Antoñito Porras, Estebita Sánchez, José Antono Mancilla, Jesús Damián Muñóz, Antoñito Sánchez, etc. Foto cortesía de Aquilino Melgar.
Sádico abejorroCap. XCap. XI
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