Acosta – Larios, una familia de maestros de Escuela

Ricardo Lacasa Martos [1]

Para los Acosta – Larios el término maestro de escuela es el más hermoso que se le puede dar a un docente. En la familia son ya cuatro generaciones en la profesión. En honor a uno de ellos, José Acosta Larios,un colegio público de nuestra ciudad lleva su nombre desde 1999, el antiguo ‘Prácticas – Mixto’ sito en el Morro. Isabel Larios, la madre de Pepe, fue la primera maestra de la familia. Mujer de gran entereza, enviudó a los 27 años con cuatro hijos de corta edad: Isabel, Federico, Remedios y José. Vivían en Vélez Málaga, de donde eran originarios. Doña Isabel, en principio, optó por suceder a su marido en la empresa familiar, pero ciertos problemas en los negocios la animaron a independizarse. Entonces estudió Magisterio, su gran vocación. Trabajaba de día y de noche estudiaba bajo la luz de un candil tras dejar dormida a su prole. Así hasta ganar sus oposiciones al cuerpo del Magisterio Nacional Primario.

Isabel Larios (en el centro), viuda, vino a Ceuta como maestra nacional en 1932 donde desarrolló prácticamente toda su carrera docente con una labor educativa ejemplar en Villa Jovita, barriada en la que aún se le recuerda años después de su muerte. En la foto de 1962 aparece junto a sus hijas, Isabel, ya fallecida, y Remedios, jubilada hace diecisiete años, maestras ambas como su madre y muy queridas también en el barrio.

Su primer destino lo obtuvo en el pueblo malagueño de Benaoján. Pero ella aspiraba a ejercer en una ciudad. Y pensó en Ceuta. No por los incentivos económicos actuales, que entonces no existían. Tenía 37 años cuando por concurso de traslados consiguió una vacante en Villa Jovita, en cuya escuela ejerció hasta su jubilación. Allí estableció su hogar y vivió hasta el final de sus días. A su entierro asistieron el alcalde, varios concejales y casi todos los vecinos del barrio en medio de una gran manifestación de duelo. Aquel día se suspendieron las clases en Ceuta.

A Isabel Larios la siguen recordando en Villa Jovita muchos años después de su fallecimiento. Aunque con notorias transformaciones, todavía sigue en pie el edificio que albergó su primera escuela, en cuya planta superior tenía la vivienda, ‘la Casa de las Conchas’, como aún se conoce por los motivos ornamentales de la fachada exterior. Posteriormente, Isabel se trasladó al edificio que centralizó las escuelas cuya primera denominación fue ‘Maestro Domingo González’, en memoria de un célebre maestro del barrio de principios del siglo. En cierta ocasión apareció por el colegio Rafael Orozco portando un monumental cuadro del citado Domingo para que Isabel lo colocase en su aula. Allí permaneció durante décadas, incluso después de perder el colegio su primitiva denominación, hasta que un inspector, de visita por el centro, ingenuamente le preguntó si aquel señor era su padre. Al poco tiempo de esta anécdota el cuadro desapareció.

Como reconocimiento a sus méritos docentes, Isabel Larios fue distinguida después de su jubilación con la Cruz de Alfonso X el Sabio, galardón que, años después, han recibido también sus hijos Isabel y José. A Dª Isabel se la adoraba en Villa Jovita, «Aquí los vecinos antiguos veneramos su memoria, no digamos las alumnas ya que gracias a ella pudimos estudiar en el Instituto o hacer incluso una carrera. Para conseguirlo no sólo tuvo que luchar con nosotros sino también con nuestros padres para convencerlos, reacios entonces a que estudiaran las mujeres.»

Excepto Federico, que fue empleado en Ybarrola, los otros tres hijos siguieron la profesión de la madre, como ha quedado dicho. Isabel Acosta fue más viva de carácter que su hermana Remedios, dulce y sosegada como su madre. Remedios Acosta fue objeto de varios votos de gracia y menciones honoríficas y ejerció también en Villa Jovita, siendo además una de las mujeres que lucharon y trabajaron para levantar su actual parroquia. Soltera como su hermana, falleció en 1994, viviendo sus últimos días en compañía de su tía-abuela Maria Victoria Larios, maestra también. Isabel Acosta ejerció toda su carrera en Ceuta durante 40 años ininterrumpidos, primero en el Morro y después en Villa Jovita al frente de una escuela unitaria. Se jubiló en 1984. Dotada de una portentosa memoria, se sabe la Biblia al pie de la letra, lleva la liturgia de la parroquia y ejerce de catequista, «una forma de seguir en activo y reciclarte.»

«En el Morro tuve de sesenta niñas para arriba en clase. Trabajábamos en unas pésimas condiciones. No teníamos puertas o estas eran inservibles. El agua de lluvia entraba por las ventanas. Como no existían limpiadoras entonces, nos daban diez duros al mes a las maestras para que nosotras hiciéramos también esa labor. Carecíamos de material, los bancos eran de la época de la Reconquista, y pare usted de contar. En las dependencias de las escuelas nos llegaron a meter dos familias de ex-combatientes con tres o cuatro hijos cada una. Uno de ellos estaba enfermo y vomitaba sangre. La madre lavaba allí y salpicaba a los niños. Fueron unas condiciones horribles, pero me las supe bandear sola. Y sin el menor problema de disciplina con aquella clase de críos entre 6 y 14 años de edad. Después, en Villa Jovita, ya fue otra cosa.»

Consciente el Ministerio de su gran labor en aquella escuela unitaria, un día recibió un escrito de los Servicios Centrales de Inspección del Ministerio en la que le notificaban que por figurar en el registro de “maestras distinguidas” se le ofrecía una escuela piloto en el Pozo del Tío Raimundo, en Madrid. Isabel renunció, pese al incentivo económico que llevaba aparejado el destino. «Hace quince años que me jubilé y a veces sueño que estoy en una unitaria. Ahora el maestro trabaja menos porque cuenta con mejores materiales, libros y apoyos que antes no existían en absoluto.» Mujer de lozanía y frescura envidiables, no aparente lo más mínimo su edad. Conserva las listas de las que fueron sus alumnas y se sabe los nombres de todas.

José, su hermano, movido por su espíritu aventurero, después de estudiar en Ceuta solicitó un destino en Canarias tras ganar las oposiciones. Después se arrepintió. En medio de una gran soledad, sin luz ni agua corriente, aquello no era el paraíso soñado. De vuelta a Ceuta, ejerció en la escuela parroquial de Hadú, junto al Padre Artola. «De aquella época todos mis recuerdos son imborrables.» Un huerto escolar, coleccionismo de especies de insectos, excursiones por doquier…

José Acosta en su época de director de las escuelas anejas de Magisterio, colegio público que en la actualidad lleva su nombre. En la fotografía le vemos junto al entonces director de la Escuela de Formación del Profesorado, Jaime Rigual, recibiendo la beca de honor del centro como reconocimiento a sus méritos.

Cuando se creó el colegio de prácticas, el que ahora lleva su nombre, después de ganar con el número uno las correspondientes oposiciones como ‘maestro anejista’, José tuvo oportunidad de impartir también su docencia en la Escuela de Magisterio en los años que Jaime Rigual era su director. «Me consideraba su brazo derecho.» En plena fiebre de lo que se dió en llamar Matemática Moderna y los sistemas binarios, nuestro protagonista, auténtico maestro en el tema, supo entusiasmar con sus enseñanzas a los futuros profesores a los que impartió también otras disciplinas. «Pero lo mío era la escuela. Fíjate si era así que de nacer de nuevo, volvería a ser maestro. Estuve nueve años de director sin clase hasta que al final le pasé la dirección a Roberto porque no podía aguantar más sin dar mis Matemáticas.»

Duro como el pedernal, se podrían contar con los dedos de las manos las veces que faltó a clase, hasta que se jubiló en el año 1987. Incluso, cuando se rompió la cabeza del fémur en un accidente acudía a diario al centro como si nada hubiese pasado. «Distinto fue cuando me metí con la moto debajo de un camión y me fracturé algo así como treinta huesos.»

Libre de toda actividad laboral, Acosta disfruta ahora con su taller de carpintería de la que es todo un maestro.[2] Gran aficionado al ajedrez, participó en diversos campeonatos nacionales. La natación, deporte que ejercitaba todo el año, fue otra de sus grandes pasiones. Estudió flamenco y hasta ha publicado diversas poesías en varias revistas, afición que le vino por su gran amistad con su vecino de Villa Jovita José María Arévalo, maestro de Primaria como él e insigne poeta ya fallecido.

Para su satisfacción, todos sus hijos son maestros, excepto Federico que se licenció en Farmacia y Microbiología y reside en Antequera. Otros tres, Isabel, José Manuel y Matilde, ejercen en San Fernando, mientras que en Ceuta lo hacen Angelina, Reme y su única sobrina, Isabel.


[1] Ricardo Lacasa Martos, (2002): “Todavía hoy, Ceuta”

[2] Falleció en 2012

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