Andresito: pesadilla de ‘Aquilinín’

Si la manzana de casas de Pepe Anita era notable, la profusión de niños que habitaban en otras dos manzanas paralelas era enorme. En la manzana de Mané, calle Luis de Góngora, vivían los propios Gómez Picaso, que eran tres, Antonio, Mané y Mariquita. Le seguía Jeromín, el perfecto monaguillo del padre Béjar. Luego estaba la casa de Emilio y Marisa, que eran sobrinos del tío Asensio. Ella despertaba pasiones inconfesables, pero eran un poco mayores. En la otra esquina estaba la familia Melgar Sánchez[1]: Maribel, Aquilino y Mariloli. Y pasada la calle Menéndez y Pelayo, frente a la escalerilla del colegio de don Francisco Canto Córdoba, en el chalet de Pepe vivió una pequeña temporada una familia con dos niñas monísimas y muy educadas: Lali y Maricarmen. Aquilino recuerda que su padre y él iban a su casa para oír un exclusivo aparato estereofónico que tenían en el salón. Raro aparato y escasa la música que entonces se grababa en estéreo. La madre de estas niñas tenía amistad con Isabelita la de Asensio y en varias ocasiones nos mostró su arte tocando las castañuelas en el salón de su casa, el mismo salón de la famosa telefunken donde veíamos Rin–Tin–Tin. Pero era tan cuidadosa y experta con las castañuelas que no consentía tocarlas si antes no se templaban, porque sin templar no alcanzaban la sonoridad que debían tener. Y lo hacía metiéndolas un ratito entre sus senos… recuerdo que cuando se lo vi hacer me turbé y me pregunté si debía confesar esa extraña sensación que me causó.

La Manzana de Mané. A la izquierda la casa de los hermanos Picaso con el Escalón de Mané. Le seguía la casa de Jeromín, el monaguillo del padre Béjar y la casa de doña Victoria, hermana del tío Asensio, con sus dos hijos, Emilio y Marisa. Foto cortesía de Luis Hernández de Loma.

Casi frente al chalet de Pepe vivían Luis Hernández de Loma y Gregorio; y por la escalerilla que bajaba al huerto de Chechita, vivieron los tres hermanos Perea Pérez (Antonio, Jesús y Ani); más tarde, en esa misma casa lo hicieron Mateo, José Mª y Margari Porto Vilar. Y más abajo, casi en el huerto de Chechita, los tres Señor Herrera (Manolito, Modestita y Agustinita), hijos de Miguel, que era un guardia civil muy discreto y viejo poblador del barrio. En la esquina diagonalmente opuesta a Mané, vivían los hermanos Luis y Jesús Zurita –este último salía en Nochevieja por las calles tocando de mala manera una trompeta, pero como era fin de año se le perdonaba–. En mitad de la calle Jacinto Benavente (antigua “N”) vivían los Carrasco Morón –Rafalito (fufito) y el mayor, José María, un fantástico portero de balonmano–. Y en la esquina el maestro don Francisco Canto con su anciana madre.

En la acera de enfrente de la misma calle vivía Isamari López Sánchez y sus cuatro hermanos, Mariceli, Mª Jesús, Susanita y Antoñito. Le seguía Pope –al que algunos malvados le decían “Pope, que viene la bruja”, y el pobre chiquillo salía corriendo aterrorizado– y luego la primera casa del clan Acosta González, que llegarían a ser seis hermanos, seis: Isabel, Pepito, Matilde, Angeli, Reme y Fede. Y a la espalda, en la calle Zorrilla, vivían Andresito Becerra Padilla, Ángel (el Mopri) y su hermana Caqui, que eran primos de los Mancilla y de las hermanas Burón. Mopri era íntimo amigo de José Manuel Gascón, hijo de Isabel la gorda, una entrañable mujer. Y en la acera de enfrente vivían las hermanas Cantero Porras, Agusti y Mariló. En total eran más de 35 niños o jovencitos en dos manzanas. No nos podíamos aburrir, y nuestros mayores, aunque por otros motivos, tampoco.

Se ve que nuestros padres procrearon sin descanso, tal vez para nutrir de niños un país despoblado por la guerra y el hambre… y para añadir calor a la casa. Un calor más natural y más humano que el brasero de picón y cisco que nuestras madres encendían en las esquinas cada atardecer. Luego, cuando eran brasas lo metían bajo las faldillas de la mesa camilla y a veces añadían una ramita de romero. Ese olor también es evocador…

Aquilinín y Andresito vivían separados por una calle y dos manzanas, pero no era suficiente –para un tal James, el mundo tampoco lo era–. Tenían prácticamente la misma edad y, por tanto, amarían a la misma niña: Reme Acosta. Del mismo modo que los de la quinta del 52 amábamos a Angeli Acosta; y los de la quinta del 49/50 amaron a Mati Acosta; y los de la del 47, a Isa Acosta… (aparte de otras, por supuesto, que amor sobraba)

Desear a la misma niña no era precisamente un motivo para llevarse bien. Andresito y Aquilinín, también conocido como el chumbo, no se llevaron bien, no. El propio Aquilino lo recuerda:

Voy andando hacia mi casa. Ya en el cruce del Chalet con Jacinto Benavente, se me aparece Manolito Señor insultándome: ¡Chumbo! ¡Chumbito!… Desconfío porque me viene a la memoria cierta ocasión en que Andresito Becerra utiliza esa estratagema. Me envía un secuaz de su banda como cebo, para que salga en su persecución mientras él me espera emboscado en algún rincón del barrio con el objetivo de ajustarme las cuentas. Andresito y yo ajustamos de vez en cuando las cuentas, pero la sangre nunca llega al arroyo Bacalao porque las querencias y desavenencias van cambiando por época y porque mi señora abuela Isabel, mujer de lengua difícil de atar, le pone las peras al cuarto a mi amigo/rival Andresito de cuando en vez, amenazándolo con las consecuencias de tocar a su nieto Aquilinín.

El caso es que, en esta ocasión, Manolito Señor, no toma en su carrera ninguna ruta sospechosa y yo me apresto a realizar una veloz persecución que debe tener como riguroso límite el inicio a la bajada por la escalerilla del colegio de Paco Canto. Una vez que llegue a este punto, estará salvado porque enseguida entra en su casa y la escalerilla no es lugar para lances de honor. Me esfuerzo lo indecible por recuperar terreno, pero lamentablemente llega a la escalerilla muy poco antes que yo. Tan poco antes que incluso me atrevo a bajar un par de escalones…

…el porrazo es mayúsculo y, aunque amortiguado por la alfombra, me encuentro algo aturdido. Compruebo que no hay daño aparente y no siento el calor de la sangre por ninguna parte. Me quedo adormilado y al cabo de algunos minutos me despierto y, con decisión, vuelvo a encaramarme a la litera nueva que nos ha construido mi padre para celebrar mi séptimo cumpleaños.

Las botas altas del CaniliaII. El barrio en 1960Morenito Valdepeñas

 

[1] Los Melgar Sánchez eran la bella Maribel, Aquilinín y Loli, hijos de Rafael y Primi. Vivían en una esquina de la calle Góngora y pertenecían al clan de los Sánchez. Tuvieron más hijos cuando emigraron a Málaga.  

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