Ambulantes…

La vida era más sencilla en los años 60. Posiblemente estábamos al final de una época que tiene su representación más genuina en la posguerra más profunda. Uno recuerda que las cosas parecían surgir espontáneas, sobre todo las que tenían relación con las profesiones. En otoño, por las calles del barrio, aparecían moros[1] vendiendo madroños y moras (nos referimos, claro, a los frutos multidrupas de la zarzamora) en cucuruchos de papel de estraza. ¡Me entusiasmaban los madroños! Otros vendían hierbas, su pregón decía: Las hierbas y las hierbas.

Esteban Medina del Moral[2] solía recoger higos chumbos de la huerta que explotaba su padre, los guardaba en un cubo de zinc y los vendía por las calles. Las madres, o nosotros mismos, íbamos a comprarlos con un plato porque eran un postre exquisito. Los había de color amarillo, anaranjado incluso de color violeta, estos eran los más raros, pero todos tenían un dulzor inolvidable. Esteban los pelaba con mucha maestría. ¡Y el tío parecía inmune a las espinas que tenían!

Otros vendían palmitos, los cogollos de una palmera muy común en toda la cuenca del mediterráneo[3]. Había que ir retirando las escamas exteriores para chupar y comer las más tiernas del interior. A veces aparecían lo que llamábamos huevas, de color amarillo entre las duras escamas. En realidad, eran los brotes tiernos que se habrían convertido en las ramas que soportaban las palmichas, que así llamábamos a los dátiles. Las huevas de los palmitos eran deliciosas. Mopri y Pepe Anita eran buenos comedores de palmitos. Lo hacíamos sentados en las aceras, espalda contra la pared; seguro que la dejaríamos llena de desperdicios para escarnio de la vecina de turno. El vendedor ambulante de vinagre llevaba su garrafa a la espalda. Y Viso era el conductor del camión de Ybarrola, que pasaba por el barrio vendiendo sacos de carbón mineral (carbón de piedra) para las hornillas, porque las cocinas de butano llegaron un poco después. Y el calero vendía las piedras blancas de cal viva que llevaba en los serones de un mulo. Cuando el abuelo Aquilino metía la cal viva en agua, hervía. Luego, la lechada servía para encalar la pared de su casa y el muro de su huerto. Yo creo que lo encalaba todos los días.

El barquillero era la alegría de los niños. Era emocionante hacer girar aquella rueda con una ballena que traqueteaba cuando rozaba con la rejilla, con la ilusión de que te tocara más de un barquillo por la perra gorda que costara la tirada. Pepe Anita recuerda que antes del barquillero se paseaba por el barrio un personaje al que decían el calentitas porque, por lo visto, el hombre poseía una libido elevadísima –cosa ésta que comprendimos unos años más tarde–, que vendía unos “caramelos caseros, muy ricos, cubiertos de azúcar, parecidos a las piruletas actuales”. Y un año vino al barrio un tío de Pepe Anita que trabajaba en Nueva York. Debía ser un señor muy rico porque cuando pasó por allí el calentitas le compró toda la mercancía y la repartió entre la chiquillería. Si, indudablemente, ese tío americano de Pepe Anita, que venía desde Nueva York, tuvo que ser millonario.

Tuvimos también nuestros pedigüeños habituales. Mendigos que con el tiempo fueron personajes entrañables, y parte del paisaje humano del barrio. Los que tienen mejor memoria recuerdan a Juanillo el tonto. También aparecía por esas calles Carlos, que era un tanto retrasado y siempre llegaba los sábados. Se ve que, a pesar de su cortedad, sabía muy bien mantener sus recorridos. Y un moro tuerto que repetía una frase que, en recuerdos de Pepe Anita, sonaba a: tag a rombe, tag a rombe.

Paquito Inniagaraga y Pepe Anita recuerdan a Abdelkader, un vendedor ambulante de telas que tenía una pata de palo. Llevaba su mercancía en un carrito remolcado por una bicicleta… y cada vez que tenía que pedalear se quitaba la pata con toda naturalidad. A este hombre le compraron nuestras madres el primer pantalón vaqueros que tuvimos, marca Blue Colorado, prenda que hasta ese momento se usaba exclusivamente para recios trabajos, no para vestir; pero años más tarde se cotizaron muchísimo. Mariquita le recuerda con su carrito y al grito de ¡Animarchi, animarchi, niña, que está barato! Tal vez pretendía que nuestras madres se animaran. ¿Quién sabe?

El ditero era ese personaje que vendía mercancías a nuestras madres y las cobraba poco a poco, no era exactamente una venta a plazos porque el hombre cobraba en función de la economía de cada casa, y lo mismo podían ser dos duros al mes que diez, incluso podía saltar algún mes sin cobrar. La confianza era indispensable en esta actividad y, la verdad, la respuesta de las personas resultaba en general muy honesta. Eran tiempos en los que todo el mundo daba un valor total a una palabra empeñada y a un apretón de manos para sellar un compromiso. El ditero podía sobrevivir en esa sociedad, más simple y cercana, no en otras. Paquito Inniagaraga recuerda que apuntaba la deuda en una libreta con tapas de cuero y sujetaba las hojas intercambiables con unos tornillos con palometas, similar a las que usaban los cobradores de la luz y el agua. Sin duda, este personaje contribuyó a que en nuestras casas entraran objetos que de otra forma habría sido imposible. El ditero es un personaje típico de la economía que emergía en esos años.

Había moros que vendían huevos y pollos vivos por la calle. Todos vestían chilaba, zaragüele (la especie de pantalón ancho hasta las rodillas) y el turbante tradicional, o el tarbús con su borlón rojo. Reclamaban atención a grito pelado: ¡Güiiivooooo! Y lo repetía incansablemente, a intervalos regulares. Chechita recuerda que, sentados en el Escalón de Mané, jugábamos a calcular la cadencia para a decir en el momento adecuado: “A Juanito le pican los…” y que coincidiera con el siguiente pregón: ¡Güiiivooooo! Sin duda, éramos felices con muy poco.

Los pollos iban amarrados por las patas, cabeza abajo, colgados de un brazo. Y los huevos en una cesta de cañas trenzadas, sobre una cama de paja, y comprobaban si estaban buenos mirando el sol a través de ellos, como buscando manchas oscuras en el interior.

Los vendedores del cupón de los ciegos decían por las calles ¡Dos iguales para hoy! Rosi Sentís sentía pánico cada vez que Manolete, un vendedor de lotería, gritaba el pregón cerca de su ventana que daba a la calle. Recuerda con horror la voz gutural y bronca de ese hombre tan cerca de ella, al otro lado de la frágil persiana. Posiblemente fuese la voz que representaba el propio miedo. Rosi se tapaba la cabeza con la manta y disipaba el terror ahí debajo, en la seguridad del acogedor útero materno que era nuestra cama.

El afilaor avisaba de su presencia con un reclamo muy singular. Soplaba su silbato, una especie de xilofón de viento hasta sacar una melodía muy característica que sólo ellos repetían. Los afilaores solían ser gitanos que marchaban con una bicicleta transformada para que los pedales y la cadena hicieran rodar la muela de afilar que habían instalado detrás del sillín. Cuando terminaban solían comprobar el filo de la tijera o del cuchillo cortando un trocito de badana. Era muy entretenido verlos trabajar y producir esa cascada de chispas que parecía un avión de reacción a chorro. Debía ser la fascinación del fuego controlado.

Gitanos eran también los lateros, que arreglaban paraguas, o iban estañando el culo perforado de las ollas y barreños de zinc cuando los utensilios de plástico aún no habían conquistado la cocina. Su reclamo era: ¡Se componen las latas y las porcelanas! En una caja de madera, muy sucia y colgada al hombro, llevaban las herramientas. Y en un infiernillo portátil, metido entre las brasas de virutas y carbón, iba el soldador. Me gustaba ver cómo el hombre limaba los bordes de las cacerolas hasta dejar brillante el metal, y percibir el olor del ácido clorhídrico cuando metía un pincelito en el bote que llevaba atado a su caja de madera, y limpiaba la zona. Disolvían una perra gorda[4] en el ácido por aquello de que contenían zinc. Luego limpiaba la punta del soldador en un trozo de pez rubia, una piedra dorada que se fundía como mantequilla. Era fascinante ver como se derretía el estaño, tan brillante y limpio, y lo distribuía por la zona dañada con el soldador. Sí, era muy entretenido ver trabajar a hombres tan hábiles. A los botes vacíos de leche condensada Las Cuatro Vacas les soldaban una pequeña asa de hojalata, le mataban el borde y los convertían en unos cacitos muy monos.

Los que vendían el pescado solían ser nacionales cristianos. Lo transportaban a pie, en cestas de caña trenzada. A servidor no le gustaba el pescado, ni frito ni cocido. Servidor era un devorador incontrolado de volaores[5]. Entrado el verano aparecían vendedores ambulantes que los llevaban atados por la cola, en racimos, y lo proclamaban a voz en grito: ¡Los que volaban, que ya no vuelan! Son unos peces fascinantes, capaces de volar a ras de agua más de cien metros con sus largas aletas pectorales desplegadas. Era muy frecuente verlos durante las travesías desde el Virgen de África o Ciudad de Tarifa, o en el Chumbo, los ferrys que entonces se llamaban transbordadores, que nos comunicaban con la península. Los volaores eran esos peces salados y secados al sol en un proceso artesanal: resultado de una tradición que se hunde en el paleolítico, cuando los hombres empezaron a conservar los alimentos para después. Al volaor se le corta la cabeza y aletas, se le da un corte longitudinal ventral para extraer las vísceras, se abren entonces para dejar expuesta toda la superficie posible, seguidamente se lavan con agua y se esparce sal sobre la superficie de la carne; una vez bien salados se apilan durante un día y finalmente se cuelgan hasta que el sol los deshidrata y seca. Para mantenerlos bien abiertos se atravesaban con cañas. Pero avanzada la década, empezaron a verse los volaores cerrados, que parecían tener más cantidad de lomo. Los manipulaban en la almadraba y se podían ver los secaderos desde la Carretera Nueva. A varios de nosotros nos encantaba comer un volaor de postre, en las tardes de verano, en el Escalón de Mané.

Volaores en el secadero
Cap. IVINDICEVendedores fijos

 

[1] Nadie debe percibir ningún sentido peyorativo en el término moro. Es posible que hoy no sea políticamente correcto, pero por entonces no conocíamos la palabra magrebí, ‘oriundo del país vecino’ o cualquier otro sinónimo. Aquí lo diremos con todo el respeto que merece cualquier ser humano.

 

[2] Los Medina del Moral son tres hermanos: Esteban (el de la huerta), Cristóbal (Tobalo) y Antoñita. Su padre era José (el de la huerta), que tenía arrendado el último trozo de huerta que perteneció a doña Jovita. Primero vivieron en la calle José María Pereda, más tarde ocuparon una casa nueva al final de la calle Calderón de la Barca.

 

[3] El palmito es la yema apical de la palmera chamaerops humilis.

 

[4] La perra gorda equivalía a 10 céntimos de peseta. La perra chica, 5 céntimos.

 

[5] Exocoetus volitans, un curioso pez teleosteo del suborden de los acanteropterigios.

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